Hay balcones en Sevilla que no miran: confiesan. El de Rafa Serna, en la Cuesta del Rosario, se asoma a la Colegiata del Divino Salvador como quien dialoga a diario con la ciudad que lo vio nacer torero. Desde esa altura íntima —ni altiva ni ruidosa— Sevilla entra en su casa natal con la cadencia de siempre, la misma que ha marcado el pulso vital de un diestro hecho en la Costanilla, donde el toreo se aprende antes en la mirada que en la muleta. Nos recibe en el salón familiar, un espacio que es casi una biografía sin palabras. Las paredes están pobladas de cuadros cofrades y taurinos, fotografías antiguas y recuerdos que no se exhiben, sino que...
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