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Январь
2026

Los trenes de Adamuz

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Abc.es 
Escribo estas líneas desde el desconsuelo por las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz y la indignación por las explicaciones dadas por el máximo representante del Ministerio de Transportes. Como ingeniero que ha trabajado durante 32 años en la antigua Renfe –donde estaba integrada la infraestructura y la operación ferroviaria– y director responsable de la construcción y puesta en servicio del AVE Madrid-Sevilla, inaugurado en 1992 y ganador en 1998 del premio Europeo de Calidad, he tenido que asistir durante los últimos tiempos a una degradación extrema de un servicio ferroviario que tanto nos costó a los profesionales de entonces colocar en la excelencia. Decir que el accidente de Adamuz es la consecuencia de la «mala fortuna» es de una frivolidad extrema, pues todas las catástrofes, sean del tipo que sea, siempre tienen unas causas, que pueden deberse a la acción humana, a la naturaleza o a una combinación de ambas. En el accidente de Adamuz está claro que es atribuible a un fallo humano pues, si tal como adelanta la CIAF, el descarrilamiento del tren Iryo fue provocado por un defecto de la vía, la responsabilidad recae en los servicios de mantenimiento de esta infraestructura dependiente de Adif, no de un meteorito o algún otro fenómeno natural e imprevisible. Desde que en 2005 se decidió separar por imperativo comunitario la antigua Renfe en dos empresas independientes, Adif y Renfe Operadora, la falta de coordinación entre ambas ha sido ostensible, llegando la infraestructura –teóricamente proveedora de sus servicios al operador– a cambiar su rol para ser el actor dominante en esa relación. La aparición de dos nuevas empresas operadoras extranjeras a partir de 2021 ha acentuado esta tendencia: Adif impone su autoridad gubernamental llenando las vías de trenes por su afán recaudatorio de cánones, los precios bajan para captar viajeros y la masificación –que una presidenta de Adif calificó de 'democratización'– lleva a una pérdida de calidad de servicio inmediata por una insuficiencia de mantenimiento ante el incremento de circulaciones, generándose multitud de incidencias que aumentan la probabilidad de tener accidentes graves. Si a lo anterior le añadimos el marasmo gubernamental actual de nombrar ministros del ramo dedicados a lo suyo (que prefiero no comentar), cargos directivos a dedo sin ninguna cualificación a todos los niveles, corrupciones varias y desidia generalizada, como no tener en cuenta las opiniones de los maquinistas de los trenes –dos de los cuales han fallecido en esos días en acto de servicio–, que son los mejores conocedores del estado de la infraestructura, el desastre está garantizado. Lo primero que aprendí sobre la gestión directiva es que pueden delegarse las funciones, pero no las responsabilidades, y lo segundo es que para dirigir eficazmente una empresa tienes que conocerla desde abajo. Aplíquenselo, por favor. José Luis Villa. Las Rozas (Madrid)














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