Palmira, la ciudad que amenazó a un imperio
Pero ¿cuál es la historia de Palmira? ¿Qué se esconde tras sus largas calles bordeadas de columnas, que hacen tan característico su perfil? Palmira estuvo habitada desde la prehistoria, y aparecía ya como un núcleo comercial en tablillas asirias. El fértil oasis que crece a los pies de manantiales perennes como el de Efqa y ríos estacionales, así como su situación en los límites entre el desierto y las montañas, la convirtieron en un punto de paso y conexión fundamental. El inicio de un comercio en que las caravanas conectaban el Golfo Pérsico (y, por tanto, la India), los grandes ríos y el Mediterráneo, supuso un auge de su prosperidad y la de sus comerciantes.
Por allí pasaron amorreos y griegos antes de que los romanos conquistaran la región. Fue en esa época cuando la ciudad alcanzó todo su esplendor, en que los magistrados y sacerdotes locales fueron monumentalizando templos como el de Baalshamin o Bel, construyendo la conocida como la Gran Columnata o el precioso teatro que tantos daños sufrió hace diez años. La ciudad se convirtió en una joya en el desierto. Aun así, la ciudad mantuvo fieramente su identidad. Las inscripciones honoríficas en sus muros se mantuvieron bilingües, pero no en latín, sino en griego y arameo, este último escrito en un alfabeto propio. Aunque adoptaron en parte las togas romanas, mantuvieron también su forma de vestir, con túnica y pantalones, y siguieron adorando a sus dioses, tanto a los propios como a los importados de otras zonas de Mesopotamia.
Pero entonces, en mitad de lo que llamamos la “crisis del siglo III”, Palmira entró definitivamente en la historia. La reina Zenobia, aprovechando las victorias militares y el prestigio de su recién asesinado marido, Odenato, decidió desafiar a Roma o, más bien, intentar alcanzar la corona imperial para su hijo. No funcionó y Palmira fue saqueada. Aunque no sabemos exactamente qué pasó con la reina, entró en las brumas de la leyenda y ganó, para si misma y para Palmira, un aura legendaria que las puso, a ambas, definitivamente en el mapa de la historia.
A partir de ahí la ciudad perdió su poder comercial, pero se convirtió en un potente centro militar romano, que custodiaba las fronteras orientales. Las noticias sobre el arrasamiento de la ciudad por los romanos parece que fueron exagerados y no solo no decayó, sino que se construyeron nuevos edificios y se reformaron recintos como el llamado Campo de Diocleciano o las termas del mismo nombre. La ciudad se cristianizó, posteriormente, a lo largo del Bajo Imperio, y algunos de sus templos fueron convertidos en iglesias, además de las que se construyeron ex novo. El templo de Bel fue la más importante. En el periodo islámico se convirtió, a su vez, en una mezquita. La ciudad fue decayendo hacia el siglo IX, con los cambios de poder, y quedó reducida a un asentamiento beduino en los límites del templo hasta su redescubrimiento por Occidente en los siglos XVII-XVIII de mano, de nuevo, de comerciantes y viajeros.
Así pues, al destruir el templo de Bel, DAESH estaba destruyendo también los restos de una mezquita. Al final importaba más la vinculación con Occidente, con un pasado que se percibía no solo como pagano, sino como ajeno. Pero por supuesto, no todo era ideología, y muchísimas piezas, tanto de Palmira (cuyo museo también sufrió el saqueo) como de otras ciudades que acabaron bajo el yugo del Estado Islámico, han acabado en el mercado negro, en manos de compradores a los que no importó ni la historia ni estar financiando una terrible guerra o el terrorismo internacional.
Para saber más...
- 'Palmira' (Desperta Ferro Arqueología e Historia Nº 65), 68 páginas, 7,50 euros
