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El poder de la homocracia: de la marginalidad al trono cultural

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Vivimos en una extraña forma de patriarcado, donde se agitan las redes ante la noticia de que una mujer es heterosexual. Ha pasado con Aitana Bonmatí, estrella española del fútbol femenino. En un reciente encuentro con los fans, le preguntaron si prefería emparejarse con hombres o con mujeres. «Hombres. No hace falta que lo diga, pero respeto todas las formas de querer y vincularse», aclaró. Ya no es solo la confesión, sino el latiguillo de añadir «eso no significa que sea homófoba», como una disculpa no solicitada. Occidente es una homocracia tan extendida que ya ni nos damos cuenta de que existe. ¿Desde hace cuánto? Comparto una anécdota generacional.

En los años noventa, cuando comencé a salir por Malasaña (Madrid) y a ir a festivales pop, tenía unas amigas tan hartas de la hegemonía gay que se hicieron camisetas con el lema «Ser hetero también mola». Algún lector enterado dirá que quizá la homocracia es cosa de ambientes modernos, bohemios y underground. De ninguna manera: por esa misma época, cuando invitaron al grupo glam británico Manic Street Preachers a hacer una aparición en el programa de televisión nocturna Crónicas Marcianas, salieron del plató con la boca abierta, incrédulos ante el voltaje marica del contenido. Recuerden los personajes icónicos del after de Javier Sardá: desde Boris Izaguirre en calzoncillos y tacones hasta Carmen de Mairena contando a lo bruto su vida en la noche de Barcelona. Antes había sido Krispin Klander (Florentino Fernández) en los programas de Pepe Navarro, jurando «por la gloria de Pete Sampras» y confesando que «pierdo más aceite que la furgoneta de Locomía». Todo esto con un notable seguimiento infantil, de hecho los programas eran centrales en las charlas de patio de colegio al día siguiente.

Un poder «aberrante»

Alguien que ha teorizado sobre la homocracia es Éric Zemmour, estrella de la radio francesa y antiguo candidato a la presidencia del país. Lo hizo en el libro superventas «El primer sexo» (2006), respuesta al clásico feminista de Simone de Beauvoir, «El segundo sexo» (1941). El propio autor define su ensayo como un «tratado de vida viril para uso de las jóvenes generaciones feminizadas». Acusa a los veinteañeros franceses haber dejado de tener amantes y plegarse demasiado a los deseos de deconstrucción de las feministas de Mayo del 68. También reprocha a las mujeres que se hayan echado en brazos de los diseñadores de moda gays, que prefieren modelos lisas como tablas, que muchas veces recuerdan a hombres más que a otra cosa (desde Twiggy hasta Kate Moss, pasando por Bimba Bosé). Frente a la sofisticación gay de dioses de la moda como Karl Lagerfeld, Alexander McQueen y Marc Jacobs, cualquier heterosexual les parecía demasiado tosco y zafio (de ahí la tendencia de los metrosexuales, hombres heteros que se acicalan más que las mujeres).

Zemmour opina también que resulta aberrante el poder de los activistas gays haya alcanzado tal fuerza que lleguen a dar talleres de sexualidad en los colegios y hasta logren promover hormonar a menores. «Todos los niños tienen un profundo malestar antes y durante su pubertad, y tienen que acostumbrarse a su cuerpo, a su sexualidad», escribe, para recordar que no todo sentimiento de extrañeza en esas edades es disforia de género. La escritora J.K. Rowling se opuso a esto y fue víctima de una dolorosa caza de brujas por parte del colectivo trans, que solo se ha empezado a revertir hace poco. Hoy la ideología de género vive sus peores momentos: Avery Jackson, el niño trans de nueve años que salió en portada de National Geographic en 2017, declaró el pasado noviembre que se arrepentía de su transición de género. Lo que se vendía como una revolución parece ya una moda que se fue de las manos, obligada por la realidad a recalcular la ruta.

Lo peor de la homocracia es que no está claro que beneficie a los gays. Echando un rato en Facebook, me encontré con una luminosa reseña amateur de la película Maspalomas, destacada en la carrera para los próximos Goya. «El argumento trata sobre... ¿toda una vida devorada por la homosexualidad? No sé si el espectador termina de ver la película sabiendo gran cosa de Vicente, el abuelo euskaldún que va del armario al parque temático y del parque temático al armario, pasando por la residencia de ancianos. Pero como Vicente cae realmente simpático, habríamos querido saber más de él, además de su orientación sexual, adivinar qué gatos tiene en la barriga y, aparte de que posea una indudable inclinación a la promiscuidad, experimentar algo más de cercanía por lo que profundamente pueda pensar o sentir. Pero eso no ha sido prioritario para la pareja de directores, Arregi y Goenaga», lamenta el firmante, Alfonso García.

Por desgracia, es algo habitual en nuestras ficciones: muchos personajes gays se limitan a ser gays, como si sus piruetas sexuales fuera todo lo que importa en su existencia. Los desfiles del Orgullo se terminan por convertir en la mayor manifestación cultural del colectivo, eclipsando hasta la insignificancia a iconos intelectuales de primera fila como Óscar Wilde, Yukio Mishima y Pier Paolo Pasolini, mucho más refinados en el despliegue de su pensamiento y su lujuria. Se considera una ofensa que el ayuntamiento de Madrid sugiera el traslado del Orgullo a la Casa de Campo, pero allí se celebró durante décadas la fiesta anual del Partido Comunista de España y nadie se quejaba, ya que es un espacio céntrico y bonito. El Orgullo se ha convertido ya en una rentable actividad turística para atraer gays ricos occidentales en vez de en una manifestación para exponer las demandas del colectivo nacional.

Acosos orillados

Hace pocas semanas se anunció la candidatura a la alcaldía de Barcelona de Bob Pop, uno de los homosexuales con mayor visibilidad de España, gracias a su aparición en los programas de Buenafuente y Ángels Barceló, entre otros. Su éxito es un gran ejemplo de todo lo que está mal en el activismo rosa: lo mismo presume de haber abusado de chicos drogados que minimiza la represión cubana a los gays en campos de reeducación, afirmando que «cuando los metían en esos sitios, la verdad, lo pasaban bastante pirata», como soltó en el programa La lengua moderna en 2018. Quien lea las crónicas del escritor cubano Reinaldo Arenas sabrá que aquello no era ningún picnic, sino un infierno.

El prestigio de Bob Pop no disminuye por ningún patinazo, ni siquiera por los de este calibre, ya que cualquier réplica a un activista LGTBIQ+ es considerada homófoba. ¿No les extraña que, en todos estos años, no se haya destapado apenas ningún Me Too a figuras gay del espectáculo ni del mundo de la moda o del arte? Montaron uno falso al actor Kevin Spacey, del que salió absuelto, pero por las redacciones corren historias que se orillan por lo incómodo de parecer contrarios a la causa de la diversidad sexual. El resultado es que muchos chicos jóvenes quedan desprotegidos. La homocracia es real y deberíamos afrontarla cuanto antes, por el bien de todos.















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