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Boleros y papeles: ordenar la realidad sin romper la convivencia

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Cuando suenan boleros de Armando Manzanero —“Contigo aprendí”, “Adoro”, “Por debajo de la mesa”— la música deja de ser un simple decorado urbano y se convierte en indicador social: muestra presencia cultural, sí, pero también una realidad administrativa no resuelta. Dicho de forma llana: la vida va por delante del expediente. Y por eso una regularización extraordinaria debería discutirse como política pública —no como simplificación—: cómo reducir irregularidad sin desbordar capacidades y sin erosionar la confianza social.

La referencia a la regularización de 2005 suele citarse como antecedente porque muestra que España ya recurrió a medidas extraordinarias para encauzar situaciones amplias y, sobre todo, sirve para recordar que ni regularizar equivale a “regalar papeles”, ni no regularizar hace desaparecer el problema. Lo decisivo es el diseño. Si una medida excepcional se apoya en criterios verificables, trazabilidad documental y control laboral, puede contribuir a reducir explotación y economía sumergida. Si se gestiona con ambigüedad o improvisación, puede generar el efecto contrario: retrasos, frustración, percepción de agravio y mayor tensión pública.

Aquí aparece la pregunta clave, porque no es moral, sino institucional: ¿puede la administración hacerlo bien? Y conviene evitar un equívoco frecuente: la capacidad administrativa no es sinónimo automático de “más personal”. Reforzar plantillas puede ser necesario, pero la eficacia depende, sobre todo, de procesos: trámites claros, criterios homogéneos, interoperabilidad de datos, menos discrecionalidad, plazos medibles, coordinación real entre administraciones e inspección donde corresponda. Una administración puede crecer y seguir siendo lenta si no corrige puntos de congestión; y puede mejorar si moderniza procedimientos. En una regularización, este matiz no es técnico: es decisivo.

En este marco se entienden también las críticas desde parte de la oposición y de sectores sociales preocupados por la capacidad de los servicios públicos y la seguridad. Es comprensible que, cuando se perciben incertidumbres, el debate se vuelva más intenso y aparezcan posiciones más exigentes en materia de control y orden. Ahora bien, para que la discusión sea útil y serena, conviene mantener el foco en lo operativo: qué medidas son viables, con qué recursos, con qué controles y con qué garantías para la convivencia.

Con todo, el dilema de fondo no es “papeles sí” o “papeles no”. Es regularidad con condiciones o irregularidad crónica. Mantener durante años a una población amplia en la sombra tiene costes: favorece abuso laboral, competencia desleal, subempleo y silencio por miedo a denunciar. Pero regularizar sin control ni recursos tampoco es inocuo: puede tensionar servicios, alimentar agravios y reforzar la sensación de arbitrariedad. La salida razonable —si existe— exige una fórmula exigente: criterios transparentes, verificación efectiva, acceso al empleo formal cuando proceda, cotización cuando se trabaja y cumplimiento exigible. Y seguridad, también: no como retórica, sino como reglas aplicables, control documental, inspección e intervención policial y judicial cuando corresponda.

El debate, además, se queda pequeño si solo mira dentro. Parte de la migración responde a factores estructurales en origen: crisis prolongadas, inseguridad, deterioro institucional y salarios insuficientes. Si se quiere reducir presión migratoria a medio plazo, conviene hablar —sin paternalismo— de condiciones que favorezcan oportunidades: estabilidad, seguridad jurídica, empleo formal y políticas sociales. Y ahí la cooperación internacional puede desempeñar un papel: cooperación evaluable, acuerdos laborales legales y vías regulares que reduzcan la dependencia de redes abusivas. En ese plano, también ayuda facilitar el reconocimiento de estudios y competencias: no por falta de talento, sino porque homologación e itinerarios formativos no siempre encajan con facilidad al llegar, y eso condiciona trayectorias laborales.

Y sí: el idioma influye. Para muchas personas, España resulta más accesible porque el español facilita el día a día. Pero la integración suele asentarse, sobre todo, cuando existe un marco compartido de normas y oportunidades. Si se mantiene la referencia histórica, que sea solo como metáfora: más allá de imaginarios del pasado, lo decisivo hoy es la convivencia cívica y la claridad institucional.

En definitiva, desde fuera es fácil opinar y difícil gestionar; por eso, más que épica, lo que parece necesario es un equilibrio entre orden y humanidad. Reglas claras, procedimientos eficaces y un debate sereno ayudarían a reducir zonas grises y a sostener la confianza, sin convertir escenas cotidianas —como la música en el metro— en pretextos para aplazar lo esencial.















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