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En la sala de espera de las agresiones

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Visitar hoy una institución de salud en Cuba es enfrentar la realidad más cruda del día a día. Mientras el Presidente comparecía ante el mundo para explicar nuestra situación, en consultorios y hospitales se libraba, al mismo tiempo, la batalla silenciosa y cotidiana contra una escasez impuesta. Allí el discurso se hace tangible: en la lucha por salvar vidas con lo justo y necesario al límite.

La política hostil de la administración Trump, intensificada en los últimos días, no es una abstracción en los servicios de urgencia. Es el telón verde de fondo de cada carencia en los salones de operaciones. Lo vemos en la frustración contenida de miles de médicos y enfermeras, cuyo talento y vocación chocan contra el muro de los estantes vacíos, y en la persecución financiera que obstruye la compra de medicamentos, piezas de repuesto y tecnologías vitales.

Quienes defienden y aplican esta agresión económica no están en las salas de terapia, inventando cómo hacer rendir hasta el último pedazo de papel para un electrocardiograma. No son ellos quienes posponen diagnósticos y cirugías por falta de insumos. Solo quien ha sentido la ausencia del reactivo para una biopsia o del suero para la quimioterapia comprende que se trata de un daño colectivo premeditado. Un daño que lastima directamente a los más humildes, quienes son la inmensa mayoría.

Frente a esto, optar por increpar al profesional de la salud o criticar únicamente al Gobierno por lo que escasea suele ser el primer acto reflejo de una frustración inducida. Otros, en una distorsión que genera la necesidad, lucran con lo poco que se puede conseguir. Así, todos terminan agrediendo a un sistema concebido para curar: algunos desde dentro, culpándolo de lo que no puede proveer, y otros desde fuera, bloqueando sus fuentes de suministro.

Enumerar solo culpables nacionales es un ejercicio incompleto y falaz. La verdad ineludible es que ningún sistema de salud, en condiciones de paz, enfrenta limitaciones tan severas para adquirir lo que necesita. El nuestro es uno de los más bloqueados y asediados del mundo.

Y en medio de esta asfixia ocurre lo extraordinario. La doctora comparte un frasco de medicamentos donado por otra familia. El técnico promete remendar, una vez más, el equipo desgastado hasta su último ciclo de uso. Es el milagro cotidiano de la solidaridad y el ingenio, porque la presión, por cruel que sea, no ha podido anular la esencia de la medicina cubana.

Son pequeños actos heroicos, el rostro de un pueblo que resiste. Pero no deben normalizarse. No es normal ejercer la medicina en estas circunstancias. Profundizar el sufrimiento y atentar contra las necesidades más básicas no debería formar parte de ninguna agenda política. 

Y, sin embargo, mientras el Presidente comparecía, ninguna sanción se levantó. Pero tampoco se cerró ni un solo consultorio, ni un hospital. Los médicos no se sentaron en la sala de espera de las agresiones. Y esa permanencia, esa resistencia de puertas abiertas frente a la presión, es lo que, día a día, nos cura y fortalece como nación.















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