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Universidad y talento

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Abc.es 
Una de las características que definen la calidad y la competitividad de un sistema universitario es su grado de internacionalización. No se trata solo de prestigio o de imagen exterior, sino de un factor clave para atraer talento, enriquecer la investigación y mantener a las instituciones conectadas con los estándares académicos internacionales. Esta cuestión resulta relevante en un momento en el que muchas universidades españolas afrontan un doble desafío. Por un lado, un ciclo demográfico marcado por un elevado número de jubilaciones que obliga a renovar plantillas y abrir nuevas plazas. Por otro, la dificultad para encontrar suficientes candidatos adecuados dentro del ámbito nacional. En no pocos casos, estas plazas se quedan desiertas o no logran atraer perfiles competitivos. Facilitar la llegada de talento internacional es una necesidad estratégica para el propio sistema universitario español que beneficia, además, a los investigadores nacionales, ya que les permite trabajar en entornos más diversos. Sin embargo, el acceso de estudiantes e investigadores extranjeros –o formados en el extranjero– a nuestras universidades sigue encontrando numerosas trabas administrativas, normativas y culturales que hacen que España resulte menos atractiva como destino que otros países de nuestro entorno. Las dificultades comienzan ya en la etapa predoctoral. Aunque existe una amplia oferta de ayudas para realizar el doctorado, muchas convocatorias están diseñadas para limitar el acceso de estudiantes internacionales. Requisitos como exigir la finalización del máster en el momento de la solicitud, procesos complejos de equivalencia de títulos o la necesidad de estar previamente matriculado en un programa de doctorado generan una incertidumbre difícilmente asumible para quien aspira a iniciar una carrera investigadora en otro país. A ello se suma que parte de la información no está disponible en inglés. Estas rigideces no solo afectan a estudiantes extranjeros, sino también a excelentes perfiles nacionales que terminan siguiendo opciones más flexibles. En muchos países es habitual solicitar ayudas mientras se finalizan los estudios previos, lo que facilita una transición natural. En España, en cambio, el riesgo de quedar atrapado en un limbo administrativo empuja a muchos candidatos a buscar otras alternativas. Esta situación se reproduce en las etapas postdoctorales. En diversas convocatorias, la exigencia de haber defendido la tesis doctoral obliga a atravesar periodos de vacío entre el final del doctorado y la resolución de las ayudas. En la práctica, esto provoca que muchos investigadores con movilidad internacional ya hayan aceptado contratos en otros países cuando se publican los resultados, dejando a los programas nacionales como opción casi exclusiva para quienes ya están integrados en el sistema español. En el acceso a puestos universitarios existen iniciativas valiosas orientadas a atraer talento internacional. Programas como Ramón y Cajal, ICREA, Ikerbasque, Serra Húnter o Beatriz Galindo han demostrado que es posible incorporar investigadores de alto nivel formados fuera de España. Pero incluso en estos casos persisten incertidumbres a medio plazo, como trámites de equivalencia o requisitos administrativos posteriores, que generan inseguridad entre los candidatos extranjeros. En figuras de acceso más generalizadas, como las plazas de ayudante doctor, siguen apareciendo obstáculos adicionales: exigencias lingüísticas, procedimientos complejos o una valoración limitada de la experiencia investigadora internacional. Cuando las trayectorias desarrolladas fuera de España no se consideran un elemento central del perfil, el sistema no incentiva la movilidad ni atrae talento externo. La internacionalización no consiste únicamente en incorporar investigadores extranjeros. Implica también contar con una comunidad académica española plenamente conectada con el exterior, acostumbrada a la movilidad y a estándares de evaluación comparables. En este sentido, la universidad española ha mejorado notablemente en las últimas décadas. El uso del inglés es cada vez más habitual, la producción científica de calidad ha aumentado y la colaboración internacional forma parte de la vida académica cotidiana. El debate no debe plantearse, por tanto, en términos de reproche, sino de oportunidad: identificar qué ajustes son necesarios para dar el siguiente paso cualitativo. Muchos de esos ajustes no requieren grandes inversiones, sino cambios razonables en la gestión de los procesos: reducir trabas burocráticas, adaptar calendarios, ampliar la información en inglés o replantear la exigencia de determinados certificados lingüísticos como condición previa. En un contexto de creciente competencia global por atraer a los mejores estudiantes e investigadores, España no puede permitirse el lujo de quedar rezagada. La internacionalización no garantiza por sí sola la excelencia, pero es una condición necesaria para que nuestro sistema universitario siga siendo relevante y competitivo.














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