El Partido Laborista cierra el camino al mayor rival interno de Starmer
Los liderazgos políticos rara vez se erosionan por falta de mayoría parlamentaria. Suelen hacerlo cuando la autoridad interna deja de acompañar al poder institucional. Y este es el dilema que atormenta al Partido Laborista. Con poco más de un año en Downing Street y una mayoría absoluta holgada, Keir Starmer gobierna sin una amenaza inmediata desde la oposición conservadora, pero con señales crecientes de incomodidad dentro de su partido ante la sensación de estancamiento.
El debate sobre la estabilidad del liderazgo había encontrado durante los últimos días un catalizador concreto. La dimisión del diputado Andrew Gwynne, alegando motivos de salud, ha abierto una elección parcial en la circunscripción de Gorton y Denton, en el norte de Inglaterra, que ha adquirido una relevancia política muy superior a su alcance local. No tanto por el escaño en sí, sino porque abría una posible vía de regreso a Westminster para Andy Burnham, actual alcalde del Gran Mánchester y una de las pocas figuras del partido con base territorial propia, experiencia nacional y ambiciones de liderazgo nunca totalmente disimuladas.
Sin embargo, el Comité Ejecutivo Nacinal (NEC), responsable de confirmar las candidaturas electorales, dio ayer un jarro de agua fría a las ambiciones de Burnham. El NEC, formado por diez miembros y donde se sientan la ministra del Interior, Shabana Mahmood; la presidenta del partido, Ellie Reeves, y el propio Starmer, rechazaron la candidatura por ocho votos contra uno y una abstención.
Fuentes laboristas dijeron a la BBC que en la reunión se plantearon muchas preocupaciones sobre los costes de una elección para sustituir a Burnham como alcalde de Manchester y la «perspectiva de una campaña divisiva».
La hipótesis de ese retorno había reactivado el nerviosismo en el Número 10. No porque existiera un desafío inmediato, sino porque introducía una variable que la dirección había logrado mantener bajo control: la posibilidad de que una alternativa interna vuelva a adquirir forma institucional.
Las normas del Partido Laborista son claras: solo los diputados pueden presentarse a unas primarias para liderar la formación. Sin escaño, Burnham es una figura influyente desde la periferia. Con él, se convierte en un actor políticamente viable. En otras palabras, en un posible relevo si el liderazgo de Starmer se viera cuestionado tras un mal resultado en las elecciones clave de mayo, en las que están en juego ayuntamientos en Inglaterra y los parlamentos de Escocia y Gales.
Burnham no es un recién llegado ni un agitador coyuntural. Antes de convertirse en alcalde del Gran Mánchester en 2017, desarrolló una larga carrera en la política nacional, ocupando carteras ministeriales y puestos destacados en el Gabinete en la sombra bajo distintos líderes laboristas. Intentó en dos ocasiones hacerse con el liderazgo del partido, pero esas derrotas no borraron ni su perfil interno ni sus aspiraciones.
Desde su salida de Westminster, su nombre reaparece de forma recurrente cada vez que el Partido Laborista entra en una fase de introspección estratégica. Especialmente desde su polémica intervención en la conferencia laborista de otoño, cuando reconoció que diputados del partido se habían puesto «en contacto con él» para hablar del liderazgo y urgió al Gobierno a presentar «un plan serio para el país». No anunció candidatura ni lanzó un desafío formal, pero el mensaje fue inequívoco y así fue interpretado en Downing Street.
Su popularidad explica la inquietud. En el Gran Mánchester ha ganado dos veces la Alcaldía con amplias mayorías y ha cultivado una imagen de dirigente cercano y combativo, reforzada en la pandemia por sus enfrentamientos con el Gobierno conservador en defensa del norte de Inglaterra. Conecta con el electorado y goza de respeto entre amplios sectores de la militancia. En Westminster, en cambio, despierta recelo. Se le percibe como imprevisible, poco disciplinado y difícil de encajar en un proyecto construido desde el aparato y la disciplina interna.
Aun así, el camino de Burnham de vuelta al Parlamento estaba lejos de ser sencillo. Para empezar, tendría que dimitir como alcalde antes incluso de saber si sería seleccionado como candidato, lo que implicaría una costosa elección parcial en el Gran Mánchester. Además, el reglamento del partido exige que los alcaldes obtengan permiso expreso del Comité Ejecutivo Nacional.
Incluso si hubiera superado ese filtro, la elección parcial no está exenta de riesgos. Aunque Gorton y Denton ha sido tradicionalmente un escaño laborista, el contexto electoral ha cambiado. Reform UK, el partido del populista Nigel Farage, lidera o disputa el primer puesto en varios sondeos nacionales recientes, y su avance empieza a notarse también en zonas urbanas del norte de Inglaterra. A ello se suma el descontento persistente de parte del electorado musulmán con la dirección nacional del partido. En ese escenario, una derrota sería políticamente devastadora para Burnham.
Pero el riesgo es doble. Un veto desde Londres, seguido de la pérdida del escaño, podría reforzar precisamente la narrativa que Burnham ha dejado entrever en los últimos meses: la de un partido cada vez más desconectado de su base social y excesivamente controlado desde el centro. Para una dirección que ha hecho del orden interno y la disciplina su principal activo, ese escenario resultaría especialmente incómodo.
Históricamente, los líderes laboristas caen menos por rebeliones formales que por una erosión progresiva de la autoridad. El partido ha sido más reacio que los tories a descabezar a sus dirigentes, pero no inmune a la presión cuando percibe que el rumbo electoral se tuerce.
