Universitarios detrás del mostrador
Más de un agobio llevó a Luis Alejandro García a pedir licencia estudiantil. Creyó que una pausa por un año en su carrera de Ingeniería Informática en la Universidad de Sancti Spíritus José Martí (UNISS) aliviaría los tantos torbellinos que le rodeaban.
«Cuando los profesores conocieron mi decisión conversaron conmigo. No quería alejarme de la universidad, por lo que me ofrecieron una plaza en la secretaría de posgrado de mi facultad, la de Ciencias Técnicas y Económicas».
Se reincorporó al estudio en el 2do. año de su carrera mientras mantenía las responsabilidades laborales. Desde entonces, además de encarar sus necesidades económicas, pone en práctica los saberes adquiridos en el aula.
«Trabajo en un sistema para automatizar la introducción de todos los datos que manejamos. Ese es mi proyecto de tesis: me facilitará mi labor y quedará para la universidad», dice.
A su corta edad no le resulta fácil llevar a la par las responsabilidades y exigencias de sus profesores (y a la vez colegas) y el estudio de una carrera que obliga a pasar mucho tiempo frente a textos y computadoras.
«Estoy en la secretaría durante las mañanas y me incorporo a clases después de almuerzo. En ocasiones resulta tedioso, pero hay que hacer el esfuerzo porque para nadie es un secreto que, por muchas razones, estudiar y sostenerse económicamente es bastante complejo en las condiciones que transitamos. Hay que generar ingresos para ayudar a nuestras familias, y si nos organizamos bien, claro que podemos lograrlo».
Según cifras del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social facilitadas a Juventud Rebelde, en Cuba existen 15 920 trabajadores con más de un contrato en el sector estatal; de ellos 7 626 son mujeres y 2 417 son jóvenes. Por otra parte, 2 842 estudiantes trabajan a tiempo parcial en el propio sector estatal, de ellos 2 103 son universitarios.
En la actualidad 2 842 estudiantes trabajan a tiempo parcial en el sector estatal y, de ellos, 2 103 son universitarios. Foto: Roberto Suárez
Sin embargo, Emanuel López, alumno de la Licenciatura en Contabilidad y Finanzas, luego de experimentar en el sector de la cultura buscó ofertas laborales en las formas de gestión no estatal.
«Laboro con técnicas de impresión por sublimación y a la par administro y llevo datos contables. Esto me obligó a estudiar de forma independiente, porque la decisión de trabajar la tomé al unísono con cambiar de carrera.
«Antes estaba en la Ingeniería Informática, y tanto los aprendizajes de esa especialidad como los que adquiero de forma autodidacta o en la nueva labor me han permitido desempeñarme mucho mejor. Además, tengo buena remuneración económica y todo lo que hago está amparado por un contrato», insiste el joven.
Al principio pensó dejar totalmente el aula o apostar por el Curso por Encuentros. Temía que le resultara imposible mantener la doble carga… Pero no: la asumió con entereza y su vida fluyó.
No todos corren la misma suerte
Trabajar para sustentar los estudios se ha convertido en una práctica común, lícita y respaldada desde la voluntad gubernamental. Muchos jóvenes se multiplican entre compromisos docentes y laborales para lograr llevar a buen término los primeros. Estudiar y trabajar es, sin duda, un camino complejo, retador y a veces necesario.
Puesto en una balanza, el resultado para las nuevas generaciones y la sociedad debe ser de ganar-ganar, tanto en el área del conocimiento y experticia de los futuros profesionales como en la batalla por el sustento cotidiano.
Sin embargo, ante la urgencia de ingresar fondos y el desconocimiento de sus derechos, no pocos se vinculan con empleadores que actúan en ese aspecto al margen de la ley (en el sector no estatal, sobre todo), violando horarios y normas sin el amparo explícito de un contrato laboral.
Daniel, uno de los holguineros entrevistados por Juventud Rebelde, relató haber sorteado varios desafíos durante su tránsito por la educación superior. Primero porque estuvo becado, lejos de casa y de los suyos, y entendió que necesitaba una vía de subsistir en la cabecera provincial.
«En ocasiones me quedaba dormido en el aula por el cansancio. Los profesores no entendían por qué pasaba aquello y me regañaban. En aquel momento me molestaba, pero ahora los entiendo: no sabían cuál era mi situación. Casi nadie lo sabía».
Para sostener sus estudios superiores trabajó en disímiles áreas y negocios privados. Desde ayudante de albañil hasta camarero, mensajero y ayudante de cocina. Siempre trató de ganarse la vida honradamente en esa etapa decisiva y asegura que lo volvería a hacer.
