Pertenezco a una generación que se persignaba al arrancar los motores del avión. A una generación cuyas madres apretaban con fuerza la mano de los críos justo en ese impresionante acelerón del despegue; de padres que sonreían por fuera y temblaban por dentro. Una generación de viajeros que rompía a aplaudir cuando aquel engendro de metal conseguía tomar tierra sin otro sobresalto que un pequeño rebote y un frenazo. Volar era un acto de fe, casi de arrojo. Recuerdo que, de chico, se escuchaba con atención reverencial a las azafatas mientras explicaban las señales luminosas, lo de respirar con normalidad y, sobre todo, que bajo ningún concepto inflaras el chaleco salvavidas dentro del avión. Como para no santiguarse con semejantes...
Ver Más