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Orígenes del español

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Abc.es 
Libro importante para la conformación del concepto de nación española es 'Orígenes del español', que ahora cumple un siglo. En él Ramón Menéndez Pidal estudia la lengua medieval documentada. Los historiadores retienen preferentemente crónicas o relatos políticos, pero 'Orígenes…' encaró, desde el interior del lenguaje, el pasado fundacional de España, e importa no sólo por lo que dice, sino también por cuándo lo dice. El Romanticismo, tras la convulsión de la Revolución Francesa , obligó a cuestionar lo que se consideraba una nación. Fijadas las fronteras, el sistema monárquico no podía proceder a particiones hereditarias, los jóvenes no iban a 'servir al rey' y aparece la expresión 'todo por la patria'; esta última palabra deja de significar «la tierra donde se ha nacido», para asumir la fuerza sentimental de la nacionalidad. El Duque de Rivas, en 'El desterrado' y 'El faro de Malta', refiere al partir el trato injusto: «¡Oh patria! ¡Ingrata patria!... tú me arrojas/ con furor espantoso de tu seno…». Luego, desde el exilio, le pide al faro que sirva «de norte a los bajeles/ que de mi patria […]/ me traen nuevas amargas…». Es netamente romántico, supera la patria chica. Ernest Renan, en una famosa conferencia de 1882, demostró que el ser humano no es esclavo de la raza, la lengua, la religión, el curso de los ríos o la dirección de las cadenas montañosas; una nación es producto de la conciencia moral fortalecida por los sacrificios que cada individuo es capaz de hacer en provecho de la comunidad. Añadamos que, cuando los individuos no están dispuestos al sacrificio o confunden la comunidad con un grupo de vecinos, la nación peligra. Menéndez Pidal lo sabía y, en las líneas finales de 'Orígenes del español', advierte que la evolución de una lengua no obedece a razones políticas o de organización, sino a «corrientes de comercio humano mucho más varias y complejas» que las administrativas. Gaston Paris, el gran medievalista francés, con motivo de la derrota ante Prusia en 1870, buscó la patria francesa en la 'Chanson de Roland', y motivó así el interés político por la poesía épica medieval y la fundamentación de lo nacional en aquella literatura. En España, el reinado de Fernando VII anuló el sentido patriótico de las guerras de independencia, y los sucesos políticos del entorno de 1868 obligaron a una generación a reflexionar de nuevo sobre el ser de España en un movimiento que condujo al 98. En esa inquietud política hay que situar el interés de Ramón Menéndez Pidal por la literatura fundacional, la historia en ella reflejada y la lengua que la expresó. En 1926 ya había publicado libros esenciales, como 'La leyenda de los Infantes de Lara' (1896), entendida como «una tradición venerable, robustecedora de la conciencia nacional»; su primera edición de 'Cantar de Mio Cid' (1898-1900), la posterior completada con gramática y vocabulario (1908-1911); el 'Manual de gramática histórica española' (1904), o 'La epopeya castellana a través de su literatura' (1910). En ellos, Menéndez Pidal muestra su necesidad metodológica de barajar a la vez planteamientos lingüísticos, históricos y literarios, lo que conformará la base metodológica de la escuela española pero, sobre todo, construyó los cimientos de la idea de una España moderna justificada por su propia historia. Desde un artículo de diciembre de 1902, su concepto de lengua española arrastró las iras de quienes pretendían que 'español' y 'castellano' signifiquen lo mismo (sorprende que perviva la discusión, creando desigualdad). El 'español' nace realmente en el siglo XVI cuando, en Sevilla, la espera para emigrar a América obligaba a convivir a personas de toda la Península, con la consiguiente neutralización de las diferencias de los dialectos castellanos o de otras lenguas; se añadieron usos canarios y, cruzado el mar, los necesarios términos americanos para designar objetos, animales y vegetales desconocidos en Europa. Los diccionarios de lengua inglesa, en cambio –como el norteamericano Webster ya en 1828–, obviaron el roce con el escocés, el irlandés, o el galés, pues 'English' designa el idioma hablado por la gente de Inglaterra, Irlanda, los Estados Unidos, Canadá, Australia, «and many other countries». Que la exactitud científica no desmerece para nada la existencia de otras lenguas y su práctica. Característica constitutiva de España, que facilitó la relación con las poblaciones americanas, es la pluralidad lingüística y étnica, diferente de la barrera anglosajona, que despreciaba el mestizaje. 'Viaje a la India', novela de Forster, muestra el desdén de los colonizadores británicos por los mestizos y no olvidemos que, hasta 1967, no fue legal en todos los Estados Unidos el matrimonio interracial. 'Orígenes del español', en cambio, muestra el temprano mestizaje racial, cultural y lingüístico en el territorio que luego será España, cuando narra una anécdota de la corte de Abderramán III . Se distraía el califa con varios amigos que cantaban o recitaban un poema con estribillo en ibero-romance. Un verso terminaba en '–ulo' y Abderramán se adelantó y rimó entre risas: «su culo». Se demuestra así el bilingüismo de la corte cordobesa y que el sultán, hijo de madre ibera, se manejaba perfectamente en árabe y en ladino. Américo Castro insistiría, por los mismos años que el libro de Menéndez Pidal, en las leyes de limpieza de sangre, pero éstas se promulgaron, precisamente, porque no había tanta sangre limpia, y las leyes no fueron nunca bien cumplidas. En 1650, la mayor parte de los jóvenes conquistadores eran ya mestizos, hijos de indias. Los españoles que cruzaban el océano, salvo los comandantes, iban a instalarse como trabajadores, campesinos, comerciantes o administradores. Lo expresará un poema de Neruda: Son «hijos del desamparo castellano,/ conocedores del hambre en invierno/ y de los piojos en los mesones. […] Eran pueblo…». Escribió Gregorio Mayans, en sus 'Orígenes de la lengua española', de 1737, que dio su título al libro de Menéndez Pidal, que «son las lenguas como los ríos, que porque conservan muy de antiguo sus nombres, se tienen por unos mismos; pero el agua que por sus cauces está ahora corriendo no es la misma que pasó». De ahí vienen dos ideas fundamentales que fijó Menéndez Pidal (el último liberal, según lo califica Juaristi): la tradición (la tradición del cambio) y la latencia (permanecer medio en sordina a través del tiempo). Ambas ideas traen hasta el presente la intención estética de los hablantes anteriores que, con sus opciones lingüísticas, también forjaron la nación. Y es ya responsabilidad nuestra mantener lengua y nación. Recordémoslo en el centenario de 'Orígenes del español'.














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