«¿Contrato? Nunca tuve uno. Trabajé por tiempos prolongados en diferentes lugares y nunca me lo exigieron», asegura. Pero más allá de la responsabilidad de quien emplea debe estar la preocupación de los jóvenes por garantizar la legalidad del proceso, algo que, reconocen muchos, no suelen tener en cuenta.
Aunque las cifras no arrojen toda la magnitud del asunto, existe un número considerable de jóvenes que trabajan fuera del registro legal en negocios particulares; por ejemplo, como dependientes nocturnos en bares o cafeterías.
Este asunto muy serio, el propio Ministerio de Trabajo y Seguridad Social lo ha revelado en varias ocasiones como una violación grave de las normas establecidas para cualquier actor económico: un delito que entraña riesgos y resulta sancionable.
Necesidades objetivas
Aníbal, estudiante de Lenguas Extranjeras, también decidió trabajar, más que por la remuneración, por acumular vivencias como futuro docente. En la secundaria básica Carlos Manuel de Céspedes, en Holguín, lo acogieron como uno más: «Quería experimentar cómo era el mundo laboral y aprovechar mi tiempo en algo vinculado con mi carrera para alcanzar luego mayor éxito como profesor de Inglés.
«Primero me acostumbré a estudiar por las noches, pero mis padres me pidieron que dejara el trabajo porque decían que me afectaba en el rendimiento de los estudios, y era verdad que a veces llegaba a la casa cansado y solo tenía deseos de dormir. Luego fui cambiando las dinámicas para priorizar el estudio y emplear el tiempo restante en el trabajo».
El caso del espirituano Cristian Rodríguez es bastante particular. Trabaja desde antes de matricular en la casa de altos estudios y creció, prácticamente, en los pasillos de Radio Sancti Spíritus.
«Decidí no abandonar mi labor, aunque ya solo pueda hacerla los fines de semana, porque me gusta lo que hago y aporto a mi hogar. Si bien la realización de sonido no tributa a mi carrera de Ingeniería Informática, con mis conocimientos sí puedo, y ya lo he hecho al contribuir a la radio cubana».
Para Yamina Isabel Vera, alumna de 2do. año de Ingeniería Industrial, no es ajeno el binomio estudio-trabajo. Como presidenta de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) de la Facultad de Ciencias Técnicas y Económicas de la UNISS ha sido testigo de más de un análisis sobre el tema.
«Hoy son pocos quienes no aprovechan esa oportunidad para garantizar independencia económica. Si bien los pagos no suplen todas las necesidades, sí alivian. En las reuniones insistimos en no bajar la guardia con el estudio. Conocemos opciones de empleo, incluso en nuestra propia universidad, muy factibles para simultanear con la carrera porque no nos desvinculan de nuestra primera responsabilidad: estudiar».
Esta trinitaria es la primera de su carrera que labora en el área de Recursos Humanos de la institución académica. «Este trabajo ha ayudado muchísimo para ganar responsabilidad y crecer», concluyó.
El estipendio
No es secreto que un viaje entre Artemisa y La Habana puede superar los 500 pesos. ¿Cómo paga eso un estudiante que va a casa una vez por semana? Soñar con más es imposible… Incluso cuando disponen de gratuidades, por ejemplo, en la residencia estudiantil o para obtener parte del material escolar, muchos deben complementar sus gastos de alimentación y de artículos imprescindibles de su día a día.
Aunque se impone ver el asunto de forma integradora y multifactorial, en opinión de varios estudiantes, como Indira Santamaría, una de las cuestiones por las que los universitarios destinan tiempo a un empleo es por el bajo estipendio que perciben.
«Cuando se implementó la Tarea Reordenamiento, se valoró una cuantía que hoy, con las condiciones económicas del país, no cubre ni un mínimo de necesidades.
La cifra contemplaba entre 200 y 600 pesos, en dependencia del año que curse el estudiante, y así se ha mantenido. Comerse, por ejemplo, una pizza actualmente en los alrededores de cualquier facultad habanera sobrepasa los 250 pesos, así que imaginen…», reflexiona ella.
A su vez, recuerda que, si bien es cierto que el estipendio es solo una ayuda básica para el estudiante, y no un salario como tal, cree que se deberían valorar acciones en ese sentido, y que se modifiquen esas cuantías tan bajas que hoy perciben.
Prioridades y proyectos
La sombra en el contorno de los ojos de Alejandra de la Cruz transmite un cansancio acumulado por días. Como quien sostiene su mundo con hilos tensos, ella describe su rutina diaria como «bastante fuerte».
