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El oro se sube a la montaña rusa

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El recorrido del oro comienza a varios kilómetros bajo tierra, por ejemplo, en una mina del cinturón de Witwatersrand, en Sudáfrica, el depósito más rico del mundo. En ese lugar, en galerías estrechas y sofocantes, se extraen apenas unos gramos de oro por tonelada de roca. El metal sale mezclado con polvo, sin brillo alguno, muy lejos de la imagen pulida que se asocia a los lingotes y monedas. Desde allí, inicia un viaje silencioso. Cruza continentes, se refina hasta alcanzar una pureza del 99,99% y acaba, en muchos casos, en las fundiciones suizas de Valcambi, PAMP o Argor-Heraeus, donde adopta la forma de lingote. Es el mismo oro que luego cambia de manos en mercados financieros, bóvedas bancarias y fondos cotizados.

La frase, atribuida a John Pierpont Morgan a comienzos del siglo XX, «el oro es dinero, todo lo demás es crédito» resume mejor que ninguna otra la relación entre el metal precioso y el sistema financiero. Durante siglos, ha servido de refugio frente al exceso de papel moneda. Condición que ha sobrevivido a guerras, crisis financieras y revoluciones monetarias. Incluso hoy, cuando la mayor parte del dinero es digital y los intercambios se realizan en milisegundos, el oro sigue reposando en forma física en bóvedas subterráneas desde Nueva York hasta Londres. Por ello, en un escenario de incertidumbre como el actual, no resulta extraño que los inversores reasignen capital hacia alternativas como el oro para protegerse de la devaluación de las divisas. Es lo que J.P Morgan ha bautizado como «Debasement Trade», algo así como «estrategia contra el envilecimiento de la moneda».

El oro es, por tanto, un clásico de la inversión que, tradicionalmente, se ha comparado con una carrera de fondo: lenta y estable. Pero en los últimos meses, especialmente, en el pasado mes de enero, ha sufrido una transformación, y ha pasado de maratoniano a sprinter. Y es que ni el mismísimo Usain Bolt ha corrido tan rápido. La semana pasada voló, hasta superar los 5.500 dólares por onza troy (una revalorización de casi el 30% en menos de un mes y más de un 70% en el último año) antes de la corrección. La plata no se quedó atrás y escaló hasta los 120 dólares.

Pero, tal y como recuerda una de las leyes no escritas de los mercados, tan inexorable como la gravedad, todo lo que sube demasiado rápido acaba bajando. Y cuanto más vertical es el ascenso, las probabilidades de corrección aumentan considerablemente. El resultado es por todos conocido: un «viernes negro» para los metales. El oro se depreció un 10%; la plata, un 27%; el platino, 19%, y el paladio, un 17%.

La magnitud del ajuste sorprendió tanto por su rapidez como por su sincronización. No se trató de un movimiento aislado ni de una corrección técnica limitada a un solo metal, sino de una liquidación generalizada que afectó a todo el complejo de metales. El episodio reabrió el debate sobre su papel en las carteras y sobre hasta qué punto sigue siendo un refugio seguro en un entorno dominado por el apalancamiento financiero y la especulación a corto plazo.

¿Qué provocó una corrección tan extraordinaria en un mercado tradicionalmente asociado a la estabilidad? Según el matemático y estadístico Juan Ignacio Crespo, buena parte de la explicación reside en lo que los anglosajones denominan un «fool’s errand», una empresa condenada al fracaso desde su concepción. En otras palabras, el mercado había ido demasiado lejos, demasiado rápido, apoyándose en una dinámica que no podía sostenerse en el tiempo.

Aunque la volatilidad no es un fenómeno desconocido en los mercados de metales, sí resulta llamativa su intensidad en este episodio, tanto en la fase alcista como en la posterior corrección. El oro, tradicionalmente percibido como un activo defensivo, se ha ido transformando progresivamente en otro híbrido, a medio camino entre refugio y vehículo especulativo. La mayor participación de inversores minoristas, la proliferación de ETF, el acceso masivo a productos apalancados y la velocidad con la que las noticias, especialmente las de carácter geopolítico, impactan en los precios han alterado profundamente la dinámica del mercado. El resultado es un activo más sensible a los flujos de capital a corto plazo y, por tanto, mucho más volátil.

Los expertos de Monetary Metal explican cómo se produjo el movimiento del 30 de enero. Existen dos formas de operar con oro: físico (lingotes, barras, metal real), adquirido fundamentalmente por bancos centrales, grandes fondos o joyeros; y contratos financieros, que apuestan al precio. Aquí están traders, especuladores o «hedge funds». El precio no distingue entre qué mercado está mandando en ese momento. Es la base la que discrimina si es oro físico o «papel», la cual se calcula restando al precio del futuro el precio «spot». Entonces, si el precio sube y la base también, quiere decir que se están comprando futuros, lo que indica que hay especulación. Si el precio sube, pero la base baja sugiere que se compra oro físico.. Si el precio y la base bajan quiere decir que se están vendiendo futuros, pero si el precio baja y la base sube, es oro físico el que se está vendiendo

Esta dinámica contribuye a interpretar los movimientos recientes. El día de autos la base comenzó a subir, aunque el precio todavía no caía fuertemente. Esto hacía pensar que alguien estaba «soltando» metal físico. A continuación, el valor se desplomó del orden de 400 dólares, pero la base continuó subiendo, lo que confirmaba la señal inicial: ventas agresivas físicas. Pero la base prosiguió su alza. «Si hubieran sido futuros, la base habría caído y el movimiento hubiera sido más «limpio», añaden desde Monetary Metal. Después, la base pegó un salto, y el precio rebotó un poco, lo que apuntaba hacia una posible compra de futuros (traders aprovechando el rebote). Pero esto no fue la causa de la caída, ya que solo intentaba frenarla. Entonces, quien provocó la caída no fue ni una «mano negra» ni un ataque especulativo, sino que la venta real de oro físico. Los futuros, primero, sostuvieron el precio; luego, reaccionaron mal y, finalmente, intentaron arreglar el desastre.

