Orden de Sánchez: «Apretar» para «excitar» a Vox antes del domingo
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, pilota desde septiembre una campaña electoral permanente. El líder socialista, con la supervisión de su núcleo duro en Moncloa, está al mando de una estrategia que –y esta es la paradoja– está aniquilando las opciones del PSOE en las elecciones autonómicas.
Los gurús del presidente confían en corroborar más pronto que tarde que su hipótesis es correcta; que los votantes socialistas no se quedarán en casa cuando haya que decidir la composición del Congreso que elegirá nuevo jefe del Ejecutivo. Para ello es indispensable activarlos con el rechazo visceral a Vox.
Sánchez cree que los electores toleran mejor la entrada del partido que lidera Santiago Abascal en los gobiernos autonómicos y locales. Pero verlos en Moncloa es otro cantar y la idea de que se sienten en el Consejo de Ministros es suficiente para aguantar el tipo en la próxima gran cita electoral.
De manera que el PSOE se está viendo sometido a este cálculo solo para satisfacer la necesidad política del secretario general. «Se trata de resistir, caiga quien caiga», explica una veterana socialista. Esta estrategia, ordenada por Sánchez, no gusta en el partido, porque en Ferraz son conscientes de que arrastrará a buena parte de los cargos y candidatos que se la juegan en los territorios. Lo ven como un plan suicida.
Cada vez más voces en el PSOE advierten de que la responsabilidad de que Vox esté disparado en las encuestas es, en gran medida, del propio Gobierno. Solo así se explican en el partido que Sánchez decretara la regularización de inmigrantes con guiño a Podemos incluido. Convertir la inmigración en un asunto de campaña refuerza a la izquierda y moviliza a la derecha. En especial a Vox, cuya beligerancia descoloca al PP. Sánchez sigue sacándose conejos de la chistera para provocar la reacción de los ultras de derecha.
Que polemizara con Elon Musk en su red social es otro de ellos. Sánchez está incrementando su actividad en redes sociales, donde hoy por hoy se juega buena parte de la batalla por condicionar la opinión pública. Hace tiempo que dentro del Gobierno se admite que «no hay ya grandes banderas sociales que enarbolar». No hay huecos para ilusionar y, eso, admiten en el partido, hace que las campañas electorales se estén jugando en un marco negativo.
La única forma de movilizar a los votantes, por tanto, es la confrontación ideológica pura y dura. Y la gasolina es el ruido y la crispación. Sánchez «va a por todas», explica una persona que le conoce desde hace años.
El problema es que, en estos momentos, según casi todas las encuestas, los de Abascal crecen tanto que empiezan a reducir la distancia con el PSOE. Y Aragón, donde este domingo se celebrarán elecciones, está siendo el laboratorio de pruebas.
Los ánimos de los socialistas están por los suelos. «No va a haber ‘sorpasso’ de Vox al PSOE en general, pero es verdad que en la ciudad de Zaragoza podría ser factible y en Teruel ciudad, sin ninguna duda. Podríamos ser cuartos, incluso. Es muy probable que haya menos distancia entre el PSOE y Vox que entre el PSOE y el PP. La verdad es que no hay mucho ambiente de campaña», explica un socialista al tanto de la última hora demoscópica.
La campaña de la exministra Pilar Alegría, según admiten en su propio partido, se ha visto eclipsada por la línea marcada por Sánchez desde Moncloa. Y apenas le ha dado posibilidad de diferenciarse. Sus rivales tienen muy fácil identificarla automáticamente con el propio presidente, al que una militante del PP llamó «hijo de puta» en pleno mitin.
El insulto intensificó a Sánchez una vez más como eje de la campaña del PSOE. Sánchez se presenta ante los españoles como víctima de una campaña de deshumanización orquestada por la derecha política y mediática. Y su equipo está empeñado en contrarrestarla. El siguiente conejo de la chistera con el que combatir en campaña será el decreto de revalorización de las pensiones. El Gobierno está a punto de presentar en el Consejo de Ministros uno nuevo que tendrá que someterse a votación otra vez en pleno contexto electoral.
La fragilidad aritmética del Congreso ha condenado al Gobierno a un ejercicio permanente de funambulismo que Moncloa, no obstante, utiliza para sus particulares batallas electorales. Sin una mayoría de izquierdas nítida y estable, cada votación se convierte en una negociación a vida o muerte en la que una derrota se incluye en argumentario del día siguiente como otra arma más de seducción masiva para los votantes del PSOE.
Si algo sacaron en claro en el partido cuando se cerraron las urnas en Extremadura, el pasado 21 de diciembre, es que la política nacional está interfiriendo en las opciones electorales de los socialistas.
Desde hace meses, en el PSOE se ha instalado un runrún que ya nadie se molesta en disimular: la idea de que esta etapa se agota. Muchos dirigentes y cuadros intermedios miran más allá de Pedro Sánchez y de cómo será el día después. El temor que sobrevuela Ferraz es conocido: que el puño y la rosa queden condenados a una larga travesía por el desierto, atrapados en la marginalidad política.
Los estudios internos de Moncloa han puesto nombre al principal daño colateral de la concatenación de escándalos por corrupción y denuncias de acoso sexual: la desmovilización.
El caso de Extremadura es paradigmático, subrayan en el partido. Allí, una parte del electorado socialista optó por quedarse en casa antes que prestar su voto a otra fuerza. Con ese diagnóstico sobre la mesa, Sánchez y su núcleo duro aceleran los anuncios y las guerras políticas para insuflar ánimo a una militancia y un votante que empiezan a desconectarse.
Moncloa decide tirar de un presidente que «polariza», conscientes de que es el único activo. La planta noble de PSOE ha perdido influencia en la toma de decisiones del presidente. El equipo de Sánchez ha procurado aislar al Gobierno del hedor de la corrupción.
Pero hay federaciones que se quejan de que son ellos quienes ponen la cara con cada audio y cada filtración del «caso Cerdán». La sensación es que serán los candidatos en las alcaldías y en las autonomías quienes pagarán tanto por la trama que campó a sus anchas en el Ministerio de Transportes, como por los casos de acoso sexual que han puesto al PSOE contra las cuerdas.
Mientras, dentro del Gobierno y del partido se sucede la toma de posiciones. Casi todo el mundo quiere tener algo que decir cuando Sánchez salga del Palacio de la Moncloa. Y ya hay quienes explican que el partido debe volver a la centralidad y al entendimiento con el PP en los grandes asuntos de Estado. El problema es que el país ha pasado de las alternancias a las alternativas. Esa es la dicotomía que lo condiciona todo y que hace que los ciudadanos lean la realidad con las gafas del partido de turno.
En verdad, Sánchez y su equipo sigue el mismo manual que siguió Vox en su día. La radicalización fue la baza que Abascal usó en las elecciones anteriores vascas y las catalanas. Se trata de «plantar cara al enemigo» allí donde es más fuerte porque sabe que ese es el marco con el que engordar su cartera de votos. Pero eso solo funciona si Sánchez puede controlar el tempo, el mensaje y la escenografía. Si no, puede invertirse y reforzar la narrativa de debilidad. En estos momentos, la realidad es que son los tribunales los que marcan la agenda. Cada mañana es un suplicio a la espera de la última filtración.
