Добавить новость
smi24.net
World News
Февраль
2026
1 2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28

Trump, el presidente que hay que tomarse en serio, pero no al pie de la letra

0

Ruego la indulgencia del lector y que me perdone utilizar, una vez más, la frase que mejor define a Donald J. Trump, la del excongresista republicano Chris Stewart, coronel veterano de la Fuerza Aérea y leal amigo del presidente: «A Trump hay que tomárselo en serio, pero no al pie de la letra». Sin embargo, en su segundo mandato, mantener esa distancia interpretativa sin incurrir en autoengaño se ha vuelto cada vez más difícil.

Se cumple un año del segundo mandato de Trump, y el balance exige una mirada despojada de apriorismos ideológicos, pero también de complacencias. Como sentenciaba Maquiavelo en El Príncipe: «Todos ven lo que pareces, pocos sienten lo que eres». Trump es, ante todo, un animal político de instintos extraordinarios que ha sabido reinventarse y, lo que es más importante, aprender de sus errores. La paradoja no es menor: el «imprevisible» se ha convertido en el más previsible de los presidentes en sus métodos, aunque no necesariamente en sus consecuencias. Ha cumplido punto por punto aquello que en su primer mandato insinuó entre exabruptos y tuits incendiarios. La diferencia es que ahora sabe cómo hacerlo. Pero la experiencia acumulada, lejos de moderarlo, lo ha convencido de su invulnerabilidad.

El equipo: eficacia sin frenos

La novedad más sustancial entre el primer y el segundo mandato radica en el equipo, y eso no es un detalle menor en una administración que gestiona la maquinaria más compleja del planeta. El Trump de 2017 llegó a la Casa Blanca con un séquito improvisado, muchos sin experiencia en el laberinto burocrático washingtoniano. El resultado fue inevitable: cuatro jefes de gabinete en cuatro años, un carrusel de dimisiones y despidos, y una Administración que parecía en permanente estado de guerra civil interna. Henry Kissinger, con su habitual agudeza, advirtió que «un líder sin un equipo cohesionado es como un general sin ejército».

El Trump de 2026 ha aprendido la lección. Su equipo actual combina veteranía con juventud, incondicionales con profesionales que han aprendido —a las duras— el arte de decir lo que piensan, no podemos hablar propiamente de contradecir al jefe, pero lo más parecido, sin provocar una tormenta. Son fieles que manejan el relato competentemente, pues en política la percepción moldea la realidad tanto o más que los hechos.

Quizás sus mayores aciertos sean el secretario de Estado Marco Rubio y la jefa de Gabinete Susie Wiles. El «misógino» Trump es el primer presidente en doscientos cincuenta años de historia estadounidense que nombra a una mujer como jefa de Gabinete. Wiles, estratega fría y eficaz, ha impuesto un cierto orden donde antes reinaba el caos. Rubio, por su parte, representa tal vez el mayor acierto estratégico del presidente. Es el primer estadounidense desde Kissinger en acumular los cargos de secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional, lo que pone de manifiesto su creciente influencia con Trump. El tercer vértice del triángulo es el competente y prudente secretario del Tesoro Scott Bessent, inversor brillante y exitoso hombre de negocios.

Pero la consolidación técnica del sistema no ha traído mayor estabilidad. Al contrario: se ha reforzado el núcleo duro del trumpismo y se ha debilitado el espacio de intermediación racional. El resultado es un poder más eficaz, pero también más impermeable a la crítica o al matiz. Trump gobierna ahora sin frenos internos.

En este segundo mandato, Trump se siente liberado. Ha decidido hacer todo lo que quiso y no pudo en el primero, tanto en política interior como en política exterior. La explicación es sencilla: conoce ahora los resortes del poder. La inmensa y poderosa maquinaria del Gobierno Federal —tres millones de empleados públicos, un millón trescientos mil militares, siete billones de dólares de presupuesto, cuatro veces el PIB de España— requiere un profundo conocimiento de su funcionamiento para que no se gripe. Trump tardó cuatro años en comprenderlo; ahora lo domina.

America First: vigor sin comunidad occidental

Muchos hablan de un Trump «aislacionista». Es un error de bulto. El supuesto aislacionista ha resultado ser lo contrario. El mantra de «America First» no ha sido traicionado, como creen algunos puristas, los «más cafeteros» que confunden hiperactividad internacional con renuncia estratégica. La cabeza visible de esta corriente de opinión es la ya exrepresentante Marjorie Taylor Greene, otrora «ultratrumpista», a quien el propio presidente ha rebautizado con sorna como «Marjorie Traitor Greene». Los más ortodoxos y sensatos del equipo, como Wiles y Rubio, lo explican sin rodeos: America First necesita una política exterior fuerte y vigorosa, fundamentada en el viejo principio reaganiano de «peace through strength».

La hiperactividad exterior del presidente —Irán, los Grandes Lagos africanos, el Sahel— muestra un esfuerzo deliberado por reconfigurar zonas de influencia. Lo que está en entredicho no es el vigor estadounidense, sino su sentido de comunidad occidental. Porque en Washington crece la sensación de que Europa ya no es socio, sino carga. El presidente lo ha expresado con una franqueza demoledora en sus últimas reuniones: «Europa nos necesita más de lo que nosotros la necesitamos a ella». La afirmación, más que una provocación, revela un cambio de paradigma. Estados Unidos, bajo Trump, ha dejado de ver el Atlántico como eje estratégico central y concentra sus energías en la competición con China. Pero esa reasignación de prioridades está dejando un vacío político que Rusia explota hábilmente.