«Cuando el mercado físico vende, el precio manda. Los futuros pueden exagerar movimientos, pero no pueden ocultar una venta real de metal. No obstante, la corrección fue “saludable”porque el precio había subido demasiado rápido sin demanda física sólida» destacan desde Money Metal.

Crespo considera que el argumento dominante para explicar el movimiento de «montaña rusa» de los metales como el anuncio de que Kevin Warsh podría ser el candidato elegido por Trump para presidir la FED, no resulta del todo convincente. Y es si este fuera el detonante, la expectativa de una política monetaria más restrictiva debería haber impactado también en la renta variable. Sin embargo, la Bolsa se mantuvo intratable.

Subida de las garantías

«Todos los argumentos que se han dado para explicar el movimiento de los metales tienen una parte razonable y son más o menos aceptables, pero, de entre todas ellas, solo hay una que se puede evaluar sin problema en dinero contante y sonante: el aumento de las garantías exigidas para seguir operando en el mercado», señala Crespo.

Y es que el temor a que exista una cantidad excesiva de «metales de papel» –contratos de futuros, CFDs y ETFs– en relación con las onzas físicas disponibles ha llevado a los mercados a endurecer las condiciones de negociación. Es una situación comparable a una caja que contiene 100 onzas de plata, pero frente a la cual se han emitido 200 recibos que prometen la entrega de una onza a cada tenedor. Si todos decidieran reclamar su metal al mismo tiempo, habría colapso. En esta operativa, el inversor no desembolsa el 100% del valor del contrato, sino solo una parte en concepto de garantía o margen. Por ejemplo, para comprar 1.000 dólares en plata a través de un contrato de futuros, puede exigirse un margen del 10%, es decir, 100 dólares. Esto permite obtener una exposición significativa al metal con una fracción del capital, multiplicando tanto las ganancias potenciales como las pérdidas.

Cuando la volatilidad se dispara, los brokers y las bolsas incrementan los márgenes exigidos para protegerse del riesgo. Este aumento de las garantías, conocido como «margin hike», obliga a los inversores a aportar más capital para mantener abiertas sus posiciones. Así, si el margen requerido pasa de 100 a 150 dólares, el inversor debe aportar 50 dólares adicionales. Si no lo hace, el broker cierra automáticamente la posición liquidando el contrato para evitar pérdidas mayores.

La rápida subida de los precios provocó un aumento generalizado de las garantías. Muchos inversores no pudieron aportar el capital adicional, sus posiciones fueron cerradas de forma automática y la presión vendedora se intensificó. El resultado fue un auténtico efecto dominó que aceleró aún más el desplome de los precios.

De esta forma, la corrección ha reducido el apalancamiento especulativo y «limpiando» el RSI (Relative Strength Index o Índice de Fuerza Relativa) hasta situarlo en la zona de los 46 puntos. Se trata de un indicador técnico que mide si un activo está sobrecomprado o sobrevendido. Este nivel es el «punto dulce» para los grandes inversores de valor. «Al enfriar el indicador, el oro ha dejado de estar “caro” en términos de impulso para entrar en una zona de equilibrio donde los fundamentos vuelven a importar más que el ruido de los titulares. Mientras el oro respete la zona de los 4.450 dólares, el ciclo ascendente de 2026 no es solo una realidad, sino que se habrá fortalecido al eliminar la espuma especulativa que amenazaba con convertir el rally en una burbuja incontrolable. Más que un problema de fundamentos, lo que ha corregido es la velocidad del movimiento», explica José Manuel Marín Cebrián, economista y fundador de Fortuna SFP.

¿Qué cabe esperar a partir de ahora? Tras una caída tan extraordinaria concentrada en una sola sesión, lo más probable, en opinión de Crespo, es que se produzca una recuperación relativamente rápida. Esta semana el oro volvió a cotizar en el entorno de los 5.000 dólares, un ascenso que no significa el final de la volatilidad, ya que la cotización no estuvo exenta de vaivenes. Más acusados fueron los picos la plata que, tras alcanzar los 90 dólares, volvió a bajar al nivel de los 75 -hay que recordar que la plata no cuenta con el «extra» de la compra de bancos centrales y, por tanto, es un activo más especulativo-. Regina Hammerschmid, gestora de carteras de materias primas en Vontobel, apunta que factores adicionales, como la suspensión temporal de operaciones impuesta por las autoridades chinas, podría seguir distorsionando el mercado en el corto plazo

Pese a las fluctuaciones, JP Morgan, espera que los precios del oro alcancen los 6.300 dólares por onza a finales de 2026, a medida que continúe la demanda de los bancos centrales. «Incluso con la reciente volatilidad a corto plazo, seguimos firmemente convencidos de una postura alcista en el oro a mediano plazo gracias a una tendencia de diversificación limpia, estructural y continua que tiene más recorrido en medio de un régimen aún muy arraigado de rendimiento superior de los activos reales frente a los activos en papel», precisa la firma.

Deutsche Bank también ha reiterado su pronóstico del precio del oro en 6.000 dólares la onza este año, debido a la sostenida demanda de los inversores por el metal precioso a pesar de un ajuste en los precios.

El oro ha frenado tras el sprint, pero todo apunta a que la carrera hacia nuevos records continuará.















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