La jornada del candidato: Ariel Robles entre frío rural, familia y una fiesta de banderas
A las 6:30 a. m., Ariel Robles Chaves, aspirante de Frente Amplio, inició su jornada con un desayuno familiar en el Hotel del Sur. Arropado por sus seres amados, ahí estaban sus padres, sus sobrinos, su suegra, su novia.
Luego llegó la prensa y habló con el tono de quien quiere convertir la jornada en un llamado: pidió a la ciudadanía salir temprano a votar y recordó que, por más lejos que uno llegue, no debe olvidar de dónde viene.
Se declaró “muy contento” de estar en Pérez Zeledón, donde nació, para insistir en esa idea de raíces como ancla. También mencionó lo señalado por el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) sobre la alta afluencia de personas retirando su cédula, para él una señal de que habrá participación.
“Eso quiere decir que hay una anuencia, que muchísimas personas van a ir a votar”, afirmó. Y remató con el mensaje que repetiría durante el día: “Salgan a votar, que vayan tempranito”.
Robles aseguró, además, que vivía la jornada con serenidad.
“Cuando uno hace las cosas con el corazón, con amor, por lo que cree, con valentía, no hay ningún nervio”, expresó. No habló desde el cálculo, sino desde una calma que parecía más personal que electoral: “Me siento súper tranquilo”.
Hacia las 7:50 a. m., ingresó a la Escuela El Hoyón donde lo recibió una agrupación musical, decenas de simpatizantes y rostros familiares que habían convertido el centro educativo en una pequeña fiesta de comunidad.
Entre ellos estaba Juan Esteban, un niño de 12 años que llegó desde las 6 a. m. para esperarlo afuera.
Cuando por fin lo tuvo cerca, le pidió un autógrafo. Robles tomó el papel y escribió una frase breve, casi como un sello de identidad: “Viva Costa Rica”.
Para las 8:09 a. m., por fin, entró a votar con su sobrino en brazos, caminó los pasillos rodeado de cámaras y gente, y en menos de dos minutos ya había salido del aula. Saludó a los fiscales, dio la mano y siguió.
El trámite fue rápido, pero el momento no lo fue: afuera lo esperaban abrazos, fotos y música. Antes de marcharse, se permitió un instante que no parecía de agenda, sino de impulso: se unió a un baile efímero con familiares, vecinos y amigos.
“Lo van a ver, lo van a ver, al Frente Amplio en el poder”, cantaban cerca. Fue entonces cuando levantó la mano derecha y salió dando unos cuantos saltos, al estilo de un canguro, como si por un segundo la política se volviera celebración pura, sin cálculo, sin discurso.
Más tarde tenía previsto visitar el Liceo Vicente Lachner, en Cartago, pero el ambiente estaba cargado de gente y actividad —una comparsa jaguar incluida, porque votaba Cindy Blanco—, así que prefirió cambiar el rumbo y seguir directo a la Basílica de Los Ángeles.
En la explanada lo esperaban simpatizantes que corrieron varias calles para alcanzarlo, abrazarlo y tomarse una foto. Antes de entrar, se detuvo para retratarse con todos. Entre gritos de “fuera Laura”, “fuera Chaves” y “fuera continuismo”, Robles ingresó justo cuando estaba por iniciar la misa.
Dejó unas flores y se retiró con la misma prisa con la que llegó, como si no quisiera robarle protagonismo al lugar.
Una joven le regaló una negrita. Él la aceptó “con mucho respeto”, según comentó, en un gesto que también pareció un símbolo: el candidato recibiendo una pequeña devoción popular en medio de una jornada que mezcla fe, identidad y urnas.
Al salir, afirmó que habrá segunda ronda porque “es evidente que la gente está saliendo a votar”. Para ese momento, sin embargo, se le notaba aturdido.
Él mismo había dicho en la mañana que es una persona de familia, no acostumbrada a este nivel de atención. Y aun así, el día lo empujaba de un sitio a otro, como si el país lo hubiera tomado del brazo.
