Crítica de La Zaranda: Del trullo a la eternidad ★★★☆☆
Autoría: Eusebio Calonge. Dirección: Paco de La Zaranda. Intérpretación: Ingrid Magrinyá, Natalia Martínez, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos. Nave 10 Matadero, Madrid. Hasta el domingo.
Casi medio siglo lleva ya La Zaranda en la brecha teatral labrándose, montaje a montaje, una carrera que tiene hoy dimensiones casi mitológicas. Amén de ser la más longeva de nuestro país, es seguramente la compañía que despierta de manera más unánime el respeto y la admiración del público más exigente o especializado.
Con su indescriptible y personalísimo estilo, del que han bebido y beben hoy en mayor o menor medida no pocos nuevos creadores, y con su innegociable honestidad artística, los miembros del ‘Teatro Inestable de Ninguna Parte’, como ellos mismos se definen, han llegado estos días a Madrid, a Nave 10 Matadero, para mostrar su último trabajo: ‘Todos los ángeles alzaron el vuelo’, una función que tiene como protagonistas, una vez más, a los perdedores, los marginales, los caídos, los supervivientes y los desheredados. Como es habitual en la compañía andaluza, la obra está escrita por Eusebio Calonge y dirigida por Francisco Sánchez -o, lo que es lo mismo, Paco de La Zaranda-. Al núcleo fundamental de intérpretes -compuesto por el propio Sánchez, Gaspar Campuzano y Enrique Bustos- se suman en esta ocasión Ingrid Magrinyá y Natalia Martínez para contar una historia de prostitución, proxenetismo, trapicheo y exclusión social en la que la sordidez más espeluznante, como siempre ocurre en sus espectáculos, está tratada, lejos de solemnidades y moralinas, con desprejuiciado humor, con ternura y con sincera humanidad.
Aunque haya algunos momentos muy muy bonitos, el resultado no es tan brillante en conjunto como el de otros montajes; pero ya se sabe que la genialidad es caprichosa y no aparece siempre que se la invoca. Curiosamente, es una de las obras de la compañía en las que la narratividad es mayor y la línea argumental más clara y convencional -sin querer dar a la palabra ‘convencional’ ningún sentido peyorativo-; no obstante, como el desarrollo y los caracteres están esencializados -algo, por otra parte, habitual en sus trabajos-, se echa en falta esa ‘pintura’ dramática tan imaginativa que sí está presente en muchas obras anteriores y que permite que las escenas se eleven poéticamente sobre sobre la inacción y el concepto. Esa dificultad para sublimar, en ciertos momentos, lo cotidiano o lo intrascendente hace, a su vez, que el humor se perciba menos original y sorprendente, más realista, si se quiere decir así, que otras veces.
En cualquier caso, son pequeños matices dentro de una propuesta que tiene el reconocible e infalible sello de calidad de La Zaranda. Su nivel es siempre alto, y lo es también en esta obra, honda, rigurosa, repleta de guiños metateatrales (Calderón, Shakespeare...), que nos brinda una hermosa reflexión sobre el indescifrable sentido de la existencia y sobre la memoria; y sobre una posible eternidad igualitaria para los seres humanos, entendidos todos, sin distinción alguna, como insustituibles personajes de un gran libro de la vida que no dejará nunca de ser releído.
- Lo mejor: El trasfondo es hermoso y lo son también algunas escenas, como las de la fantasmal Micaela (estupenda Ingrid Magrinyá) con su vestido de novia.
- Lo peor: Falta la chispa de genialidad que hay en otras propuestas donde el humor y la poesía no se ceden el espacio, sino que aparecen de la mano.
