Ucrania bajo presión: la ofensiva rusa avanza mientras Occidente se fragmenta
Mientras el foco de la atención mundial este 2026 se ha desplazado hacia Venezuela, las tensiones en torno a Groenlandia y la seguidilla de movimientos estratégicos en Medio Oriente, Ucrania ha quedado relegada a un segundo plano. Y quien mejor percibe este giro en la agenda internacional no es otro que Vladimir Putin. El presidente ruso observa cómo los aliados que sostienen el frente ucraniano hoy aparecen fragmentados, tensionados entre sí y atrapados en nuevas disputas globales.
A poco más de un mes de cumplirse cuatro años desde el inicio de la invasión rusa, la madrugada del lunes pasado Moscú lanzó uno de los mayores ataques con drones desde que comenzaron las hostilidades.
Un total de 145 aparatos no tripulados fueron lanzados contra territorio ucraniano, de los cuales las fuerzas de defensa aérea aseguran haber derribado o neutralizado al menos 126. Los ataques se extendieron desde el norte, en la región de Sumy, hasta el sur, en Odesa, alcanzando incluso a la capital, Kiev, donde al menos dos personas perdieron la vida producto de los bombardeos.
Imágenes de los ataques con drones sobre la capital ucraniana el día 20 de enero del 2026. Foto: Servicio de Estado de Emergencia de Ucrania.
Durante todo el mes de enero, Rusia ha intensificado una campaña sistemática contra la infraestructura energética ucraniana, buscando aprovechar las temperaturas extremas del invierno. Desde el 9 de enero los ataques contra instalaciones críticas se han vuelto casi diarios. El más reciente, el pasado 20 de enero, dejó al menos cuatro muertos y decenas de heridos en Kiev y en Krivói Rog, ciudad natal del presidente Volodímir Zelenski. Misiles balísticos, de crucero y cientos de drones han dejado a millones de personas sin calefacción, agua potable y electricidad.
Solo en Kiev, más de 5 mil 600 edificios residenciales quedaron sin calefacción en momentos en que las temperaturas descendían hasta los menos 12 grados.
Horas después de que se hiciera pública la invitación de Donald Trump a Vladimir Putin para integrar la Junta de la Paz creada por la Casa Blanca, Rusia lanzó una nueva andanada masiva de ataques sobre la capital ucraniana, dejando a gran parte de la población expuesta al frío extremo. También se reportaron daños severos en infraestructuras de Odesa, Dnipro, Vinnytsia, Zaporiyia y Sumy, e incluso ataques contra subestaciones que abastecen a centrales nucleares, lo que pone en riesgo la estabilidad completa de la red eléctrica nacional.
La situación tampoco es mejor en los territorios ocupados por Rusia. En la región de Zaporizhzhia, más de 213 mil abonados quedaron sin suministro eléctrico, mientras que en Kherson se registraron cortes en decenas de localidades tras bombardeos a subestaciones. Zelenski advirtió días previos a los ataques que Rusia preparaba una ofensiva energética masiva para profundizar la crisis humanitaria en pleno invierno.
Si bien Ucrania recibió un reabastecimiento de misiles antiaéreos, el mandatario insiste en que las necesidades son urgentes y que los socios occidentales no pueden fallar en el suministro de defensas, porque cada misil de defensa aérea es una protección directa para la vida humana.
Equipos de rescate en Ucrania trabajando sobre los escombros que dejo un ataque con drones sobre un edificio residencial en la capital, Kiev. Foto: Servicio de Estado de Emergencia de Ucrania.
Ucrania atraviesa uno de los inviernos más duros de los últimos años, con temperaturas que en algunas zonas han alcanzado los -20 grados. Desde Kiev sostienen que el objetivo ruso es quebrar la resistencia psicológica y social de la población, generar una crisis de gran escala que obligue al gobierno ucraniano a aceptar concesiones favorables al Kremlin. El agotamiento físico y mental es real. A las muertes en el frente y los bombardeos se suma la falta de sueño, los cortes de energía y la sensación constante de vulnerabilidad.
Nuevas negociaciones y disputan redefinen el futuro del conflicto
Los impulsos diplomáticos siguen estancados. Tras la última reunión entre Zelenski y Donald Trump en Mar-a-Lago, ambos hablaron de un supuesto “90% de acuerdo en torno a un plan de paz de 20 puntos” elaborado por Washington. Sin embargo, la realidad de enero ha enfriado esas expectativas.
