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Carney en Davos, lecciones para el ecosistema de Innovación en México

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Desde hace muchos años, en México hemos estado preocupados por aumentar y profundizar la relación académica con Canadá, no solo como un gesto diplomático, sino como una estrategia estructural para impulsar la innovación, la formación de talento y la transferencia efectiva entre academia e industria. Esta urgente necesidad fue puesta en el centro de la conversación en el Foro Binacional México–Canadá: Ciencia, Tecnología y Desarrollo [1] hace 7 años donde se destacó la urgencia e importancia de articular colaboraciones sostenidas, modelos de vinculación y mecanismos concretos para que la cooperación científica se tradujera en capacidades productivas reales para ambos países.

Hace apenas unos días en Davos, Mark Carney no dio un discurso de protocolo: lanzó un diagnóstico de época. Carney, graduado de Oxford, dijo, en esencia, que el orden internacional ya no está “en transición”, sino “en ruptura”, y que los países medianos deben aprender a jugar en un tablero donde la integración económica ya no es cooperación sino arma: aranceles como palanca, infraestructura financiera como coerción, cadenas de suministro como puntos vulnerables. Algo que en muchas áreas y desde hace mucho tiempo veníamos diciendo, no por ser genios, sino porqué era cada vez más evidente. Me tardé una semana en asimilarlo y en tratar de entender eso, que leído desde México, dejó de ser teoría.

Porque si hay una relación binacional que ilustra el rompimiento operacional entre lo que se produce y lo que se aprende, es México–Canadá. En la balanza comercial, el intercambio es real, continuo, medible, y en muchos rubros sofisticados. En la balanza académica - movilidad estudiantil, colaboración sistemática, atracción sostenida de talento mexicano hacia universidades canadienses - el resultado es, siendo generosos, mediocre. Ese desacople es la señal más clara de que algo profundo se rompió: producimos juntos, pero no pensamos juntos; comerciamos, pero no construimos capacidades en común.

Carney habla como el banquero central que fue, y como el operador político que ahora es. Exgobernador del Banco de Canadá y del Banco de Inglaterra, en Davos apeló a la idea de que los países medianos deben coordinarse porque “si no estás en la mesa, estás en el menú”. Es una metáfora brutal, pero útil: la mesa ya no es sólo Washington. El mundo ya tiene dos fieles de la balanza, y uno de ellos - China - pasó de ser socio incómodo a ser variable estructural.

Y aquí aparece el gran truco de este momento histórico: Canadá intenta hablar el idioma de valores occidentales… mientras no puede ignorar la economía real. Carney no puede estirar demasiado la liga simbólica de su jefe de Estado, Charles Philip Arthur George, - el Rey Charles III pa los cuates -, pero tampoco puede fingir que el consumo interno canadiense no depende de bienes, partes, y servicios cuyo origen es Beijing. Reuters reportó que Carney visitó China recientemente para hablar de asuntos comerciales y que China es el tercer socio comercial de Canadá, al mismo tiempo que reafirmó los límites que impone el USMCA respecto a acuerdos con “economías no de mercado”.

Dicho sin eufemismos: Canadá quiere diversificar sin provocar a Estados Unidos, comerciar sin “casarse” con China, y sobrevivir sin perder narrativa. Esa es la gimnasia geoeconómica del G7. Pero si el discurso de Davos sirve para industria e innovación, también sirve para educación: el talento es cadena de suministro, y Canadá está tratando el talento internacional como si fuera un interruptor que se prende y se apaga según la presión del momento. No es una metáfora: es literal. México vive una situación kafkiana con los requisitos de viaje: cambios abruptos, incertidumbre y una sensación de que las reglas no se pueden anticipar. El propio gobierno de Canadá formalizó en 2024 nuevas restricciones: muchos mexicanos pasaron de eTA simplificada a requerir visa dependiendo de condiciones específicas.

Para un estudiante, un investigador, un emprendedor tecnológico, esa incertidumbre se traduce en una sola palabra: riesgo. Y el riesgo mata proyectos antes de que nazcan. La industria entiende esto mejor que las universidades. En manufactura avanzada, nadie diseña una cadena de proveeduría si el insumo crítico puede quedar bloqueado por una regla que cambia sin aviso. Pues bien: la educación internacional hoy es exactamente eso: una supply chain de talento. Si se vuelve impredecible, se rompe.

