Hay un momento en que las dictaduras dejan de parecer eternas y empiezan a oler a derrumbe. No porque se hayan vuelto menos crueles, sino porque el miedo pierde su monopolio y la calle reaparece. En Venezuela esa sensación se ha extendido desde el pasado día 3, cuando la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses abrió una fase inédita: el poder chavista, reducido a su núcleo coercitivo , comenzó a mostrar grietas en público. Ese cambio de clima es el que María Corina Machado transmite en su conversación con el corresponsal de ABC en Washington, David Alandete. Machado describe un régimen que se está desmontando, obligado a «reducir sus capacidades represivas», y una sociedad que interpreta el momento con «inteligencia» y «precaución», pero que se niega a volver al silencio. La calle, de hecho, ofrece estampas que el chavismo prefería desterrar: estudiantes bloqueando la principal autopista de Caracas para exigir la liberación de detenidos, familiares de presos reclamando justicia o dirigentes que salen de la clandestinidad. Machado no edulcora el cuadro: en enero se han registrado más de 35 nuevas detenciones y aún hay «más de 750 presos políticos». Conviene reiterar lo esencial: la legitimidad democrática no reside en la usurpación del chavismo, sino en las urnas. Y hoy recae en Edmundo González y en el movimiento cívico articulado por Machado, que obtuvo un amplio respaldo en las elecciones de 2024 antes de que el chavismo robara el resultado. Ahora bien, ella no confunde el viento favorable con una victoria automática. En Washington juega con prudencia un lance delicadísimo. Trump ha expresado en público intereses propios –básicamente el control del petróleo– que no siempre coinciden con los tiempos, las prioridades o los objetivos de la oposición venezolana. De ahí que proteja el contenido de sus reuniones y reivindique la «confianza» como condición de eficacia. No es cálculo: es conciencia de fragilidad. De esa prudencia nace su tesis central: el chavismo pierde vigencia en la medida en que Washington deja de validarlo y eleva el coste de la represión. Si el miedo deja de ser rentable, Machado cree que la voz del pueblo volverá a imponerse, como ya lo hizo en 2024. No se trata de sustituir una tutela por otra, sino de devolver el protagonismo a los venezolanos. Ella no teme al pueblo: lo invoca, porque es su fuerza redentora. Por eso denuncia el espejismo de un chavismo sin Maduro que perpetuaría la impunidad. La entrevista subraya un punto incómodo para Europa –y especialmente para España–, que es la tentación de ampararse en fórmulas diplomáticas cuando el dilema es político y moral. Tras el 3 de enero, el Gobierno habló de «desescalada» y de respeto al Derecho Internacional. Puede debatirse la legalidad y el alcance del precedente, pero lo que resulta indefendible es olvidar que el origen de esta crisis no está en la intervención de Trump, sino en una dictadura abyecta. Y es aquí donde Machado aporta una clave personal que explica su resistencia y su liderazgo: la fe como disciplina interior. Relata dieciséis meses en la clandestinidad como un reto espiritual. Esa dimensión no es un adorno piadoso: es una ética del deber que le ha permitido convertir los golpes –la inhabilitación, la persecución, la separación de sus hijos– en organización, cohesión y equipos. Venezuela está en un cruce de caminos. Habrá quienes intenten reciclar el chavismo sin Maduro y con Delcy Rodríguez, marginando a los ciudadanos y perpetuando la impunidad, pero tienen delante a una adversaria formidable, comprometida con la dignidad de unos ciudadanos que quieren recuperar su libertad .