El 15 del mismo mes, el presidente norteamericano cambió abruptamente el tono y declaró que “Ucrania, y no Putin, estaría retrasando el acuerdo de paz”, generando una fricción evidente con Kiev, que insiste en que no firmará ningún plan que no garantice plenamente su soberanía.
En el contexto del Foro Económico Mundial de Davos se están desarrollando reuniones clave. El presidente francés Emmanuel Macron propuso incluso una cumbre del G7 en París con participación de Estados Unidos, Ucrania y representantes rusos. El emisario del Kremlin, Kiril Dmítriev, ya se encuentra en Davos para mantener contactos con delegados estadounidenses, mientras que mañana Moscú recibirá al enviado especial de Trump, Steve Witkoff, en un encuentro solicitado por el propio Kremlin. Putin quiere escuchar directamente qué planea un Donald Trump cada vez más impredecible.
Vladimir Putin, presidente de Rusia junto al enviado especial de Estados Unidos, Steve Witkoff. Vía TASS
Todo esto ocurre sobre el telón de fondo de un nuevo orden internacional que la Casa Blanca parece dispuesta a imponer, desde el futuro de Ucrania hasta el golpe norteamericano en Venezuela y la amenaza abierta sobre Groenlandia, territorio danés y miembro indirecto de la OTAN.
Este nuevo tablero inquieta a Moscú, porque bajo la lógica de la ley del más fuerte, Estados Unidos sigue siendo la potencia dominante. Sin embargo, quienes han quedado particularmente debilitados son los europeos y la propia OTAN. Trump amenazó abiertamente con romper la alianza atlántica, mientras el Pentágono ya anunció planes para reducir significativamente su presencia militar en Europa hacia 2027.
Desde Moscú observan con satisfacción cómo se acumulan las crisis en Occidente. El canciller ruso, Serguéi Lavrov, reconocía que era impensable que una discusión sobre Groenlandia pusiera en duda la existencia misma de la OTAN. Al mismo tiempo, el Kremlin se muestra desconcertado por la osadía de Trump, pues la captura de Nicolás Maduro, las amenazas sobre Irán y la presión económica sobre Europa, configuran un escenario donde la fuerza reemplaza a la diplomacia.
Durante años, una estrategia central del Kremlin ha sido abrir una brecha entre Estados Unidos y Europa, debilitando la cohesión occidental. La posible fractura de la OTAN ha sido una fantasía persistente desde el inicio de la guerra en Ucrania. Hoy, Rusia observa con asombro cómo esa fragmentación parece avanzar casi sin necesidad de intervención directa. Sin embargo, en el Kremlin todavía no descorchan champaña. El control estadounidense sobre Groenlandia podría desafiar directamente la influencia rusa en el Ártico, y la imprevisibilidad de la administración Trump genera más inquietud que alivio.
Los presidentes de Rusia, Ucrania y Estados Unidos, Vladimir Putin, Volodímir Zelenski y Donald Trump, respectivamente.
A esto se suma el debilitamiento de la red de alianzas de Moscú. La caída del régimen sirio de Bashar al-Assad, los ataques contra Irán, la captura de Maduro y los rumores sobre una posible ofensiva contra Cuba representan golpes sucesivos para la proyección internacional rusa.
Moscú ha despreciado históricamente el orden internacional basado en reglas, considerándolo una herramienta occidental, pero hoy se enfrenta a un escenario aún más volátil e incierto.
En este contexto, la disputa entre aliados occidentales y la impaciencia de Trump han servido como un incentivo indirecto para que Rusia revitalice su ofensiva en Ucrania. Putin entiende que el cansancio político y social en Occidente puede convertirse en su mejor aliado estratégico.
Por ahora, Trump aseguró desde Davos que se reunirá con Zelenski y que cree que han llegado a un punto donde pueden cerrar un trato, aunque lanzó un mensaje directo tanto a Kiev como a Moscú “si no logran un acuerdo, serán estúpidos”, dijo, remarcando que esto aplica para ambas partes. Una frase que resume con crudeza el estilo de una diplomacia cada vez más personalista, impredecible y peligrosa.
Al mismo tiempo que el mundo mira hacia otros focos de tensión, Ucrania sigue soportando el peso de una guerra que no se detiene, atrapada entre la ofensiva rusa, el desgaste interno y un escenario internacional que parece cada vez menos dispuesto a sostener un compromiso firme y coherente. Y en ese silencio progresivo del mundo, Putin avanza.
