Al sur de Francia, en los meandros del Canal du Midi , una gran obra de ingeniería construida por Pierre-Paul Riquet durante siglo XVII para unir, a lo largo de 240 kilómetros, el Atlántico con el Mediterráneo desde Toulouse hasta Sète, se encuentra una bonita villa que nació ligada al Lou Cap de l'estang , un paisaje de humedales preservados donde anidan diversas especies de aves y flamencos. Villa que vivió una época de gran esplendor durante la Edad Media gracias a sus fértiles tierras, su situación estratégica entre importantes rutas comerciales y a sus salinas. Y que, actualmente, se ha convertido en un destino que combina cultura y patrimonio con naturaleza ofreciendo la escapada perfecta. Capestang es un pueblo de animadas callejuelas, plazas arboladas y mercados tradicionales, una localidad con un ambiente típicamente mediterráneo que presume de contar con un puerto fluvial de 77 amarres –uno de los más grandes del canal– y un famoso puente, el de Saïsse . Este cuenta con el arco más bajo del canal con apenas 3,3 metros en el centro, 2,4 metros en los extremos y menos de cinco metros de ancho, lo que hace que sea un auténtico desafío para los marineros poco experimentados. Cuenta la leyenda que barqueros de todo el país venían a medir el puente antes de fabricar sus embarcaciones. De su patrimonio monumental cabe destacar la colegiata de Saint-Etienne , construida en el siglo XIV sobre una antigua iglesia románica. Los planos de este templo, ejemplo de arquitectura gótica meridional, se le atribuyen a Jacques Fauran, arquitecto de la segunda campaña de la catedral de San Justo de Narbona, de ahí que muchos afirmen que ambos edificios se dan un aire. Aquellos que la visiten y deseen obtener una panorámica única de los alrededores pueden subir hasta lo alto de su campanario de 43 metros de altura , eso sí hay que echarle ganas y tener fuerzas, pues hay unos cuantos escalones. De imprescindible visita es también el castillo de los arzobispos , del que destaca la sala ceremonial con sus techos pintados con expresiones de escenas de la vida medieval, considerados una proeza en el siglo XV, que han llegado hasta la actualidad en muy buen estado de conservación. Por último, lo mejor para conectar con el entorno natural que abraza al pueblo es subirse a una bicicleta, eléctrica o no, para seguir la vía verde Camin'Arts , una antigua línea de ferrocarril convertida en una auténtica galería al aire libre en la que se pueden ver un puñado de obras contemporáneas con carteles explicativos y sus autores. Este itinerario de 11 kilómetros –perfecto para hacerlo en familia– que une Capestang con la antigua estación de Cruzy, hoy convertida en un restaurante, permite también descubrir el patrimonio ferroviario construido a principios del siglo XX con pequeñas estaciones rurales, asas de porteros, puentes y acueductos, así como admirar viñedos, pinares, olivares, garrigas y arroyos. Muy cerca de este pueblo está el Château Les Carrasses, un castillo construido en 1886 por el famoso arquitecto de Burdeos, Louis Garros, que es hoy día un alojamiento singular rodeado de viñedos que datan del siglo XIX. El edificio principal, renovado con un estilo retro, acoge un total de once estudios y apartamentos completamente equipados que pueden acomodar de dos a cuatro personas. Además, hay 19 residencias independientes de puro lujo construidas a partir de los edificios auxiliares de la finca en las que pueden llegar a alojarse hasta ocho personas. Todas estas villas tienen, dependiendo de la categoría, una terraza que da al exterior o un jardín con zona para comer, barbacoa, tumbonas y piscina privada. Las instalaciones incluyen, también, un restaurante –abierto también a aquellos que no están alojados– con dos toques en la notable guía de espacios gastronómicos Gault & Millau cuya carta está enfocada en los sabores mediterráneos. Lo mejor es que muchos de los productos que se sirven se obtienen de la huerta del complejo. Para el disfrute de los más pequeños es la mini granja en la que los niños podrán entrar en contacto con diferentes animales como cerdos, vacas, cabras y ovejas con peculiares nombres que responden con gracia a Mario, encargado de la huerta. Así mismo, dispone de una maravillosa piscina con vistas a los viñedos, un antiguo refugio de viticultores convertido en una cabina wellness en la que disfrutar de un relajante masaje, un jardín de invierno de estilo Eiffel transformado en biblioteca y de un bar de vinos en el que se sirven una amplia colección de tintos, blancos y rosados de Bonfils, fruto del acuerdo de estas bodegas con Domaine & Demeure, empresa propietaria del castillo.