Corona para la Avellaneda
Es con toda justicia —dice la crítica— uno de los más celebrados retratos femeninos de Federico Madrazo y también una de las piezas antológicas de la retratística decimonónica española; notable en la fecunda producción de retratos que acometió el artista al captar la personalidad de la modelo y su carácter vehemente y enérgico que se traduce en su obra literaria. Consigue el pintor plasmar en el lienzo la belleza de una mujer madura, la profundidad de sus ojos claros que se clavan en el espectador con una mezcla de franqueza absoluta y cierta altivez melancólica que refleja la intensa vida de la escritora, teñida de frustraciones y dramas personales.
Pero el mayor acierto de esa obra —prosigue la crítica— es la imponente presencia de la modelo, que posa erguida, con una dignidad y empaque envueltos en una elegancia natural, que traducen magistralmente la personalidad de la retratada, una imagen resuelta con una paleta muy sobria de grises y negros, y en la que Madrazo no elude la mancha que la mujer llevaba en su mejilla derecha.
La modelo, ya se habrá percatado el lector, es Gertrudis Gómez de Avellaneda, importante figura de la literatura romántica y una de las personalidades más destacadas del Madrid isabelino, y tiene 43 años de edad.
Fallecerá en Madrid, el 2 de febrero de 1873, sin llegar a cumplir los 60, y aquella mujer tan aclamada por su poesía y su quehacer teatral, que gozó de la consideración de los reyes de España, que fueron padrinos de una de sus bodas, llevada a cabo en el Palacio Real, murió triste, sola y abandonada.
Su deceso pasó casi inadvertido. Fueron muy pocos los que acompañaron su féretro hasta la Sacramental de San Martín, entre ellos solo seis escritores y dos cubanos, oriundos ambos de Camagüey y por tanto coterráneos de la fallecida. Uno de ellos colocó sobre el ataúd una sencilla corona de laurel en nombre de Cuba. Nada más.
Han sido infructuosas las gestiones del Gobierno cubano para que las cenizas de la autora del drama trágico Munio Alfonso sean traídas a Cuba.
Una nube amenazante
La crítica literaria, hasta hoy, ha sido injusta con ella; se le reduce, a lo sumo, a tres o cuatro poemas antológicos, con olvido, afirma el académico Roberto Méndez, de que, por complicados derroteros debe ella romper dos resistencias fundamentales: hija de Puerto Príncipe, se propone y logra la consagración en las letras metropolitanas. Mujer, transgrede los límites que en la escritura se concedían a su género y procura forjarse una voz absoluta —tan masculina como femenina— la única que puede traducir su ansia de canto total. Afirma Méndez: «Es llamativo que el vanguardista siglo XX haya seguido reprochándole lo mismo que sus contemporáneos: el procurar ser una escritora de la pluralidad, con todas sus consecuencias, en vez de regalarnos, apenas, el diario de un corazón sentimental».
El joven Martí le pasó por encima. Dijo: «La Avellanada es atrevidamente grande…». Y también: «es algo así como una nube amenazante».
Salvador Bueno niega que Sab sea una novela antiesclavista. José A. Portuondo lanza a la cara de la Avellaneda su «dramática neutralidad», mientras que Cintio Vitier es categórico con relación a ella. Asegura: «En realidad, no tengo nada que decir».
Roberto Méndez rebate punto por punto esas afirmaciones, y tras invitar a reflexionar con seriedad sobre su aporte a las letras hispanoamericanas, expresa: «Eso será mucho más facundo que empeñarse a trasladar sus restos desde la tierra sevillana a la Isla que la vio nacer. No son sus cenizas las que necesitamos, sino ese legado que no acabamos de comprender en su integridad».
Es mucho hombre esa mujer
Tula Avellaneda nació en Puerto Príncipe el 23 de marzo de 1814, y a los 22 años se trasladó a España donde, con algunas interrupciones, vivió hasta su muerte, y escribió casi toda su obra. ¿Escritora cubana o española? No es necesario discutir su nacionalidad literaria. Era ya toda una escritora cuando salió por primea vez de la Isla, como lo demuestran su soneto Al partir y su Canto a la poesía. Pese a sus triunfos no olvidó nunca su tierra natal y en no pocas ocasiones proclamó con orgullo su condición de cubana. No es casual entonces que en España adoptara el seudónimo de la Peregrina.
