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Январь
2026

Dormir y comer entre historia: Hotel Intelier Palacio de San Martín

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Los hoteles funcionan como un simple punto de descanso, por muy placentero y confortable que sea tal cosa en determinados establecimientos, y otros que ayudan a entender una ciudad. El Hotel Intelier Palacio de San Martín pertenece claramente a los dos bandos. Situado en pleno centro histórico de Madrid, este edificio del siglo XIX —declarado Bien de Interés Cultural y antigua sede de la primera Embajada de Estados Unidos en España— ofrece una manera distinta de alojarse en la capital: con la sensación de formar parte de su historia cotidiana.

Cabe decir, antes que nada, que Intelier Hotels & Suites inicia este año consolidando su presencia en destinos urbanos clave como Madrid, Sevilla y San Sebastián, y el Palacio de San Martín es uno de los mejores ejemplos de esa estrategia. La cadena, con más de 60 años de trayectoria, apuesta aquí por una hospitalidad que dialoga con el entorno y por experiencias con identidad propia. Como explica su director general, Iker Llano: «La clave de nuestra estrategia en 2026 es consolidar lo que hemos construido hasta ahora y mirar al futuro sin prisa pero con determinación. Queremos que cada hotel sea un reflejo de la ciudad que lo acoge, mejorando la experiencia del huésped y aportando dinamismo a cada destino donde operamos».

Esa filosofía se percibe en cada rincón del hotel. Una reforma integral ha permitido actualizar el edificio sin perder su esencia histórica, en un proyecto liderado por la decoradora Catherine Grenier & Acdeco. El resultado son 94 habitaciones renovadas con un estilo fresco y contemporáneo, espacios comunes cuidados y llenos de luz, un patio interior con un espectacular jardín vertical y una fachada restaurada que recupera el tono verde original del siglo XIX. «La reforma de Palacio San Martín no solo refuerza su esencia histórica, sino que también lo proyecta hacia el futuro, ofreciendo a los huéspedes una experiencia única en el corazón de Madrid», señala el propio Iker Llano.

Restaurante Antigua Embajada

A todo ello se suman servicios pensados para el viajero urbano actual: un gimnasio compacto pero equipado con tecnología de última generación, con acceso exclusivo para huéspedes y sauna; salones para eventos como el espacio Antigua Embajada, con capacidad para hasta 90 personas y vistas panorámicas de Madrid; y un desayuno buffet basado en productos de proximidad y opciones saludables. Todo en una ubicación privilegiada, en pleno Madrid de los Austrias, a un paso del Palacio Real, la Ópera, Callao o la Puerta del Sol, y con una conexión inmejorable tanto a pie como en transporte público.

Si el edificio invita a mirar hacia arriba, la mesa anima a quedarse. Antigua Embajada, el restaurante del hotel, traslada esa misma idea de respeto por la historia al terreno culinario, con una cocina que parte del recetario madrileño y lo actualiza sin disfrazarlo. Se trata de una lectura contemporánea de lo castizo, apoyada en producto de proximidad y en una propuesta pensada tanto para el viajero como para el comensal local. La competencia es dura en el centro madrileño, pero lo cierto es que este restaurante es garantía de comer a las mil maravillas y no buscar nada más.

Además de la carta, el restaurante ofrece un menú semanal que cambia con regularidad y que se sirve a un precio muy ajustado dada su altísima calidad23 euros en la terraza y 21 en el interior—, lo que lo convierte en una opción perfecta en la zona. La incorporación de la brasa marca el tono de la cocina: sabores reconocibles, bien definidos y con ese punto directo que invita a volver. Y si no, lean lo que sigue: platos como la hamburguesa de pollo de corral marinado en chimichurri, servida en pan pretzel con manchego y pack choi; la hamburguesa de vaca madurada en pan brioche, con setas shimeji y brie fundido; clásicos castizos como el mollete de pringá madrileña con toque de barbacoa coreana; o el croissant roll de rabo de ternera desmenuzado con salsa Pekín trufada y cacahuete. La tarta de queso con base de Oreo y helado de pistacho o el tiramisú con licor de madroños ponen el broche perfecto.

Todo ello se disfruta en un entorno que suma tanto como el plato: una terraza abierta a la Plaza de San Martín, tranquila y peatonal, que funciona como un pequeño paréntesis dentro del centro histórico. Sentarse aquí es comprobar que todavía existen rincones donde Madrid se saborea con calma, lejos del ruido, pero en el corazón mismo de la ciudad.















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