El escándalo Epstein amenaza con tumbar al primer ministro laborista Keir Starmer
El primer ministro Keir Starmer nunca conoció a Jeffrey Epstein. No trató con él, no figura en los archivos ni mantuvo relación alguna con el pedófilo convicto que tejió durante años una red global de contactos políticos, financieros e institucionales. Y, sin embargo, el llamado “caso Epstein” amenaza ahora con arrastrarlo fuera de Downing Street. El error político de haber nombrado a Peter Mandelson como embajador en Estados Unidos —pese a que ya eran conocidos sus vínculos con el magnate estadounidense, hallado muerto en su celda en 2019— se ha convertido en la mayor crisis de su Gobierno.
Nada en la trayectoria vital, las convicciones morales o el perfil político del actual inquilino del Número 10 encaja con ese universo venal donde el poder se compra y los millones lo justifican todo. Pero la política británica no castiga la intención, sino el juicio. Y el escándalo ha activado una amenaza real de rebelión interna dentro de sus propias filas.
Pese a la holgada mayoría absoluta lograda en 2024 —que puso fin a catorce años de gobiernos conservadores— Starmer no ha conseguido consolidar su liderazgo. La percepción de falta de autoridad, los bandazos en algunas políticas clave, el deterioro económico y el avance sostenido del populismo de Nigel Farage en las encuestas llevan meses erosionando su posición. Por lo que las nuevas revelaciones del caso Epstein —en las que Mandelson aparece citado en más de 6.000 archivos— pueden ser la gota que colme un vaso que llevaba tiempo llenándose.
No sería la primera vez que ocurre. Boris Johnson no cayó por el Partygate. Sobrevivió al escándalo de las fiestas ilegales en plena pandemia, pero no al momento en que se confirmó que conocía la conducta indebida del diputado tory Chris Pincher cuando lo nombró responsable de disciplina del partido. Dos años antes había logrado una mayoría absoluta histórica, pero ese episodio permitió a los conservadores desprenderse de un líder que había dejado de ser rentable. Los laboristas no tienen una tradición parricida tan marcada como los tories, pero el paralelismo empieza a inquietar a Westminster.
Las últimas revelaciones han puesto punto final a la vida pública de Peter Mandelson. El arquitecto del Nuevo Laborismo ha sido definitivamente apartado de la escena política. A sus 72 años, el estratega brillante, temido y opaco que durante décadas se ganó el apodo de “Príncipe de las Tinieblas” ha tenido que abandonar el Partido Laborista y renunciar a su escaño en la Cámara de los Lores, después de haber sido destituido el año pasado como embajador.
La incógnita es si su caída bastará para salvar a Starmer. Dentro del grupo parlamentario, varios diputados señalan directamente al jefe de gabinete del primer ministro, Morgan McSweeney, como principal responsable de haber impulsado el nombramiento pese a los evidentes riesgos políticos y reputacionales. Pero cada vez son más los que dudan de que sacrificar a un asesor sea suficiente para cerrar una crisis que ya ha alcanzado al propio liderazgo.
La apuesta por Mandelson para Washington fue concebida como una maniobra cínica pero eficaz: enviar a un operador sin escrúpulos a lidiar con un presidente estadounidense al que tampoco le faltan sombras éticas. El problema llega cuando Starmer admite ahora públicamente que había creído al veterano dirigente cuando aseguró que “apenas conocía” a Epstein. Esa confesión, lejos de amortiguar el golpe, lo deja expuesto.
Así lo resume Harriet Harman, exvicelíder laborista y una de las figuras más respetadas dentro y fuera de Westminster, al describir al primer ministro como “débil, ingenuo y crédulo”. En una entrevista en el podcast Disfunción Electoral de Sky News, Harman advirtió de que el escándalo podría “acabar” con Starmer si no impulsa un “verdadero reinicio” del equipo del Número 10 y recupera su promesa fundacional de limpiar la política británica.
Starmer ha pedido perdón a las víctimas del caso Epstein en una de las intervenciones más personales desde que llegó al poder. Reconoció su error y asumió la responsabilidad política del nombramiento. “Lamento haber creído las mentiras de Mandelson y haberlo designado”, afirmó el jueves pasado, visiblemente afectado. Fue más allá de la autocrítica y se dirigió directamente a las víctimas, reconociendo el trauma sufrido y el fallo de quienes ostentaban poder.
Pero el daño ya estaba hecho. Las disculpas, el gesto hacia las víctimas y la promesa de transparencia buscan contener una crisis que va más allá de un nombramiento fallido. Lo que está en juego es la autoridad moral de un primer ministro que llegó prometiendo integridad y que ahora libra una batalla cuesta arriba para demostrar que ese compromiso sigue intacto.
A la presión política se suma ahora la judicial. Scotland Yard interrogará a Mandelson en los próximos días tras la publicación de documentos del Departamento de Justicia de Estados Unidos que sugieren que compartió información sensible sobre los mercados con Epstein desde el corazón de Downing Street cuando trabajaba para el Gobierno de Gordon Brown. La mala conducta en el ejercicio de un cargo público es un delito grave, penado incluso con cadena perpetua. Mandelson lo niega.
El Ejecutivo británico quiere publicar cuanto antes parte de los documentos relacionados con su nombramiento, convencido de que demostrarán que Starmer y McSweeney fueron engañados. Sin embargo, en Whitehall existe inquietud: algunos archivos podrían incluir comentarios del exembajador criticando a Donald Trump, lo que pondría en riesgo la delicada relación que el primer ministro ha tratado de construir con el presidente estadounidense.
El calendario tampoco ayuda. El próximo 26 de febrero se celebran elecciones parciales en Gorton y Denton, un bastión laborista durante más de un siglo. La campaña refleja las tensiones del país: un Laborismo desgastado, una derecha radical amplificada por las redes sociales y una izquierda fragmentada. Una derrota tendría un fuerte impacto simbólico y podría acelerar los movimientos internos contra Starmer.
El caso Epstein ha tenido además consecuencias devastadoras para Andrés Mountbatten-Windsor, conocido antes como el príncipe Andrés, hijo favorito de Isabel II. Las nuevas revelaciones —en las que se ofrece a Epstein como su “mascota”— han precipitado su expulsión definitiva de Royal Lodge, tras haber perdido títulos y privilegios. Los archivos confirman también la autenticidad de la famosa fotografía de 2011 con Virginia Giuffre, forzada a mantener relaciones con él siendo menor, según un correo de Ghislaine Maxwell, pareja del magnate pedófilo. El ex príncipe siempre ha negado todo y afirmó a la BBC no recordar haber conocido a la víctima, que se suicidó el año pasado.
