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Trump y el Caribe como laboratorio geopolítico en el Siglo XXI

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La geopolítica del Caribe bajo la Doctrina Trump no responde solo a intereses sino a cómo Estados Unidos reconstruye narrativas históricas de hegemonía regional para definir enemigos, aliados y fronteras.

Históricamente, la Doctrina Monroe (1823) buscó garantizar la esfera de influencia estadounidense reduciendo la intervención europea en el Hemisferio Occidental. Bajo Trump, esa visión ha sido reformulada y expandida en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, que impulsa un regreso al enfoque hemisférico con énfasis en amenazas internas a la seguridad nacional, prismatizadas mediante la lucha contra la narcoviolencia, la migración irregular, y la competición con potencias extrahemisféricas (China, Rusia, Irán). Esta transformación ha sido denominada por la opinión pública especializada en política internacional como el Corolario Trump: una reactivación del control regional bajo nuevos paraguas normativos que combinan seguridad, economía y control geoestratégico.

La (re)invención doctrinaria: del Monroe clásico al ‘Corolario Trump’

Esta doctrina no solo proyecta poder físico, sino principalmente una narrativa que define a ciertos gobiernos –especialmente Venezuela y Cuba– como amenazas a la civilización del hemisferio occidental y la seguridad nacional estadounidense. La identificación de estos actores como peligros sistemáticos para Estados Unidos legitima prácticas coercitivas en nombre de la defensa del «Orden Regional», reconfigurando así las categorías mismas de seguridad.

Deslegitimación en Venezuela

La administración Trump ha protagonizado acciones que van desde el despliegue militar en el sur del Caribe hasta la captura del presidente Nicolás Maduro, acusado de narcoterrorismo. Las operaciones navales y aéreas contra embarcaciones supuestamente vinculadas al narcotráfico, y el ataque en Caracas que provocó explosiones, refuerzan la narrativa de un régimen criminalizado internacionalmente.

Esta criminalización discursiva cumple dos funciones:

  1. Reforzar la legitimidad interna de la administración Trump, proyectando la intervención como defensa contra amenazas transnacionales que afectan la soberanía e integridad de Estados Unidos.
  2. Reconfigurar las instituciones políticas venezolanas como fuentes de inseguridad regional, lo que justifica intervenciones extraterritoriales sin necesidad de declarar la guerra.

De esta forma, también, se desplazan las discusiones sobre soberanía y autogestión hacia un terreno donde la lógica prohibitiva y punitiva prevalece, reforzando así una lógica de amigo/enemigo en la política internacional.

Transición

A pesar de la deslegitimación del régimen, la transición en Venezuela parece muy optimista por parte del trumpismo aunque no es del todo aceptable para la oposición liderada por María Corina Machado. Para esta última, «no es aceptable una transición a la rusa…» (con el líder depuesto pero los jerarcas del poder convertidos en oligarcas en la era postsoviética) es decir con Maduro fuera del poder, pero con líderes políticos en el gobierno venezolano aún en ejercicio: Delcy y Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello o Vladimir Padrino López.

La transición en Venezuela parece una larga contradicción que el gobierno de Trump está dispuesto a acompañar siempre que los intereses americanos no se vean trastocados. El gobierno venezolano sostiene conversaciones con el gobierno estadounidense y parece estar abierto a recibir inversiones en la industria petrolera para mejorar la economía y pensar en establecer una democracia en el largo plazo. Pero las acciones del gobierno chavista son contradictorias con sus promesas: mencionan que cerrarán el Helicoide, pero no ponen fecha. Declaran que liberarán a los presos políticos, pero no confirman la fecha ni la cantidad. Parece que la transición en el país caribeño es un juego de alargar el tiempo mientras Trump está en el poder, jugar a la contradicción desde Caracas mientras se cambió el rostro, pero la estructura del poder sigue intacta pero favorable a los intereses americanos.

Cuba: asfixia estructural

La crisis en Cuba se ha intensificado con sanciones que penalizaron a terceros países que suministran petróleo, y con la pérdida del soporte energético venezolano, un pilar crítico desde hace décadas. Desde la narrativa estadounidense, esta situación se presenta como un fracaso económico autoinfligido por un régimen reaccionario, mientras la administración Trump invita a Cuba a «negociar antes de que sea demasiado tarde».

La figura de Marco Rubio, Secretario de Estado y protagonista clave en la política de presión contra Cuba, ha insistido repetidamente en que Washington actúa para proteger su seguridad nacional ante amenazas provenientes del Caribe y acusa al régimen cubano de apoyar actividades ilícitas. La reacción cubana hace eco de una lectura opuesta: dicho discurso es una justificación retórica para acciones desproporcionadas e ilegítimas en la región.

Así pues, subyace una lucha narrativa por el significado del «Estado Fallido» y la legitimidad del régimen. Mientras Washington interpreta el deterioro económico cubano como evidencia de la necesidad de cambios radicales, La Habana insiste en una lectura de resistencia histórica a intervenciones externas, reforzando su identidad antiimperialista.

Marco Rubio como constructor de identidades y amenazas

La influencia de Rubio en la política exterior estadounidense, especialmente en el Caribe y América Latina, es significativa porque combina una identificación simbólica del enemigo con una estrategia normativa de la política exterior. Rubio ha calificado a ciertos grupos y regímenes como terroristas, y ha defendido abiertamente operaciones militares bajo la lógica de proteger la seguridad nacional.

Sus discursos no solo describen una realidad, sino que la constituyen: al etiquetar, por ejemplo «al narcoterrorismo» como amenaza a la seguridad, se define qué es aceptable en política exterior y se reconfigura la percepción social de estas amenazas tanto en EE. UU. como en la región. Este proceso legitima intervenciones más allá de la lógica tradicional de soberanía estatal, generando una norma implícita de preemergencia de seguridad que justifica acciones preventivas. Si Rubio garantiza el éxito de la transición en Venezuela y logra asfixiar por completo al régimen cubano tendría un boleto dorado para las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Narrativas y el Caribe como laboratorio geopolítico

La gestión de Trump en el Caribe muestra cómo las relaciones internacionales son una arena de construcción de significados tanto como de poder material. La activación de discursos de amenaza, la redefinición de identidades estatales (como «Narco-Estado» o «amenaza a la seguridad nacional»), y la instrumentalización de la historia (como la reinterpretación de la Doctrina Monroe) son mecanismos que reconstituyen el paisaje geopolítico regional.

Para el Caribe, esto implica un cambio en la estructura normativa global, pues ya no solo se discute soberanía versus intervenciones, sino qué significados y narrativas dominan la política regional. ¿Es la defensa de la soberanía nacional un concepto universal, o una construcción estratégica para justificar nuevas formas de intervención? ¿Cómo responden los Estados latinoamericanos, como Cuba y Venezuela, a estos discursos para reconstruir sus propias identidades? ¿Las otras regiones de Latinoamérica, como el centro-oeste suramericano atravesarán por las mismas narrativas?

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