Qué desastre todo (o no)
Se instala en el ánimo colectivo una sensación de desastre permanente, cuya responsabilidad se adjudica automáticamente al gobierno. A veces con motivo, otras sin él; a veces con intención, otras sin pensar. A esa sensación contribuyen los voceros del desastre que llevan años alimentando de forma interesada ese ánimo catastrofista
El martes, en plena borrasca Leonardo, el tren que me llevaba a Sevilla no pudo completar su recorrido por suspenderse todo el tráfico ferroviario en la provincia. Nos lo dijeron en el momento de embarcar, y no había transporte alternativo, lo que convirtió un viaje ya más largo de lo habitual (por el transbordo en bus en el tramo cerrado de Adamuz) en unas interminables e inciertas siete horas. “Qué desastre todo”, me dije, como debieron de pensar mis compañeros de viaje, todos visiblemente fastidiados, alterados sus planes y sin saber cómo llegarían a casa: “qué desastre todo”.
Supongo que lo mismo piensan los afectados de Rodalies: “qué desastre todo”. Y los malagueños que se quedarán un tiempo sin conexión ferroviaria por un desprendimiento de tierras: “qué desastre todo”. Y los viajeros habituales entre Madrid y Barcelona que llevan semanas con retrasos y trenes suspendidos: “qué desastre todo”. Y los que ayer no podían llegar a la T4 de Barajas o soportaron el enorme atasco tras la rotura de una tubería: “qué desastre todo”. Y quienes en toda España sufren estos días inundaciones, desalojos, cortes de tráfico o suspensión de clases por el mal tiempo: “qué desastre todo”.
Lo mismo dijo Ana Rosa por la mañana en su programa: “qué desastre todo”. No recuerdo si hablaba de la borrasca, de Rodalies, del Ave, de la T4 o de qué, pero lo dijo con mucho énfasis: “qué desastre todo”. Se instala en el ánimo colectivo una sensación de desastre permanente, cuya responsabilidad se adjudica automáticamente al gobierno. A veces con motivo, otras sin él; a veces con intención, otras sin pensar. El “qué desastre todo” se convierte en aquel “porco governo” con que los italianos culpaban a su gobierno de todo, incluida la lluvia.
A esa sensación contribuyen los voceros del desastre (como la citada Ana Rosa), quienes llevan años alimentando de forma interesada ese ánimo catastrofista: todo mal, todo se cae, nada funciona, caos, desgobierno, fallo de sistema, Estado fallido. Cualquier cosa que suceda, se suma en la misma columna, da igual si hay una responsabilidad evidente o discutible; da igual si es un fallo, un accidente o un fenómeno natural; da igual si también tienen competencias otras administraciones o si el problema viene de antiguo. La conclusión siempre es la misma: qué desastre todo, porco governo.
Los ciudadanos, de cualquier ideología, acabamos comprando el exitoso marco. También a nosotros nos parece que todo es un desastre, que nada funciona bien, que se nos abren las costuras como país, que a perro flaco todo son pulgas y que solo puede ir a peor. Es un estado de ánimo, y como tal no es razonable.
Después de mi viaje, ya con la cabeza fría, intenté quitarme esa sensación de “qué desastre todo”. Y lo hice precisamente mirando a la tremenda borrasca en mi tierra. No solo por ser un desastre natural del que no se puede culpar a nadie; es que además la borrasca me recuerda que vivo en un país donde todas las administraciones (gobierno central, autonómicos, ayuntamientos) se coordinan con eficacia, aplican planes de emergencia, se movilizan, trabajan sin descanso y no escatiman recursos, despliegan miles de efectivos, auxilian a quien tiene problemas hasta en el último pueblo, buscan sin descanso a una persona desaparecida, acogen a los desalojados y, cuando todo pase, reconstruirán lo destrozado y ayudarán económicamente a quienes sufran los peores efectos. No todo es un desastre. Que no.
