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El nuevo tablero global: la geopolítica ya no es solo cosa de diplomáticos

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Durante décadas, la economía mundial se construyó sobre una premisa aparentemente sólida apoyada en que la globalización avanzaría de forma casi automática, guiada por la eficiencia, el libre comercio y la interdependencia, pero esa lógica ya no gobierna el mundo. De hecho, las herramientas clásicas de análisis estratégico como el estudio de mercados hasta los modelos financieros o las fuerzas competitivas han dejado de ser suficientes en la planificación estratégica de las compañías, ya que aplicarlas hoy sin un análisis previo y profundo del contexto geopolítico es, en el mejor de los casos, incompleto y, en el peor, directamente erróneo. Las decisiones que antes dependían de variables económicas relativamente estables.

Ahora, las decisiones no se toman únicamente en consejos de administración o bancos centrales, sino en despachos donde se cruzan seguridad nacional, estrategia geopolítica e intereses económicos, de modo que están condicionadas por sanciones, conflictos latentes, rivalidades entre potencias, cambios regulatorios abruptos o riesgos de fragmentación del comercio global. En este nuevo escenario, el análisis estratégico ya no puede empezar por los números, sino por el poder, los intereses y las dinámicas internacionales que determinan qué mercados serán accesibles, qué cadenas de suministro serán viables y qué escenarios, sencillamente, dejarán de existir.

La invasión rusa de Ucrania marcó un punto de inflexión evidente cuando Europa descubrió de golpe que su dependencia energética tenía un coste estratégico enorme y que las sanciones a Rusia, necesarias desde el punto de vista político, tuvieron consecuencias económicas directas tales como inflación, crisis energética y reconfiguración de cadenas de suministro. Lo relevante no fue solo el conflicto en sí, sino la constatación de que el riesgo geopolítico ya no es una variable externa, sino estructural.

Algo similar ocurre en la rivalidad entre Estados Unidos y China, pues la guerra comercial iniciada no es un episodio puntual, sino el inicio de una desglobalización selectiva en la que hablamos de “friendshoring” como estrategia para relocalizar o diversificar cadenas de suministro hacia países amigos en vez de hacerlo únicamente en función del coste o la eficiencia. Por tanto, las reglas del juego están cambiando y competir ya no es solo producir mejor o más barato, sino entender en qué lado del tablero estás.

Por ejemplo vemos de nuevo que el Mar Rojo y el estrecho de Ormuz, dos puntos críticos del comercio mundial, vuelven a ser noticia por tensiones militares que afectan directamente al precio del transporte y a los plazos de entrega, incluso sectores tradicionalmente neutrales, como la tecnología o la alimentación, están cada vez más condicionados por decisiones políticas y estratégicas. De esta forma, grandes multinacionales que durante años optimizaron costes en Asia se ven ahora obligadas a diversificar producción, asumir sobrecostes o replantear mercados.

En este contexto, la gran pregunta no es si habrá más inestabilidad, sino quién está mejor preparado para gestionarla porque la economía del futuro no premiará solo al mejor financiero o al mejor ingeniero, sino al profesional de inteligencia económica capaz de interpretar señales geopolíticas, anticipar riesgos y convertir información compleja en ventaja competitiva.

Por ello, los Estados ya están actuando en esa dirección y países como Arabia Saudí, India o Brasil están utilizando su peso geopolítico para redefinir su posición económica global, al mismo tiempo que, bloques como la Unión Europea buscan una autonomía estratégica que equilibre apertura y seguridad. Nada de esto se entiende sin una lectura profunda de intereses, alianzas, recursos y poder.

Así pues, las empresas van a necesitar tanto inteligencia artificial como expertos en inteligencia económica para saber interpretar un mapa de poder y entender por qué unas elecciones en Taiwan pueden afectar a una cadena de suministro en Europa o por qué una sanción financiera puede ser tan decisiva como una intervención militar. Por ello, la frontera entre economía, política y seguridad es cada vez más difusa y las empresas necesitarán perfiles híbridos tales como directivos, analistas, consultores y emprendedores capaces de moverse en un mundo donde la incertidumbre es la norma y la información, bien interpretada, marca la diferencia entre anticiparse o reaccionar tarde.

Caminamos hacia un nuevo orden mundial donde no gana quien ignora la geopolítica, sino quien la entiende antes que los demás y debemos tener presente que, en geopolítica, el mundo no se desglobaliza, se reorganiza en bloques y si no estás sentado en la mesa de negociación, es que eres parte del menú.

Juan Carlos Higueras, doctor en economía y Vicedecano de EAE Business School















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