El estilo de gobierno sigue siendo bronco, tajante y sin rodeos. No deja lugar a equívocos, siempre con el matiz esencial de tomárselo en serio, pero no literalmente. Trump practica una diplomacia transaccional combinada con la técnica del shock: cuando se propone un objetivo, utiliza el exabrupto deliberado para despistar, abrumar y descolocar. Apunta sistemáticamente a lo imposible para conseguir, muchas veces, más de lo que realmente se propone.

De lo que no cabe la menor duda es que Trump domina la escena política con una maestría que sus críticos se resisten a reconocer. Sin experiencia política previa a la campaña de 2015-2016, ha demostrado poseer un instinto político extraordinario. Es, en el sentido más aristotélico del término, un verdadero zoon politikon, un animal político en estado puro. Su lectura del malestar social estadounidense sigue siendo certera. Donde los analistas ven populismo, él identifica oportunidades de reconfigurar la agenda nacional. En política interior, su apuesta por la «reindustrialización con fronteras» mantiene atractivo entre los votantes del cinturón industrial, lo que allí llaman el rust belt.

Las encuestas, ciertamente, no le son favorables. Los índices de rechazo permanecen elevados, e incluso en el ámbito económico —su tradicional fortaleza— los encuestados no parecen satisfechos. Las encuestas son extraordinariamente volátiles; si el ciclo económico mejora, el humor político puede girar en cuestión de semanas.

La política exterior de Trump se mueve entre la audacia, el exabrupto y, en algunos temas —no todos—, una cierta ortodoxia. A pesar de los excesos verbales y unas habilidades diplomáticas cuestionables, ha logrado resultados en Irán, Gaza, los Grandes Lagos africanos, así como una relativa distensión entre Armenia y Azerbaiyán. La detención de Nicolás Maduro reforzó la imagen de un presidente que actúa sin complejos. Los que se empeñan en tildar la operación de «secuestro» ignoran —o fingen ignorar— que el tirano venezolano no es jefe de Estado legítimo y que los delitos que se le imputan son de extrema gravedad. La DEA, acompañada por la Delta Force, ejecutó una orden internacional de busca y captura dictada por el juez federal Alvin Hellerstein (un hombre de centroizquierda) nombrado por el presidente Bill Clinton en 1992.

La gran asignatura pendiente sigue siendo Ucrania, donde no ha logrado detener la agresión rusa pese a sus promesas electorales. La presión sobre Kiev ha fracturado el consenso occidental: los europeos perciben la retirada de apoyo financiero como una renuncia moral, mientras Washington la presenta como realismo presupuestario.

Pero es en su gestión de la alianza transatlántica donde la estrategia del exabrupto ha comenzado a revelar sus límites más peligrosos. La crisis con Dinamarca por Groenlandia ilustra perfectamente este límite. Nadie que sepa algo de geopolítica puede negar la importancia estratégica del Ártico ni que permitir que Groenlandia caiga en la órbita de Rusia y China sería un desastre para la paz, seguridad y estabilidad mundiales. Pero la forma en que Trump ha gestionado el asunto no es ya un exabrupto calculado; es, simplemente, un dislate.

Por cuestionable que haya sido la gestión danesa de su inmenso territorio ártico, que lo es, no se puede poner en riesgo la esencia y supervivencia de la OTAN. Cuando el presidente estadounidense trata a Dinamarca —miembro fundador de la Alianza Atlántica, país que perdió soldados en Afganistán junto a Estados Unidos— con la misma brutalidad transaccional que a un adversario comercial asiático, algo fundamental se ha fracturado.

La reciente escalada retórica no solo erosiona la confianza entre aliados; socava la propia credibilidad de la disuasión occidental. Si Moscú y Pekín perciben fisuras estructurales en la cohesión transatlántica, los cálculos estratégicos cambian peligrosamente. Putin lleva años apostando por fracturar la OTAN; Trump, sin pretenderlo quizás, le está facilitando el trabajo. Europa observa con creciente inquietud cómo la diplomacia transaccional trumpiana erosiona los principios que durante siete décadas sostuvieron la alianza atlántica. Europa empieza a sospechar que no hay estrategia detrás de la provocación, sino política doméstica envuelta en geopolítica.

La sucesión: trumpismo como dinastía

Queda la cuestión de la sucesión. Todo apunta a que la sucesión natural pasa por JD Vance como heredero aparente. Pero el trumpismo no es homogéneo. No es solo el movimiento MAGA; con eso únicamente no se ganan elecciones presidenciales. La victoria de Trump es el resultado de una coalición heterogénea de electores con ideologías conservadoras diversas e intensidades distintas. El trumpismo, en su versión 2025-2026, se parece más a una maquinaria de poder que a un movimiento ideológico, pues es, en gran medida, una coalición de cabreados.

No pocos sitúan ya a Don Jr. en el eventual «ticket» electoral de JD Vance para las elecciones de 2028 si las encuestas son favorables, o como reserva estratégica si las cosas se tuercen. La dimensión dinástica del proyecto se refuerza.

Lo que parece claro es que nos esperan tres años muy movidos. Las elecciones legislativas de noviembre no serán aptas para cardíacos. Y quienes sueñan con un Trump convertido en «pato cojo» (lame duck) en sus dos últimos años de mandato se van a llevar un chasco. Trump será Trump hasta enero de 2029, cuando entregue el testigo a su sucesor.















Музыкальные новости






















СМИ24.net — правдивые новости, непрерывно 24/7 на русском языке с ежеминутным обновлением *