Y hay otro elefante en el cuarto: el relato romántico de Canadá como destino juvenil perfecto se fractura cuando lo miras de cerca. Conozco Canadá de lado a lado - desde la Isla Victoria hasta Quebec - y uno no puede ignorar una realidad amarga: en demasiadas regiones, el consumo problemático de drogas en la juventud ya no es anécdota, es paisaje. Eso erosiona no sólo la calidad de vida: erosiona la promesa de futuro que sostiene la migración aspiracional. El desencanto de nuestros compatriotas no viene del “fracaso”, viene de haber comprado una narrativa inflada, a veces fantasiosa, con costos psicológicos y sociales que nadie te cuenta en los folletos.

En este contexto, el problema no es que menos mexicanos quieran ir a universidades canadienses. El problema es que la decisión se volvió racional. Entre la incertidumbre administrativa, el costo de vida, la fragilidad emocional que acompaña procesos migratorios largos, y un mercado laboral que exige resultados cada vez más inmediatos, el “sueño académico” se vuelve una apuesta cara. Y cuando un país complica su propia accesibilidad, el mercado no perdona: el talento re-rutea. Si no es Canadá, será Estados Unidos; si no es Estados Unidos, será Europa; y si no es Europa, será remoto - porque ahora la innovación, para bien o para mal, ya no pide presencia física como antes.

El mensaje industrial detrás de Carney en Davos es claro: la nueva competitividad no será “más comercio”, será más autonomía estratégica. Y para México, eso aterriza en una lección incómoda: no podemos seguir celebrando exportaciones si no construimos la base de conocimiento que las sostiene. La balanza comercial puede ser grande, pero si la balanza académica es pequeña, entonces nuestro músculo productivo está dependiendo de capacidades que no controlamos.

Canadá teme, en el fondo, que la gravedad económica y tecnológica de Estados Unidos lo vaya empujando lentamente hacia la caricatura del “Estado 51”, pero convendría que no olvide quién sigue apareciendo en sus billetes: la monarquía no es un adorno folclórico, es un recordatorio de pertenencia estratégica. Porque más allá del comercio inmediato, Canadá ocupa un lugar singular dentro del Commonwealth: no por nostalgia imperial, sino por algo mucho más moderno y brutalmente tangible - su capacidad de energía, minerales críticos y materiales raros, que lo alinean en la misma liga geoeconómica que Australia y Nueva Zelanda, junto con países y territorios que aún orbitan esa constelación - Belice, varias islas y enclaves - y esa zona gris de historia, finanzas y poder donde caben Hong Kong y la mitad aristocrática de India. En ese mapa, Canadá no es un apéndice: es una bisagra, y su dilema no es elegir entre Washington o Beijing, sino recordar que su verdadero margen de maniobra viene de algo que hoy vale más que cualquier discurso: recursos estratégicos en un mundo que ya entró en competencia industrial total.

La ironía final es que Canadá, al intentar protegerse del desorden global, puede terminar debilitando su propio imán de talento. Y México, mientras mira a Canadá con una mezcla de admiración y frustración, tiene una oportunidad histórica: convertir la incertidumbre externa en urgencia interna. Si China y Estados Unidos son los nuevos fieles de la balanza, el país que no desarrolle ciencia aplicada, ingeniería avanzada y talento industrial propio quedará condenado a ser proveedor barato en cadenas ajenas.

Los que vivimos el Brexit como “destino manifiesto” hace 25 años vimos primero lo simbólico y luego lo estructural: se prendieron focos que iluminaban el descontento de las minorías y la fractura silenciosa de un proyecto que Europa suponía irreversible, dejando al Reino Unido en una disyuntiva histórica - para desgracia de los eurocentristas - donde la integración se volvió fricción y la movilidad se convirtió en trámite, y al final lo más parecido a un apéndice sentimental quedó reducido al Eurotúnel París-Londres, con su logística y sus cuellos de botella post-Brexit. Y si ahora Trump lograra “teleoperar” Venezuela - no con tanques, sino con infraestructura digital, fibra óptica y constelaciones satelitales - entonces lo que llamamos Metaverso dejaría de ser entretenimiento para consolidarse como instrumento de telecontrol económico, una arquitectura donde la soberanía no se invade: se administra a distancia, en tiempo real, con conectividad, plataformas y dependencia tecnológica.

