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El "No": La soberanía del cuerpo femenino, por René Gastelumendi

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La reciente denuncia contra jugadores de Alianza Lima en Uruguay ha activado, con una precisión quirúrgica, algunos de los prejuicios más tóxicos de nuestra sociedad. Al conocerse que la denunciante ingresó a una habitación de hotel tras una cena, una ola de comentarios sentenció: "ya sabía a lo que iba". Esta frase, que parece un juicio de sentido común, es en realidad la base de una idiosincrasia peligrosa que anula la naturaleza del consentimiento y convierte el cuerpo femenino en un territorio de libre disposición bajo ciertas coordenadas geográficas o ciertos contextos. El error fundamental de nuestra cultura es creer que el consentimiento es un evento único y estático: una firma invisible que se estampa al aceptar una invitación o cruzar una puerta. Pero el consentimiento, por definición, es dinámico, específico y reversible. Que una mujer entre a una habitación no es un cheque en blanco. El derecho a decir "no" no caduca en el pasillo del hotel ni se disuelve bajo los efectos del alcohol o la presión social. El consentimiento puede ser retirado en cualquier momento: antes de empezar, durante el acto o ante un cambio de práctica no deseada. Si el "no" no es válido en el segundo exacto en que se pronuncia —sin importar lo que haya sucedido minutos antes—, lo que ocurre después no es sexo, es una violación.

En el Perú, país donde las cifras de violencia sexual nos sitúan en una emergencia permanente, la idiosincrasia castiga a la mujer que no encaja en el molde de la "víctima perfecta". Si la denunciante es extranjera, si existe la sospecha de que ejerce el trabajo sexual o si simplemente es una adulta que decide salir de noche y con poca ropa, la sociedad activa un mecanismo de defensa del agresor: la falacia de la "Mala Víctima" y la impunidad social.

La premisa es letal: Se asume que ciertas mujeres, por su estilo de vida, su profesión o si condición de conviviente o esposa, han perdido el derecho a la soberanía sobre su cuerpo.Es aquí donde debemos ser tajantes. Una esposa en su cama puede decir "no". Una mujer que ha aceptado dinero por un servicio puede decir "no" si las condiciones cambian o si simplemente deja de querer. El pago o el vínculo previo no compran la voluntad. Si no entendemos que el cuerpo de una mujer jamás es propiedad pública ni objeto de un contrato irrevocable, seguiremos validando la barbarie bajo el disfraz de la "costumbre. La carga de la prueba y el silencio cómplice: el argumento de "¿cómo vas a probar que dijiste que no?" es la trampa perfecta de nuestra idiosincrasia. El consentimiento no debería ser un enigma de gestos sutiles ni una interpretación de silencios, pues la ambigüedad es peligrosa para ambas partes. Sin embargo, lo que es innegable es que el sexo sin una voluntad afirmativa y libre de presión se convierte en una zona de riesgo moral y legal. La responsabilidad de quien inicia el acto es asegurarse de que el otro está participando desde la libertad y no desde el miedo, el bloqueo o la sumisión inducida. Seguimos trasladando la responsabilidad de la integridad física a la capacidad de la víctima para haber resistido heroicamente o haber dejado marcas. Sin embargo, la ciencia y la psicología forense son claras: ante el miedo o la superioridad numérica, el cuerpo a menudo se bloquea (parálisis tónica). El "no" no siempre es un grito; a veces es un cuerpo que se queda rígido, un silencio que no otorga, o un retiro de la mirada. En una sociedad civilizada, la responsabilidad recae en quien inicia el acto, entendamos: si no hay un "sí" entusiasta y continuo, la respuesta por defecto es un "no".

Hay un rasgo cultural que nos deshumaniza. M refiero alpeligro de pensar que "ella se puso en esa situación" es que educa a los hombres en la impunidad y a las mujeres en el terror. Las cifras del Ministerio de la Mujer (MIMP) reflejan que la mayoría de las violaciones en el Perú no ocurren en callejones oscuros por desconocidos, sino en espacios de supuesta confianza. Al normalizar que el ingreso a un hotel anula el derecho al auxilio, estamos declarando esas habitaciones como zonas liberadas de derechos humanos.

No podemos permitir que nuestra idiosincrasia siga siendo el escudo de los depredadores. La libertad de una mujer para entrar y salir de cualquier lugar sin ser agredida es la medida de nuestra salud como nación. El "no" es sagrado, es absoluto y puede decirse en cualquier momento. Mientras no aceptemos esta verdad incómoda, el Perú seguirá siendo un lugar donde la habitación de un hotel es más respetada que la voluntad de un ser humano.















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