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Un mundo sin palos de selfi | Por Etgar Keret

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En retrospectiva, no tendría que haber gritado a No-Debi. La propia Debi siempre decía que los gritos no solucionan nada. Pero, ¿qué se supone que debía hacer una persona que, hacía apenas una semana, se había despedido de su novia, entre lágrimas en el aeropuerto, porque viajaba para hacer sus estudios de doctorado en Australia, y se la encuentra, como si nada, en el Starbucks de East Village?Cuando la vi en la cafetería, ella justo estaba molestando a la cajera con preguntas sobre los sustitutos de la leche en el establecimiento, y cuando le pregunté cómo es que había vuelto a Nueva York sin avisarme, me dirigió una mirada extrañada y dijo:—Señor, no sé quién es usted. Sin duda, usted me confunde con otra persona.En ese instante, se me quemaron los fusibles. Digamos que, después de dos años juntos, esperaba una reacción un poco más decente, y en vez de discutir, simplemente me quedé de pie en mitad del Starbucks y grité todos sus detalles íntimos identificables, incluida la cicatriz en la espalda de su caída en nuestro viaje a Yosemite Park, y el lunar peludo y grasiento en su axila izquierda. No-Debi no contestó, solo se quedó mirándome en shock al tiempo que dos empleados me arrastraron fuera.Me senté en una banca en la calle y empecé a llorar. Cinco semanas antes, cuando Debi me dijo que se mudaba a Australia, me quedé destrozado, pero entendí que esa separación era más fuerte que nosotros: a ella le habían ofrecido una beca de doctorado en la Universidad de Sidney, y yo justo había comenzado en un puesto de jefe de equipo en una de las startups que más valían la pena de Nueva York. Y realmente la despedida había dolido, pero no había sido insultante y humillante como este distante encontronazo en el Starbucks.Durante el llanto, sentí una mano amable sobre mi hombro, y cuando levanté la mirada, vi a No-Debi a mi lado.—Entiende —me dijo en un murmullo—, quizá me parezco a ella, con el lunar y todo, pero no soy ella, de verdad. No-Debi y yo nos sentamos en un café pretencioso en la Tercera Avenida. Ella pidió un café con leche poco cargado con mucha espuma, exactamente como Debi, me clavó una mirada examinadora, que también reconocí, y comenzó a contarme la historia más loca que había oído en mi vida. Resultó que también No-Debi se llamaba Débora, pero ella había llegado a Nueva York esa misma mañana, no de Australia sino de un universo paralelo. No bromeo, eso fue lo que me dijo entre trago y trago de su café con leche poco cargado. Y no, ella no había llegado aquí debido a un ataque alienígena o a un experimento científico fallido del ejército de Estados Unidos, sino como parte de un concurso de televisión llamado Larga vida a la pequeña diferencia, que ahora había explotado en los índices de audiencia del universo paralelo del que ella venía.Como parte del programa, cinco participantes eran enviados a un universo paralelo que incluía todos los elementos que hay en el mundo, excepto uno. Y ese era justamente el asunto, que los concursantes debían encontrar esa cosa que existe en el mundo original de cada uno y falta en el mundo nuevo. El primero de entre los concursantes que tuviera éxito en descubrir cuál era el detalle que faltaba y dijera la respuesta en voz alta, regresaba en ese instante al estudio del programa en el universo del cual hubiese llegado, y recibiría, con el aplauso del público, el premio de un millón de dólares. Y mientras que el vencedor festejaba el millón, el resto de los concursantes eran forzados a continuar el resto de sus vidas en el mundo paralelo al que habían sido enviados. Que es algo que suena como un duro precio a pagar para los perdedores, y también introduce en el programa mucha tensión, pero en el caso de No-Debi no le había movido absolutamente nada, porque ella no tenía novio y hacía ya años que no hablaba con sus padres.Esta historia rara que No-Debi me contó sonaba demasiado surrealista incluso para ser una mentira, pero la manera en que la contó fue tan real que tuve que creerlo. En la temporada anterior, dijo, ganó un trabajador migrante de Ghana, que consiguió descubrir que lo que faltaba en el mundo paralelo al que habían sido enviados los concursantes era el palo de selfi.