La pregunta incómoda es si las juventudes - hoy o mañana - van a tener el instinto y el coraje de jalar el telón completo de la mesa, dejar de pelear por migajas y salirse del menú para poner su propia silla en la mesa. Porque si algo está claro es que la “mesa” global no es un club de buenas intenciones: es una arquitectura de poder donde se entra con capacidades, no con simpatía. Europa, por ejemplo, suele tratarnos peor de lo que fingimos admitir: Latinoamérica entra por la puerta de servicio y muchas veces sólo si España decide abrirla, y lo hace cuando le conviene, no cuando nos conviene a nosotros. Y sí, la tecnología hoy permitiría alianzas científicas e industriales con cualquier región del planeta - desde Corea hasta Singapur, desde India hasta los países nórdicos- pero seguimos atados al territorio, a la logística, a la proximidad y a la geopolítica del “vecino inevitable”. Mientras LATAM no se consolide como bloque de innovación y manufactura avanzada, me temo que nuestro “destino manifiesto” no será elegir mesa, sino aceptar la más cercana: la de Norteamérica, con asiento prestado, servilleta ajena… y el riesgo permanente de ser parte del menú.

El simbolismo de que arrancara su discurso en francés no es un guiño cosmético (en Oxford es muy elegante mezclar el inglés con el francés y de vez en cuando con el latín, Haud facile credendum) ni una cortesía diplomática: no empezó en alemán o italiano, lenguas que habrían rendido tributo al país anfitrión y al ritual “internacionalista” de Davos, sino en el idioma que marca el ADN político interno de Canadá. Es decir: el mensaje venía desde Canadá hacia el mundo, más que hacia “la comunidad internacional”. No fue tiro a gol, fue despeje; no fue propuesta, fue advertencia. Puso el balón en el aire para que todos lo vean y nadie finja sorpresa: al final, no ofrece una receta ni un plan maestro, sólo dice - con la frialdad de quien ya lo entendió - “esto ya se rompió, no nos hagamos….”.

Para mí es enorme - y casi conmovedor - ver la claridad con la que piensa Carney cuando habla: esa firmeza sin estridencia, esa elegancia que no necesita alzar la voz, y sobre todo esa rara sensación de estar escuchando a alguien que dicta sin leer porque el discurso ya está organizado dentro de su cabeza, como si realmente le brotara de las neuronas… pero no sin antes pasar por el corazón, y desde hace casi 30 años que obtuvo su doctorado [2] reflexionando justamente sobre la competencia y seguramente “le pudo” saber del TLC y los desequilibrios que seguramente provocaría. En contraste, lo de Milei se siente como el reverso exacto: un texto leído con torpeza, mal hilado, con la cadencia de quien ni siquiera lo revisó la noche anterior, y con el agravante de que - por momentos - da la impresión de que ni el propio orador entiende del todo lo que está pronunciando.

Al final, Carney propuso una estrategia de “autonomía estratégica” para las potencias medianas: dejar de fingir que el viejo orden basado en reglas sigue funcionando, reducir vulnerabilidades frente a coerción de grandes potencias (tarifas, infraestructura financiera, cadenas de suministro), y construir soberanía práctica (energía, minerales críticos, alimentos, datos e infraestructura económica) mientras se forman coaliciones flexibles (“variable geometry”) entre países afines para negociar con más fuerza y no caer en subordinación. No vendió una gran utopía: su cierre fue más bien un plan de supervivencia elegante —diversificar, invertir en resiliencia, actuar juntos y dejar de hacerse los desentendidos ante la ruptura.

Si tomamos en serio lo que Carney está diciendo - que el orden global ya se rompió y que los países medianos sólo van a sobrevivir si construyen autonomía estratégica en energía, minerales críticos y resiliencia de cadenas de suministro - entonces México no debería reaccionar con discursos, sino con ingeniería institucional. Lo primero, concretamente, es convertir al USMCA en algo más que un tratado comercial y empujarlo como una agenda industrial 2026: proyectos trilaterales con entregables medibles en inteligencia artificial, manufactura avanzada, electrónica, empaquetado y pruebas de semiconductores, automatización, logística inteligente y producción para defensa, sin miramientos.. La conversación internacional ya se movió hacia “seguridad económica” y vulnerabilidades industriales, y el bloque norteamericano puede usarse como plataforma de escala, no como camisa de fuerza.

