Más expectativas que gloria en el mano a mano de los jóvenes
Después de este invierno infernal, llegar hasta aquí ya es un mérito en sí mismo, tanto para toreros como para ganaderos. El campo se ha convertido en un laberinto de barro: la lluvia ha tomado las dehesas hasta tal punto que los cercados resultan intransitables y el control habitual se diluye. La desesperación se instala entre los ganaderos, algunos de los cuales llevan días sin poder siquiera ver a sus toros.
En los extremos rara vez suceden cosas buenas. Y este temporal tampoco ha concedido tregua a los espadas. Las vacas permanecen sin tentar, los entrenamientos se reducen a dar lances al viento y a recurrir a una memoria cada vez más lejana de lo que significa sentirse delante de la cara del toro. Todo se fía al recuerdo.
Así, este año Valdemorillo se presenta más tempranero, más frío y más implacable. Las muñecas aún no han recuperado su tempo, y enfrentarse a los toros exige volver a despertar reflejos, coraje y precisión, arrancando de nuevo la temporada en condiciones que recuerdan que el toreo siempre exige entrega absoluta, incluso antes de que suene el primer clarín.
Por eso tuvo mérito que los toros embistieran. El primero de El Capea tuvo un gran ritmo de salida, y así llegaron las templadas verónicas con las que Borja Jiménez saludó al toro que abría plaza. El animal se desplazaba con mucho temple y metía la cara abajo, una virtud que mantuvo durante toda la lidia y también en la muleta. Borja lo gozó y construyó una faena llena de temple y relajo, ideal para comenzar la temporada. Un regalo que encontró premio tras la estocada que prendió al primer encuentro.
Más inconclusa resultó la faena de Tomás al segundo, un toro que mostró nobleza pero que acabó por rajarse. Hubo momentos de buen temple por parte de Rufo, aunque el desacierto con la espada terminó por empañar su labor.
A la verónica quiso detenerse Borja con el tercero, que era más reunido de cara, pero antes de que se descuidara el de García Jiménez le pegó un derrote y le rajó el capote. Tuvo el toro movilidad, repetición y transmisión; y, además, era una pintura. La faena de Borja transitó por distintos registros. En los inicios resultó deslavazada, con muletazos sueltos y faltó de temple, pero a partir de mitad de labor logró encontrarle el aire al animal y templar su embestida. Todo quedó, sin embargo, condicionado por la espada, que se le cruzó en el momento decisivo.
El cuarto fue uno de esos toros que los tienes siempre encima, por prontitud y capacidad para repetir. Tomás quiso cuajar las embestidas del toro, (a la verónica le sacó buenos lances) aunque esa explosión del animal se le embarulló por momentos en la muleta. Estoconazo y premio. Fue toro encastado el quinto. No pasaba por allí de cualquier manera. Borja se desdibujó en los primeros compases sin acabar de encontrar el sitio al toro y tras una voltereta optó por encandilar en las cercanías y la impresión del arrimón. No anduvo fino con la espada. Más paradote y noblón fue el sexto. De uno en uno quiso hacer la faena Rufo. Un mano a mano con más expectativas que glorias.
Ficha del festejo
Valdemorillo (Madrid). Segunda de feria. Se lidiaron toros de El Capea, 1º, de buena condición y clase; Carmen Lorenzo, 2º, noble y rajado; García Jiménez, 3º, repetidor y con transmisión; y 6º, noble y paradote; y Fuente Ymbro, 4º, repetidor y muy pronto, encastado aunque sin entrega como el 5º. Casi lleno.
Borja Jiménez, de grana y oro, estocada (oreja); seis pinchazos, estocada corta (silencio); dos pinchazos, estocada (vuelta al ruedo).
Tomás Rufo, de marino y oro, tres pinchazos, hondo, dos descabellos (silencio); estocada (oreja ); tres pinchazos, aviso, estocada (silencio).