Pero, cubana o española, legó una obra de nivel excepcional al punto de que se le considera como la primera escritora de habla española en el siglo XIX. «Es mucho hombre esta mujer», dijo alguien de la Avellaneda sin ocultar su prejuicio machista. Lo cierto es que su condición de mujer le vedó la posibilidad de ocupar un sillón en la Real Academia de la Lengua para el que fue propuesta.
Es —dice la crítica— «una personalidad señera y múltiple». Sobresalió en el teatro y en la poesía lírica y se distinguió en la novela. Ideó, entre otras formas métricas, el verso de 13 sílabas. Hay honda sicología en sus personajes y algunas de sus obras dramáticas pueden conceptuarse como auténticas obras maestras. Difícil encontrar en el teatro español de su tiempo una obra que pueda compararse con Baltazar, y Sab pone de relieve sus dotes extraordinarias de narradora. Su carácter se transparenta en las cartas que escribió a sus amantes. Textos llenos de valor literario y humano. Fue —diría Lezama Lima— una mujer mordida por el lebrel de las pasiones, entregada sin reservas a las exigencias de su Eros.
Amores perros
Porque «la india franca» —como gustaba llamarse— tuvo amores tormentosos y desgraciados. Parece haber estado condenada a no ser feliz. Un amor de adolescencia la hizo sufrir tristezas y desengaños en su Camagüey natal. En Sevilla, en 1839, conoce a Ignacio de Cepeda. Lo ve como el príncipe azul de un cuento de hadas. Hay, de inicio, una amistad romántica. Se presenta él como una víctima del splín (el tedio, el hastío) de los románticos y ella sucumbe al imperio de esa tendencia melancólica. Cuaja la amistad en una relación amorosa, pero Cepeda es frío y calculador. Nada hay en su carácter que se avenga con los arrebatos pasionales de su pareja y sobreviene la ruptura en abril de 1840.
La amistad entre ellos, sin embargo, no se interrumpe. Se mantiene, por cartas, durante años, aun cuando ella, instalada en Madrid, gana la consideración del mundo literario. Es en esa ciudad, en 1844, donde conoce al poeta sevillano Gabriel García Tasara, tres años más joven, que arrebata a Gertrudis. De esa relación nace una niña que apenas vive siete meses y a la que él es reacio a reconocer. Una de sus cartas al amante esquivo gira alrededor de esa niña que se muere y ella, desesperada, pide a Tasara que vaya a verla. Le suplica y lo amenaza. Le dice que, si no acude a la cita, le arrojará el cuerpo de la niña, moribunda o muerta, en medio de sus queridas del circo. No consta que Tasara visitara a su hija, pero sí figura como su padre en la partida de defunción, lo que debe haber sido hecho con su anuencia.
Si Tasara no la ama, el diputado Pedro Sabater ama a la camagüeyana con locura. Pero está enfermo; muere 80 días después del matrimonio y el hecho provoca que la Avellaneda se recluya en un convento. Será por poco tiempo. En 1847 vuelve a empatarse con Cepeda. No duran mucho, pero prosigue la correspondencia que se extenderá hasta 1854 cuando Cepeda contrae matrimonio con María de Córdova. Cepeda, que falleció en 1906, a los 90 años de edad, conservó con cuidado las cartas de Tula. Su viuda las publicó un año más tarde, sorprendida de que un hombre tan mediocre hubiera inspirado un amor tan desbordado.
En 1855, tras una relación fugaz con Antonio Romero, de la que no se habla, se casa la Avellaneda con el coronel y diputado Domingo Verdugo. Está ella en la cúspide de la gloria literaria. Es esta la boda que transcurre en el Palacio Real y en la que fungen como padrinos Isabel II, la de los tristes destinos —diría Pérez Galdós— y los alegres amores, y su consorte, el ninguneado rey Paquito.
Con Verdugo vuelve la Avellaneda a Cuba como parte del séquito del Duque de la Torre, casado con una trinitaria, al ser nombrado este capitán general. Aquí, víctima de la fiebre amarilla, muere Verdugo en 1863. Regresa la Avellaneda a España. En su viaje de retorno visita las cataratas del Niágara para rendir tributo al poeta Heredia. Hace tránsito en Londres y París para pasar sus últimos años entre Madrid y Sevilla. Lleva una vida retirada y humilde, entregada a las obras de caridad y a la revisión de sus libros para una proyectada edición de sus obras dramáticas y poéticas. En Sevilla reposan sus restos, junto a los de su hermano Manuel y los de Domingo Verdugo, que tanto la amó.