Lo segundo es dejar de firmar convenios generales con buenas intenciones de innovación y crear y articular reales corredores México–Canadá–USA. con pilotos y presupuesto etiquetado, como se hace en la industria cuando se quiere acelerar algo de verdad: seis a doce meses, casos de uso reales, empresas ancla, y universidades actuando como integradores técnicos. Ahí caben perfectamente proyectos de inspección industrial con visión + IA, robótica colaborativa y sistemas de trazabilidad y calidad para manufactura. Canadá está metiendo dinero e instrumentos para fortalecer investigación y demostración en minerales críticos y cadenas de valor, lo cual abre la puerta a co-desarrollos donde México aporta algo que pocos pueden: la capacidad de integrar, fabricar, escalar, certificar y operar en condiciones reales.

Lo tercero - y más incómodo - es reparar la balanza académica como si fuera infraestructura económica, porque lo es. Si el talento ya es parte de la cadena de suministro, no puedes permitir que la movilidad sea una ruleta administrativa. Con los cambios de eTA/visa y la incertidumbre que eso genera, el mensaje implícito al estudiante o al investigador mexicano es “ven si el sistema quiere”, y eso mata planes, convenios, estancias y proyectos antes de empezar. México tiene que negociar rutas estables y claras para perfiles estratégicos - posgrados SRIATEM (“R” de robótica), técnicos especializados, estancias cortas de I+D aplicada - porque si no hay flujo de gente y conocimiento, el comercio se vuelve transacción sin convergencia tecnológica. Una área de gran oportunidad e ilustración es como Canadá se ha posicionado en IA.

Canadá logró dicho catch up vertiginoso en IA porque supo convertir talento científico de clase mundial en infraestructura nacional de investigación, formación y atracción global. Dos figuras son emblemáticas: Geoffrey Hinton, británico radicado en Toronto, y Yoshua Bengio, nacido en Francia y consolidado en Montreal; juntos sentaron las bases decisivas de lo que hoy entendemos como deep learning, al punto de ser reconocidos como pioneros globales (compartiendo el Turing Award por su impacto fundacional con otro francés, Yann Lecun, pero este inicialmente aposentado en NY). Esa masa crítica no se quedó nada más como prestigio académico: sino que detonó un efecto de “gravedad” internacional que atrajo empresas, laboratorios y estudiantes, reforzado por la creación y crecimiento de polos como Mila en Quebec, que hoy agrupa una comunidad enorme de investigadores y colaboraciones universitarias, y que convirtió a Canadá en uno de los nodos más visibles del ecosistema global de IA en los últimos años.

En el fondo, la oportunidad para México es entrar a esa nueva lógica como socio de capacidades, no como proveedor de costo. Si Canadá busca margen frente a Estados Unidos sin quedar atrapado en la geopolítica de China, su carta fuerte es IA, energía, minerales críticos y cadenas industriales robustas; y México puede ser el brazo que convierte esos activos en productos, plantas, automatización y exportaciones de alto valor. En otras palabras: si Carney propone sobrevivir diversificando y blindando la economía real, a México le toca usar esa propuesta para escalar el nearshoring hacía innovación, o resignarse a seguir siendo sólo el taller, no el arquitecto.

Carney lo dijo como advertencia geopolítica. En México deberíamos leerlo como agenda de innovación: en la era de la ruptura, educación y manufactura son la misma guerra, sólo que una se pelea con tratados… y la otra con universidades que todavía no entienden que el talento es infraestructura estratégica.

[1] Foro Consultivo Científico y Tecnológico (FCCyT). Foro Binacional México-Canadá: Ciencia, Tecnología y Desarrollo. El nexo academia-empresas (Relatoría). Junio 2019. Youtube https://youtu.be/azQfFekGfOA

[2] Carney, Mark J. (1995). The Dynamic Advantage of Competition. DPhil thesis, University of Oxford (Nuffield College).















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