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Pobre gente de París, por Eduardo González Viaña

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“Pobre gente de París,

no la pasa muy feliz

solo piensan en amar

y muy poquito en trabajar,

pobre gente de París”.

Cantada en diferentes ritmos, esta canción expresaba, durante el siglo XX, la forma como los latinoamericanos veían a la Ciudad Luz. Se creía que era la capital del amor y que los parisinos dormían de día.

En 1958, Sebastián Salazar Bondy asestó un duro golpe al mito parisino con Pobre gente de París, una novela que narraba las desdichadas experiencias de los latinoamericanos que habían llegado deslumbrados por ese mito.

El libro es uno de los primeros textos que se conocen sobre migración porque las vidas dispares en él contenidas expresan, de un lado, desilusión y, del lado de los habitantes de la Ciudad Luz, desprecio, discriminación y alguna ignorancia.

Viví en París una década después y fui huésped de mi generoso amigo Mario Vargas Llosa. En vista de que mis fines en París no eran los de trabajar, la experiencia fue gratísima porque aprendí del escritor la sencilla lección de que la inspiración no llega del cielo, sino del trabajo esforzado y cotidiano. Después me marché.

Una década más tarde, volví a París y, entre otras cosas, trabajé en la radio pública de Ámsterdam. Allí, una periodista me solicitó que le presentara a algún poeta peruano habitante de París porque estaba haciendo un reportaje sobre “la migración literaria”.

Contaba entre mis mejores amigos al genial Rodolfo Hinostroza (1941-2016), pero lamentablemente se hallaba en esos días en Barcelona filmando como actor de una película. La suya es voz fundamental en la generación poética de los años 60. Además, no se limitó a la poesía: incursionó también en la narrativa y en el teatro. Por fin, fue autor del libro de gastronomía y también un astrólogo muy reconocido.

Busqué entonces a Armando Rojas Adrianzén (1945-1986). No he conocido a otra persona que, como él, viviera siempre en olor de poesía. Había renunciado a una cátedra suya en San Marcos para volar hacia el destino parisino.

Sebastián Salazar Bondy. Foto: Difusión.

Leía y escribía permanentemente. Además, su conversación era un intercambio de nuestras últimas creaciones. Lo encontré siempre con trabajos hechos el mismo día. Su vida en París era exactamente opuesta a la de la mayoría de los peruanos aficionados a las letras que conocí allí, puesto que en ellos solamente eran permanentes la pereza, la improvisación, la disipación y el mal hablar acerca de “los otros”. Aparte de escribir cada día, redactaba e imprimía una revista literaria llamada Altaforte.

Sin embargo, en esos días, tampoco lo pude ver porque había viajado a Madrid para ofrecer un recital. ¿Quién me faltaba entonces? Mi amigo Elqui Burgos (1946). No lo había visto desde hacía seis meses, pero por acuerdo telefónico nos encontramos en el puente más cercano a Notre Dame donde nuestro paisano participaba de un homenaje a Jacques de Molay, el último Gran Maestre Templario, de quien era discípulo. Además, el buen Elqui se proclamaba Hermano Templario.

Logré conversar con él un poco, pero cuando le pregunté por su creación más reciente me explicó que continuaba escribiendo el mismo poema visual en cuya fabricación lo había encontrado un año atrás.

Elqui declinó la entrevista con la periodista holandesa porque, según me explicó, iba a tener mucho trabajo en esos días. Lamentablemente, no pude conseguir un poeta, y tuve que recurrir a mi mala memoria para explicar la forma en que muchos peruanos inventan a París.

París fue construida por mi amigo Juan Morillo Ganoza (1939). Serio y formal como todo intelectual comprometido diseñó un plan de trabajo y lo realizó.

No me acuerdo bien, pero me parece que Morillo comenzó con la Catedral de Notre Dame y que le llevó dos noches terminar de poner en orden las torres, la gran nave, las imágenes de los apóstoles, los vitrales, los turistas, los grifos y los mozos que la cuidan, pero su mayor problema fue dónde colocarla.

En realidad, el excelente escritor Morillo estaba haciendo un trabajo por encargo. Un periodista de deportes amigo suyo había sido premiado con un viaje a la Ciudad Luz con gastos pagados. En retribución, debía escribir una descripción de París. A cambio de una pequeña cantidad, la hizo Morillo, quien entonces era estudiante universitario.

Y todo esto nos lleva de regreso a los mitos de la ciudad del Sena. Pobre gente de París, no la pasa muy feliz.















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