Más allá de Donald Trump: Los déficits internos y amenazas externas del multilateralismo
La intervención de Estados Unidos en Venezuela y su presión sobre Groenlandia han alarmado al mundo sobre los riesgos de que una potencia actúe bajo intereses individuales, ignorando el orden internacional basado en reglas. Si los Estados no se rigen por el Derecho Internacional, nos enfrentamos a una anarquía donde impera la “ley del más fuerte”. El problema va mucho más allá de las decisiones de Donald Trump; es una crisis que toca el corazón del multilateralismo.
El multilateralismo no es solo la coordinación de políticas entre tres o más países, sino una relación basada en principios comunes. Aunque el concepto persiste, el contexto mundial ha cambiado drásticamente. Surgió tras la Segunda Guerra Mundial para ordenar la convivencia mediante instituciones comunes en un sistema asimétrico. Hoy, vivimos una transición de poder marcada por el ascenso de potencias emergentes, impulsando una multipolarización que cuestiona el liderazgo occidental tradicional.
Esta transición se refleja en la fuerza de países como China, Rusia, India, Brasil y Sudáfrica (BRICS), que demandan mayor representatividad. La falta de inclusión en la institucionalidad multilateral —que aún responde a la distribución de poder de mediados del siglo XX— genera frustración en el Sur Global y debilita la legitimidad del sistema. Se hace evidente que las normas son, en esencia, impuestas por quienes ostentan más poder.
Además, el sistema se ha mostrado incapaz de mantener la paz y seguridad internacional ante crisis como la invasión a Ucrania, el conflicto israelí-palestino o la dictadura en Venezuela. Esto expone fallas estructurales graves, como el sistema de veto del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La arquitectura actual avanza con lentitud ante desafíos modernos como el cambio climático, las pandemias y los desplazamientos masivos.
Una amenaza externa igualmente preocupante es el auge del nacionalismo. Se ha instalado una desconfianza hacia la cooperación internacional y la cesión de soberanía. Estados Unidos pasó de encabezar el orden global a ser su mayor detractor, una actitud que se replica incluso en Estados de menor tamaño. Resulta paradójico que los Estados pequeños menosprecien el derecho internacional, pues son ellos quienes más dependen de las reglas para proteger sus intereses. Cuando los poderosos incumplen normas sin consecuencias, el mensaje es que el multilateralismo es opcional y prescindible.
Reconocer estos déficits no significa que el sistema esté condenado al fracaso, pero sí que requiere reformas profundas. Avanzar hacia la inclusión, revisar la toma de decisiones y frenar los discursos nacionalistas son pasos ineludibles para que el orden internacional perdure y logre solucionar los problemas globales.
