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«Belarús», el equilibrio entre las dos Europas

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Al visitante que llega a Minsk, capital de «Belarús», le sorprenden de entrada tres cosas. Primero, el orden en las calles. Se nota que hay seguridad ciudadana. Segundo, lo limpio que está todo. Más que en Suiza. Ni un papel, ni una hoja en el suelo. Tercero, los nombres de las calles: Calle Marx, calle Lenin, calle Engels, y así todo un mapa de calles con nombres históricos del comunismo o la revolución rusa. Tras la independencia de la URSS, tuvieron el sano criterio de no cambiar los nombres de las calles como se hace en otras latitudes.

Pero «Belarús» no es Rusia. Son países muy distintos, aunque mucha gente piense que son lo mismo. Y «Belarús», a diferencia de Rusia, es país poco conocido en España. En el lenguaje coloquial español se la conoce como «Bielorrusia», cuando lo correcto es «Belarús», y los propios bielorrusos prefieren esta palabra que evoca la Rus de Kiev, para marcar las diferencias, que son grandes, con su vecina Rusia.

Hay significativos contrastes con Rusia. Tanto de mentalidad como de país. Aunque en ambos lugares se hable ruso, en «Belarús» también se habla bielorruso, sobre todo en el campo. Y se puede escuchar en el metro y se lee en lugares como en la estación de tren y algunos sitios oficiales. Ambos idiomas conviven sin tensiones, lo cual concuerda con el carácter pacífico, calmado y pragmático de los bielorrusos. Otra diferencia: los taxis. En Rusia hay un monopolio de Yandex, donde los taxis sólo pueden pedirse por teléfono o Internet, mientras que en «Belarús» coexisten con comodidad ambos sistemas y hay taxis por las calles. Otras diferencias: en «Belarús» se puede entrar sin visado, mientras que a Rusia sin visado no se puede viajar. Además, en «Belarús» no existen las atroces limitaciones de comunicación por teléfono y online que hay actualmente en Rusia. Hay muchos menos medios bloqueados en Internet que en Rusia, y cualquier turista puede comprar en el aeropuerto una simple SIM sin problemas, mientras que en Rusia, para un extranjero, son precisos cinco días de trámites burocráticos. «Belarús» es un país agradable y hospitalario para el visitante.

Más diferencias con Rusia: la composición étnica. Aunque por la Rus de Kiev (que abarcaba partes de territorio de las actuales Ucrania, Rusia y «Belarús») hay un origen común desde los Varegos de Escandinavia que crean la primera Rus de Kiev con el príncipe Rurik, los bielorrusos son eslavos del Oeste, mientras que los rusos, eslavos del Este, mezclan su sangre con tártaros y etnias ugrofinesas entre otras. Y además está la Historia. El territorio que ahora es «Belarús» sucesivamente ha estado ocupado por la Federación Lituania-Polonia que llegaba hasta el Mar Negro, Polonia, Rusia y Alemania Y ello marca el carácter pragmático, prudente, reservado y educado de los bielorrusos. Hay más: En Minsk no se siente el ambiente imperial que vemos en Moscú. Son más realistas en una capital totalmente nueva y reconstruida en los años cincuenta porque la ciudad en la Segunda Guerra Mundial quedó totalmente devastada y la población mermada y hubo que rehacerla desde sus ruinas.

Pero no es esto lo que hace importante al país y lo distingue de Rusia y de más países, sino el hecho de que haya logrado establecerse como escenario de acuerdos de paz y lugar de encuentro internacional para llegar a un equilibrio entre Europa del Oeste y Europa del Este y Eurasia en general. Lo vimos en los acuerdos de Minsk I y II entre Ucrania y las repúblicas separatistas del Donbás ucraniano. Minsk fue, con acierto, la sede de negociaciones y acuerdos, aunque luego estos fuesen incumplidos por Ucrania, Francia y Alemania. Minsk: punto de encuentro clave. Y lo seguirá siendo. Y ello tiene su lógica geopolítica. Miremos hacia el mapa. «Belarús», geográficamente, está entre Rusia, Polonia, Ucrania y los países bálticos. Es decir, que es un Estado-paragolpes entre Rusia y el resto de Europa. Y cumple perfectamente esa función. Aliado de Rusia, sin duda, pero país independiente y con carácter propio.

