El portaaviones USS Abraham Lincoln y el despliegue de fuerza que pone al límite a la Armada de EEUU
Mientras Pekín intenta acelerar el paso con sus dos naves operativas y el objetivo de liderar en 2035, la realidad actual es aplastante. Washington mantiene un dominio absoluto de los océanos con once portaaviones en activo, una cifra que supera la suma de todas las flotas mundiales juntas. Francia y Rusia, con apenas una unidad cada uno, quedan relegados a un papel secundario en este tablero internacional.
En este contexto de tensión global, la maquinaria naval estadounidense no se detiene ni un instante. El grupo de ataque del USS Abraham Lincoln navega hacia las aguas de Oriente Próximo, mientras que el USS George HW Bush ha puesto rumbo a Europa para vigilar el flanco mediterráneo. Estas fortalezas flotantes actúan como islas soberanas, permitiendo proyectar fuerza sin depender de bases terrestres ajenas.
Por otro lado, la estrategia detrás de estos movimientos responde a una vigilancia exhaustiva. Esta presencia constante busca asegurar el control de las rutas comerciales y la estabilidad regional. No es solo una exhibición de músculo militar, sino una herramienta diplomática coercitiva de primer orden.
A su vez, la eficacia real de estas plataformas quedó demostrada en escenarios recientes de alta intensidad. Durante la crisis de Venezuela, el moderno USS Gerald R. Ford fue una clave en la caída de Maduro, facilitando una intervención quirúrgica y demoledora. La capacidad de operar con total autonomía logística otorga a Estados Unidos una ventaja decisiva en cualquier intervención relámpago.
El desgaste de la flota y el futuro tecnológico
Sin embargo, el componente político sigue siendo el motor de estas operaciones. Donald Trump, actual inquilino de la Casa Blanca, ha escenificado la importancia de estas unidades visitando el USS George Washington junto a la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi. Este gesto simbólico pretende reforzar la alianza en el Pacífico frente a las crecientes ambiciones chinas en la región.
No obstante, mantener este ritmo frenético tiene un coste humano y material elevado. El almirante Daryl Caudle ha expresado su profunda inquietud por el agotamiento de la flota actual, advirtiendo sobre la duración excesiva de las misiones y la presión sobre los astilleros de mantenimiento. La demanda de seguridad global empieza a pasar una factura difícil de sostener.
Finalmente, la doctrina naval se asoma a una transformación radical en su concepto operativo. Los expertos anticipan que estos colosos de acero evolucionarán para convertirse en naves nodriza, cediendo el protagonismo del combate a los drones en lugar de aviones tripulados. La tecnología no tripulada definirá quién ostenta la hegemonía en los mares del mañana.
