A casi una semana de la peor tragedia ferroviaria española, hemos asumido con naturalidad que a nadie le haya extrañado aquella desgracia, como consecuencia lógica de la progresiva degradación de Renfe y Adif desde que gobierna Pedro Sánchez. Sin embargo, lo que a mí más me ha sorprendido es la extrañeza que provocan en nuestros días la bondad, la generosidad y la compasión, tres valores que de forma deliberada algunos camuflan como empatía, solidaridad y resiliencia. Las familias de Adamuz corrieron a socorrer a las víctimas porque fueron «demasiado humanos», como quería Nietzsche. Por lo tanto, nuestra infraestructura moral me preocupa mucho más que nuestra infraestructura ferroviaria, porque hemos normalizado la vileza y la maldad. En Davos —a miles de...
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