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Январь
2026

Del rebatir al veto de izquierdas

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La imagen llega a la cabeza casi sola. Manuel Fraga y Santiago Carrillo en el Club Siglo XXI en 1977. El primero presentando la conferencia del segundo. «Una lección de convivencia», tituló el diario Pueblo. Aquello no fue fácil y dejó secuelas en los sectores más recalcitrantes de sus partidos.

Pero da una pista de cuál pudo ser una de las razones secundarias que ayudaron al éxito de la Transición: la curiosidad personal por conocerse que pudieran sentir los dirigentes políticos de la órbita franquista y de la oposición democrática, después de cuarenta años instalados en sus burbujas respectivas.

Hablamos de dirigentes. En otros ámbitos sociales o profesionales ese roce sí era normal. Pondremos el ejemplo del cine, con Saénz de Heredia u Ozores incluyendo a Sacristán o a Pilar Bardem en sus repartos. No es la única foto que ha circulado estos días. Otra muestra a Cristina Almeida (PCE) y al ultraderechista Blas Piñar compartiendo coloquio sobre «familia y divorcio» en un ciclo que organizó ABC durante la campaña de las generales de 1979. (El diario tituló en portada «La comunista y don Blas»). Una tercera, algo más reciente, nos ofrece a Fernando Vizcaíno Casas conversando muy amigablemente con Pedro Almodóvar en lo que parece un contexto funerario.

Todas vienen a cuento por lo mismo: la cancelación de unas jornadas en Sevilla, auspiciadas por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra, tras la cadena de bajadas del cartel que siguió al portazo, sonado e hiperventilado, del escritor David Uclés, espantado por compartir reparto –no así secuencias– con José María Aznar o Iván Espinosa de los Monteros. El rosario de excusas esgrimido por los defensores del boicot ha estado teñido de ese histerismo tan contemporáneo que quiere dar una pátina de respetabilidad moral a lo que siempre ha sido simple pulsión de censor. En los últimos años, la creación de opinión de izquierdas ha renunciado a rebatir y se ha acostumbrado al veto. No se desmontan los argumentos; se clama que es intolerable que éstos se puedan, siquiera, formular.

Es, por desgracia, una imagen tan nítida de la España de 2026 como el primer ejemplo lo era de la hace casi cincuenta años. Se ha vuelto literalmente imposible sentar a personas dispares a hablar en un foro público. Esta vez no puede decirse que el sectarismo haya sido transversal. La brecha ha venido solo por el lado izquierdo. Entre las deserciones figura la de Carmen Calvo, presidenta del Consejo de Estado, una institución que uno imaginaba especialmente defensora de la convergencia de sensibilidades distintas.

Una entrevista con el actor Óscar Jaenada termina de certificar que no son buenos tiempos para la convivencia pacífica.

Le preguntan por la polarización. Responde: «El fascista se quita la máscara y el republicano también. Ahora nos quitamos la máscara. A ver qué pasa ahora. A ver si volvemos al 36, me cago en Dios». (Cuando el grupo afín a Vox, Los Meconios, interpretó algo llamado «Vamos a volver al 36» en una fiesta del partido en 2022, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica pidió que la Fiscalía General del Estado lo investigase).

He ahí el resultado del proceso revisionista sobre la Transición que, como bien explicó Santos Juliá, dio comienzo casi a la vez que el siglo. Ya conviven varias generaciones que no es ya que renieguen de 1978, es que se sienten absolutamente identificadas con la España de 1936.

Uno esperaría que, en este estado de cosas, el Gobierno diera algún paso que anime a no pensar que lo único acertado de la famosa frase de la lápida de Suárez («La concordia fue posible») sea el tiempo verbal. En su lugar les encontramos en ese remedo de agencia de Mad Men que comentamos hace algunas semanas. Rebuscando en el cajón las medidas que puedan generar un amplio debate social. O sea, un enfrentamiento agudo.

Que se ha llegado al fondo del tarro lo demuestra que todo se dirime ya en términos de superioridad moral. Los temas que se airean nacen con la única pretensión de poder separar en «buenas» y «malas personas» según la coincidencia con cada uno de los planteamientos gubernamentales.

Nos consolaremos pensando en una mayoría silenciosa que no tenga más 36 en su horizonte que el que le corresponderá al siglo XXI. Quedan diez años. A ver si, para entonces, está todo un poquito mejor.















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