Poder, corrupción y nosotros: ¿por qué elegimos mal?
Una de las preguntas más incómodas –y necesarias– de la vida política no es qué decisiones toman quienes gobiernan, sino por qué son ellos quienes llegan a gobernar. El politólogo y académico Brian Klaas sostiene que las cuestiones más fundamentales de una sociedad deben dirigirse a quién busca el poder, quién lo obtiene y cómo el poder transforma a la persona que lo ejerce.
Existen varias explicaciones que, lejos de excluirse, se complementan. Una sostiene que el poder corrompe; otra, que las personas corruptas son especialmente atraídas por el poder y suelen ser mejores obteniéndolo; una tercera apunta a la sociedad, que tiende a entregar poder a malos líderes por razones equivocadas, y una cuarta desplaza el foco hacia los sistemas, argumentando que contextos institucionales mal diseñados premian los peores comportamientos.
Con frecuencia, el debate público se queda en la superficie, en el escándalo o en la figura visible del líder; sin embargo, eso es solo la punta del iceberg. Debajo operan dinámicas estructurales más peligrosas: cómo se selecciona a quienes compiten por el poder, quiénes quedan fuera y por qué muchas personas capacitadas consideran la política un espacio tóxico que prefieren evitar.
La psicología ayuda a explicar parte del problema. El profesor Dacher Keltner, de la Universidad de California en Berkeley, describe la llamada paradoja del poder: las cualidades que permiten a una persona alcanzar posiciones de liderazgo (empatía, cooperación, apertura, sentido de justicia) tienden a erosionarse una vez que ese poder se consolida. Las personas ganan poder con la empatía, pero lo pierden con la arrogancia.
El poder reduce inhibiciones. Quienes lo detentan se preocupan menos por cómo afectan a otros, asumen más riesgos y se comportan como apostadores seguros de su propio juicio. En contraste, quienes carecen de poder suelen ser más cautelosos, reactivos y temerosos de perder lo poco que tienen. Así, el desequilibrio se profundiza: los poderosos apuestan y los demás intentan sobrevivir.
Desde la neurología, David Owen describe el Síndrome de Hubris, una condición asociada al ejercicio del poder que se manifiesta en arrogancia, rigidez ideológica y narcisismo exacerbado. Lo relevante es que se trata de un fenómeno transitorio: suele revertirse cuando la persona abandona el poder. Esto refuerza una idea inquietante: no siempre se trata de malas personas, sino de lo que el poder sin control les hace.
Si este es el diagnóstico, la pregunta inevitable es cómo corregir el problema. Klaas propone varias lecciones clave. La primera es replantear los procesos de reclutamiento. Los sistemas actuales favorecen la autopostulación, lo que tiende a atraer a personalidades narcisistas y hambrientas de poder. Muchos líderes potencialmente valiosos –en educación, salud o ciencia– nunca consideran seriamente la política. Si seguimos eligiendo entre los mismos perfiles, obtendremos siempre los mismos resultados.
La segunda lección apunta a crear contrapesos externos, como juntas ciudadanas o “juntas sombra” que analicen públicamente las decisiones del poder sin depender de él. La transparencia y la exposición pública funcionan como frenos a la arbitrariedad.
Otra herramienta esencial es la rotación. La permanencia prolongada en el poder genera aislamiento, estancamiento y corrupción. Introducir personas nuevas reduce el riesgo de colusión y aumenta la probabilidad de rendición de cuentas. A ello se suma la necesidad de auditar no solo los resultados, sino los procesos de toma de decisiones, para distinguir entre buena gestión y simple suerte.
Finalmente, Klaas subraya la importancia de humanizar el poder. Cuando las decisiones se toman desde la distancia (social, temporal o experiencial), las personas se convierten en abstracciones. El contacto directo con quienes sufren las consecuencias de las decisiones introduce empatía y responsabilidad moral. Y, en última instancia, recuerda que quienes deben sentirse observados no son los ciudadanos, sino quienes ejercen el poder.
En última instancia, la verdadera fortaleza de una democracia no se mide solo por la calidad de sus instituciones, sino por la capacidad de sus ciudadanos de cuestionar quién ocupa el poder y bajo qué condiciones.
Si aceptamos sin crítica que los mismos perfiles continúen gobernando, podríamos perpetuar un ciclo de desconexión con las verdaderas necesidades alejadas de la realidad que viven quienes son gobernados. Pero si nos atrevemos a repensar los mecanismos de selección, exigir transparencia y acercar el poder a la experiencia humana cotidiana, podremos transformar la política en un espacio más responsable.
La reflexión que queda es clara: el poder no debe ser un privilegio que corrompe, sino una responsabilidad vigilada que se ejerce en nombre de todos.
El poder puede ser inevitable en sociedades complejas. Que termine en manos de los peores, no.
Greysa Barrientos Núñez es fiscala adjunta del Ministerio Público e integrante de la red internacional de fiscales Corruption Hunters, que fomenta la cooperación y el intercambio de conocimientos con apoyo de la Agencia de Cooperación del ministro de Relaciones Exteriores de Noruega.
