El valor de la prevención: una inversión inteligente
Hay decisiones públicas que se reconocen al instante. Otras, en cambio, solo se notan cuando faltan. La prevención pertenece a esta segunda categoría: cuando funciona, pasa «desapercibida» porque evita que lo malo ocurra; cuando falla, la factura llega en forma de sufrimiento, listas de espera, dependencia y desigualdad.
Prevenir no es un «extra»: es el pilar que sostiene un sistema sanitario universal en una sociedad que envejece, convive más tiempo con enfermedades crónicas y afronta amenazas ambientales y climáticas. Es una política de futuro… que empieza en la agenda de cada día.
La salud no se decide únicamente en hospitales y consultas. Se decide también en la escuela, en el barrio, en el transporte, en el precio de los alimentos y en el aire que respiramos. Por eso la prevención moderna combina lo personal con lo estructural: ayuda a reducir riesgos individuales y, a la vez, modifica condiciones que generan enfermedad.
La urgencia es evidente. Sin restar importancia a las infecciones emergentes, las enfermedades crónicas no transmisibles (cáncer, cardiopatías, diabetes, respiratorias…) concentran la mayor carga de mortalidad y discapacidad. No aparecen de la noche a la mañana: se incuban durante años en hábitos cotidianos, entornos poco saludables y desigualdades persistentes. Y si buscamos un «termómetro» del fracaso preventivo, pocos problemas lo ilustran mejor que la obesidad. No es una cuestión estética ni solo individual: se reconoce como una enfermedad en sí misma y, además, un factor de riesgo de primer orden para la enfermedad cardiovascular, la diabetes y varios tipos de cáncer, y un amplificador de vulnerabilidad física y emocional. Afrontarla exige enfoques integrales: entornos saludables, educación, apoyo psicológico, seguimiento clínico y acceso a intervenciones terapéuticas eficaces cuando están indicadas, más allá de la simple apelación a la fuerza de voluntad.
Estas reflexiones se apoyan en el análisis comparado impulsado desde la Cátedra de Gestión Innovadora para la Salud (Fundación Economía y Salud). El Informe Bienal «Innovaciones para la salud en países de la Unión Europea», presentado en el Congreso de los Diputados el 28 de noviembre de 2025, confirma un patrón constante, donde se protege la salud antes de que se rompa, donde el sistema resiste mejor, la ciudadanía vive con más autonomía y la equidad mejora.
¿En qué consiste prevenir bien? En escoger con rigor. No es «hacer chequeos» indiscriminados, sino priorizar lo que aporta valor: vacunación; cribados organizados con invitación y seguimiento; control del tabaquismo y del consumo nocivo de alcohol; apoyo real a la actividad física y a una alimentación saludable; y actuaciones sobre el entorno (calidad del aire, entornos escolares, movilidad segura).
Prevenir bien también implica dejar de hacer lo que no aporta: lo innecesario consume recursos y, a veces, causa daño. Lo decisivo es que la prevención funcione «de extremo a extremo»: informar e invitar con inteligencia, facilitar el acceso sin barreras, confirmar diagnóstico cuando procede y cerrar el circuito asistencial sin pérdidas por el camino. En Europa se consolidan enfoques de «salud en todas las políticas», herramientas digitales que orientan y evitan visitas evitables, y medidas que hacen más fácil elegir bien sin cargar todo el peso sobre el individuo.
España no parte de cero. Hay «joyas preventivas» que ya funcionan y merecen escala: programas de uso prudente de antibióticos (claves frente a resistencias), iniciativas de prescripción social ante soledad o malestar, entornos escolares más saludables y circuitos de prevención y detección precoz desde la atención primaria. El reto no es inventar, sino extender lo que funciona con gobernanza, financiación estable y evaluación transparente.
Y aquí llega la pregunta incómoda: si es tan valioso, ¿por qué invertimos tan poco? La prevención suele ocupar una fracción pequeña del gasto sanitario, pese a que evita tratamientos costosos, hospitalizaciones y dependencia. Pero su mayor retorno no es solo contable: es humano. Menos dolor, menos discapacidad, más años de vida con calidad. En economía de la salud se llama eficiencia; en la vida real se llama dignidad.
La prevención, además, es una política de justicia social. Si la dejamos en manos de la «voluntad individual», ampliamos la brecha: quien tiene menos recursos suele vivir en entornos menos saludables y con menos margen para cuidarse. Si la convertimos en prioridad pública, en barrios, escuelas y trabajos, reducimos desigualdad y ganamos cohesión.
Invertir más en prevención no significa gastar sin criterio. Significa elegir mejor: objetivos medibles, intervenciones coste-efectivas, datos que permitan anticipar riesgos y rendición de cuentas. Y significa cultura: que moverse sea fácil, comer bien sea accesible y cuidarse no sea un privilegio.
Anticiparnos al daño siempre será más inteligente que pagar después sus consecuencias.
Alberto Giménez Artés es presidente de la Fundación Economía y Salud