—Un pinche palo de selfi, ¿te lo puedes creer? —dijo NoDebi—. No sé cómo pudo descubrir eso. Quise saber un poco más de ella. Resultó que también ella, como Debi, había estudiado psicología clínica, pero a ella no le iba lo de hacer terapia o un doctorado, y por ello, estaba atrapada en un puesto administrativo en una universidad al norte del estado de Nueva York. Le hablé sobre la separación de Debi. Sobre cómo la había acompañado al aeropuerto hacía una semana y no había abandonado la terminal hasta que vi su avión despegar hacia Australia, y ella asintió y dijo que estaba claro. Los concursantes nunca eran enviados a la mitad del planeta en la que sus paralelos vivían, y si Debi no hubiese volado a Sidney, al parecer, en vez de aparecer en Nueva York, No-Debi habría llegado a la Antártida o a Auckland.—Me alegro de que ella se fuera —dijo y me sonrió con la misma sonrisa que me había hecho enamorarme de Debi hacía dos años y medio—. Auckland es genial, pero ningún sitio como Nueva York.Después de que nos terminásemos el café, No-Debi insistió en pagar, y un segundo después de despedirnos, cuando se había dado la vuelta para irse, propuse ayudarla a ganar el concurso. Para encontrar lo que faltaba en este mundo en comparación con su mundo, No-Debi tenía que ser expuesta a toda la información posible de la manera más veloz, y para ello, yo, un informático especializado en bases de datos y big data, podía ayudar perfectamente. Vi a No-Debi dudar y en seguida me limité y dije que si mi ayuda o el uso de computadoras eran cosas que se oponían a las leyes del concurso pues… Pero No-Debi sonrió y me interrumpió.—No es eso —dijo—, simplemente no quiero arrastrarte dentro de toda la historia, con todas sus dificultades. No es como si simplemente fuese alguien a quien nunca has conocido.Le expliqué que eso no era para nada complicado. En efecto, había estado con Debi dos años y medio, pero ella era No-Debi y nos habíamos conocido ese mismo día, y si eso funcionaba, sería feliz de ayudarla a buscar la cosa que faltaba. Y, quién sabe, quizás incluso introducirme en el camino de ser una estrella de televisión en el universo paralelo (No-Debi me explicó que los concursantes eran grabados 24/7 y que los espectadores podían observar después a cada uno de ellos en su propio canal).A las cuatro de la mañana, después de nueve horas seguidas de búsquedas en las áreas de tecnología, geografía y gastronomía (en uno de los programas, el mundo paralelo era un mundo sin jarabe de arce, ¿lo pueden creer?), No-Debi dijo que ya no podía continuar con los ojos abiertos. Cambié para ella las sábanas de la cama de mi pequeño estudio y se durmió en un segundo. Me senté y miré a No-Debi dormir. Era extraño, pero sentí que en nueve horas había aprendido a conocerla más que lo que había conseguido conocer a mi Debi en los dos años y pico que habíamos vivido juntos. Y las posibilidades que ella propuso durante la búsqueda del objeto que faltaba habían expuesto sus sueños, carencias y miedos. Y no es que ella no fuera igual a Debi, pero había en ella algo distinto: susceptibilidad, coraje, encanto y rebeldía. Yo realmente no sé cómo llamar a lo que sucede con alguien que es una amiga desde hace tiempo y también, al mismo tiempo, nunca antes la habías conocido. Pero me enamoré. Y mientras que No-Debi dormía en mi departamento, tan cerca que podía oler el champú de su pelo, me imaginé que otros cuatro concursantes del programa seguían buscando gatos voladores, limpiadores de oídos eléctricos, desodorante para cejas o lo que sea que existiera en su mundo paralelo y faltase aquí. Y supe que era suficiente con que uno de ellos consiguiese encontrarlo para que No-Debi se quedase aquí conmigo para siempre. Sentí cómo mis ojos empezaron a cerrarse. No-Debi me despertó a la una de la tarde. Estaba un poco agitada y me dijo que, en promedio, el tiempo que tomó a los concursantes del programa anterior llegar a una solución fue de once horas, y he aquí que ella llevaba buscando ya más de un día.—Y ya está —dijo—, seguro que alguno de los concursantes ya lo ha descubierto.Intenté animarla. Ciertamente nunca se sabe, podría ser que también ellos estuvieran ahora dando vueltas, hechos un lío en Manhattan, o donde fuera que no hubiesen llegado, y ella todavía podía ganar.