Tratándose de una estudiante de 6to. año de la Facultad de Ciencias Médicas Calixto García, en la capital, su carga académica resulta potente. Sin embargo, ella desarrolla en paralelo otras actividades para asegurar su sustento económico. «Llevo meses cuidando a una señora por un pago mensual en dólares. A veces mis padres me envían dinero, lo que pueden reunir, pero no alcanza», explica.
Así, un frágil rompecabezas de varias piezas envuelve sus días en cálculos e incertidumbre. Manejar esa dualidad estudio-trabajo llega a ser difícil, afirma: «Suelo acostarme tardísimo porque tengo que viajar diario de la facultad a mi casa en Alamar, para luego cuidar a esa persona mayor».
También recibe apoyo de sus padres María Karla Ramos, estudiante de Sicología en la Universidad de La Habana, pero su economía depende en gran medida de su trabajo en una cafetería próxima a su centro de estudios.
El desafío, reconoce, ha sido equilibrar las exigencias. El empleo la ha obligado a organizar mejor su tiempo, y aunque sus calificaciones se mantienen estables, admite que podría rendir más en el aula.
«Lo más difícil es sacrificar actividades sociales o dormir menos para cumplir con todo», confiesa, consciente de que la doble carga le exige disciplina y resistencia: «Es un sacrificio que hago porque quiero salir adelante».
Aunque mantiene su aspiración de ejercer como sicóloga y vivir de lo que estudia, reconoce que, por ahora, debe tirar con lo que aparezca: «No es lo que quiero hacer toda la vida, pero me ayuda a mantenerme sin abandonar mis estudios», recalca convencida de que cada esfuerzo actual es un paso hacia la profesión que sueña ejercer.
Esa línea de ideas también la sigue la artemiseña Saylis Mena, ya en 4to. año de Periodismo en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, para quien estudiar y trabajar implica mayor responsabilidad de la que imaginó al tomar esa decisión.
Numerosos universitarios apuestan por un empleo en el sector no estatal. Foto: Archivo de JR
«La lucha diaria es intentar cumplir con todo, y bien. Es difícil, pero siento que llevar las dos cosas de la mano me ha convertido en una persona más independiente. ¡Sin romantizarlo demasiado!
«Quizá si la situación en el país fuera diferente no tuviera que pensar en cómo estudiar, trabajar y hacer una tesis organizando horarios para que las 24 horas del día me alcancen. Tal vez no me hubiera visto en la obligación de emplearme antes de graduarme para ayudar a mis padres y no sentirme culpable por los gastos que genera el tránsito universitario», confiesa.
Como ella, muchos jóvenes logran contratarse en entidades afines a las profesiones que estudian, lo cual supone un desafío extra para cumplir con ambas misiones. Aun así, ese vínculo refuerza conocimientos, y las experiencias del personal que les rodea también aportan a su formación.
Lo difícil es cuando el empleo elegido, aun cuando ofrece mayores remuneraciones, dista mucho del estudio. Ante esa disputa suele perder el área del conocimiento, comenta la colega en formación. En casos así, algunos sucumben al apremio y abandonan la carrera para sumirse en una oferta tentadora que exige muchas horas de trabajo y ningún nivel escolar.
La historia de José Miguel Sánchez Martínez, estudiante de 2do. año de Comunicación Social en la modalidad de Curso por Encuentro de la Universidad de Oriente, muestra su vida como un acto de malabarismo constante.
«Trabajo como eléctrico en la filial provincial de la empresa Geysel en Santiago de Cuba. Además, colaboro como tatuador en un estudio, y el tiempo que me queda entre semana lo empleo como gestor digital de ventas», enumera.
El suyo es un currículo forjado en la necesidad, que habla de una versatilidad impuesta por las circunstancias. Cada uno de estos oficios le exige un cambio de chip mental y físico frecuente, que algún día puede pasar factura.
A diferencia de lo vivido por sus padres y abuelos, la realidad de estos jóvenes es la de una generación que está aprendiendo, a fuerza de determinación y sacrificio, a ver el título universitario como un trayecto que se recorre con vocación y responsabilidad.
Trabajar para mantener ese sueño los dignifica como hombres y mujeres, y los prepara no solo para aportar mañana, sino desde hoy a la sociedad en la que nacieron y siguen eligiendo como su forja.
Lo suyo no es una comparación vacilante entre el estudio y el trabajo: ven ambos como indispensables para lograr el equilibrio colectivo y personal, y piensan su presente con beneficios inmediatos, sin que Cuba pierda.