Hay más: Minsk se ha convertido en la sede de la importante Conferencia de Seguridad para Eurasia. Viene a ser la contraparte euroasiática de la Conferencia de Seguridad de Munich. Excelente nivel de participantes y asistentes, e intervienen altos cargos chinos, vietnamitas, turcos, indonesios, indios, iraníes, coreanos y dirigentes de más países de Eurasia, incluyendo desde esta parte del mundo, los ministros de Asuntos Exteriores de Rusia y Hungría. Y algún ponente del Oeste de Europa: participé activamente en esa conferencia en octubre de 2025 y doy fe de que pocos fuimos los europeos del Oeste (británicos e italianos, el ministro húngaro, un noruego y un alemán) que a ella asistimos (y yo como único español), pero sin apoyo de nuestras respectivas embajadas. Craso error, pues de la conferencia surgieron ideas interesantes, como la de crear una «Carta internacional para la diversidad y multipolaridad», iniciativa de «Belarús» que perfectamente encaja con la actual realidad geopolítica: el mundo ya no se rige por un esquema bipolar como lo fue en tiempos de la URSS, ni con un esquema unipolar, como lo fue tras la desaparición de ésta, sino por una realidad multipolar de geometría variable de la que la inteligente iniciativa de «Belarús» levanta realista y adecuada acta.

La conferencia, tan bien organizada por «Belarús», fue boicoteada por la UE, que en general ha suspendido la diplomacia con Rusia y «Belarús». Una UE que sin embargo a la vez quiere estar en las negociaciones de paz en Ucrania, lo cual ofende a la más elemental lógica y coherencia. Tremenda equivocación de la UE. Es preciso, en cambio, reactivar la diplomacia y el diálogo. Sólo así la UE cosechará resultados.

Y ello nos lleva al tema central con España. ¿Por qué de una vez no abre Madrid una embajada en Minsk? Inexplicable. Hay un centro de visados, sí, pero ni consulado ni embajada. Y sí la tienen Alemania, Francia o Italia, y hasta países como Turkmenistán y otros más pequeños, mientras que con España esa labor depende de nuestra embajada en Moscú. Inexplicable. «Belarús» tiene una eficaz embajada en España. Pero España parece seguir anclada en el siglo pasado sin embajada en Minsk pese a la importancia objetiva del país y a que hay importantes intercambios comerciales entre nuestros dos países. No se explica. Tiene España consulados en lugares de relevancia relativa, pero no embajada en Minsk. Es preciso abrir allí una embajada. ¿Entrará en razón nuestro Ministerio de AAEE?

¿Sombras? No hay luz sin sombra. «Pero, oiga usted: ¡Lukashenko, presidente de ‘Belarús’, es un dictador!», dirá alguno. Pero hay que conocer el carácter de los bielorrusos. Y lo que prefieren es estabilidad y orden. Se ve en las calles de Minsk. Orden puro. Por eso han reelegido varias veces a Lukashenko (como los rusos a Putin, por cierto) y la situación no cambiará mientras ambos vivan. Aquello no es Europa del Oeste. Tienen su propia mentalidad del espacio postsoviético, y no podemos imponerles la nuestra. El mundo es variado, y nos equivocamos si vamos con nuestro catecismo dándoles lecciones e imponiéndoles reglas que ni les interesan ni les convienen ni además nosotros mismos cumplimos. Es en casa, es en Europa y en España en particular, y no con hipocresía en otros países, donde debemos defender con firmeza la democracia y el Estado de derecho y la libertad de opinión, que buena falta nos hace en las actuales circunstancias. En realidad, la principal amenaza que de hecho se cierne sobre «Belarús» es la inestabilidad que podría generarse cuando Lukashenko fallezca.

Rusos, bielorrusos y ucranianos, eslavos todos ellos y descendientes de la Rus de Kiev, son muy parecidos (mismas costumbres y hasta similares supersticiones), pero hay diferencias entre ellos. No son lo mismo. De los bielorrusos quedémonos con su prudencia, su carácter pragmático, su buena educación y sobre todo su hospitalidad, abierta al extranjero.

Sólo cabe animar a la gente a que visite «Belarús». Vale la pena conocer ese lugar de enormes bosques y ciudades limpias y ordenadas.

*Luis Fraga, senador en España durante 21 años (1989-2011). Asesor (2013) del gobierno de Ucrania hasta el golpe de Estado, y destacado miembro —principal cabeza visible— del Consejo de Dirección del “Instituto para la Paz” en Kiev (2016-2022) hasta su ilegalización. Fundador (2011) del grupo parlamentario informal de amistad entre Ucrania y España. Patrocinador (2022) del primer libro bilingüe en español y ucraniano sobre poesía y pintura ucranianas.















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