—Quizá —dijo No-Debi, y sonrió de repente—, pero la verdad es que desde el momento en que me uní al programa, solo he tenido fantasías sobre cómo pierdo el juego y empiezo una vida nueva en un mundo paralelo, una vida mejor y menos dolorosa que la que tuve allí.Me quedé en silencio, ella me dirigió una mirada suave, distinta de todas las miradas que alguna vez había visto en Debi.—¿La verdad? —dijo, y me tocó la cara con la palma de la mano—, ¿qué más da lo que falte en este mundo? Lo importante es que tú estás aquí.En la cama, le pregunté si estaba tomando la píldora, y ella dijo que realmente esperaba que, de todos los mundos paralelos posibles, no hubiese llegado a uno sin condones. Eso fue una broma, pero cuando la dijo, pude ver su duda, un segundo después de terminar la frase, el temor de que, quizás, esto fuese cierto y sería suficiente que lo hubiese dicho para que la hubiesen mandado de vuelta a su mundo y nos hubiésemos separado para siempre. Después del sexo, le recomendé que pasáramos a la base de datos del campo de la astronomía, la geopolítica y la historia, pero ella dijo que prefería que nos acostáramos de nuevo.Después, salimos a dar un paseo por Central Park y comimos unas salchichas. No-Debi me dijo que en el mundo del que ella venía, ella era vegetariana por razones de conciencia, pero sentía que aquí, debido a que ni siquiera era su mundo, estaba bien comer salchichas.—No quiero ganar —me dijo cuando nos quedamos de pie junto al lago del parque—, no quiero regresar. Quiero vivir aquí, contigo.El resto del día lo pasamos en la ciudad, y cada uno le enseñó al otro los lugares que más le gustaban en Manhattan.Así fue realmente como llegamos a la Iglesia de la Trinidad. Ya era por la tarde y la iglesia estaba iluminada de manera alucinante, más bien como una iglesia de una película de Walt Disney que como un lugar real. Le conté que había pasado cerca de esta iglesia por casualidad hacía diez años, cuando acababa de llegar a la ciudad, y que, desde ese día, me había prometido que, cuando me casara, lo haría aquí. No-Debi se rio y me dijo que estaba bien que lo tuviese tan claro con respecto a la iglesia, y que ahora solo me faltaba encontrar a alguien que estuviese de acuerdo en casarse conmigo. La iglesia estaba bastante vacía, y desde el momento en el que entramos, No-Debi se quedó dando vueltas sin descanso, como si buscase algo. Le pregunté si estaba todo bien y me dijo que sí, que solamente no entendía dónde estaba él. Cuando le pregunté quién, se me quedó mirando como si fuese idiota y dijo:—Dios —y después de un momento en silencio, añadió—. Es una iglesia, ¿no? —asentí y ella dijo–: Entonces no puede ser que él no esté aquí.Intenté calmarla. Le dije que yo, personalmente, no creía en Dios, pero que también quienes creen en él dicen que no se le puede ver, y No-Debi movió lentamente la cabeza de un lado a otro y dijo:—Espera, ¿entonces en tu mundo hay iglesias y mezquitas y sinagogas, y todo es exactamente como en el mío, solo que de verdad no hay Dios? ¿Te lo puedes creer? Simplemente es un mundo sin Di… —y no pudo acabar la frase. Al menos no en mi mundo.Seis años han pasado de esto y yo todavía intento imaginarme qué le pasó a No-Debi desde ese momento. Cómo llegó al luminoso plató y fue recibida con el aplauso del público y con los cumplidos del untuoso moderador del programa, que le informó que había ganado un millón de dólares. Cuando me imagino esto, ella a veces es feliz, y las lágrimas de felicidad brotan de sus ojos, pero la mayoría de las veces me la imagino triste, buscando con la mirada en el plató, buscándome y no encontrándome. Mi corazón quiere imaginarla feliz, pero el ego, el ego insiste en creer que aquel día que disfrutamos juntos significó tanto para ella como significó para mí.Menos de un año después de que ella desapareciese de entre mis manos, me casé en la Iglesia de la Trinidad con Debi. La vida en Sidney no era para ella y dos meses después de que volviera, decidimos, de manera espontánea, que nos casábamos. El sexo con ella, de todas formas, nunca llegó a ser tan íntimo como el que tuve con No-Debi, pero era agradable y familiar, y tuvimos dos hijos adorables y guapos, Zack y Débora junior, que aprendieron, al igual que yo, a vivir en un mundo sin Dios.AQ / MCB














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