Seguro promete a los portugueses estabilidad en su primer discurso como presidente electo
El discurso de victoria del socialista portugués António José Seguro no fue un ejercicio de euforia ni una celebración personalista. Fue, más bien, una declaración de intenciones marcada por la gravedad del momento nacional y por una voluntad explícita de rebajar tensiones políticas. En un país golpeado por una de las peores secuencias de tormentas de los últimos años, el presidente electo optó por comenzar donde hoy empieza todo: en la emergencia nacional.
Seguro tuvo el domingo una victoria contundente con el 66,82% de los votos frente a su rival y líder de la ultraderecha lusa, André Ventura, que logró el 33,18%, según los resultados provisionales, ya que está escrutado el 99,20% y falta celebrar los comicios en tres localidades y varias asambleas de voto en algunos puntos, donde fueron atrasados hasta el 15 de febrero por las inundaciones.
Desde el primer momento, Seguro se colocó en el centro del tablero institucional como árbitro del sistema político, dejando claro que ejercerá una presidencia activa, pero responsable. Su mensaje fue inequívoco: presionará al Gobierno para que cumpla, exigirá resultados y sentido de Estado, pero hará todo lo posible por evitar disoluciones parlamentarias, bloqueos artificiales o crisis políticas inducidas. En un contexto de fragilidad social y climática, el presidente electo entiende que la estabilidad no es una concesión al poder, sino una obligación hacia los ciudadanos.
«No es tiempo de palabras vacías ni de disputas estériles. Es tiempo de proteger a las personas y de reconstruir lo que el agua y el viento han destruido», afirmó al dirigirse directamente al Gobierno, en uno de los pasajes más contundentes de su intervención. La referencia no fue casual ni retórica. Seguro habló con la autoridad de quien, incluso antes de asumir formalmente el cargo, ya estaba actuando como jefe de Estado en funciones morales.
Durante la mañana posterior a su victoria electoral en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el presidente electo pasó varias horas al teléfono con responsables locales para conocer de primera mano la situación sobre el terreno y el estado de los trabajos de recuperación.
Seguro mantuvo también contactos con los presidentes de las cámaras municipales de Alcácer do Sal, Montemor-o-Velho, Pombal, Golegã, Leiria y Arruda dos Vinhos, así como con el presidente de la junta de freguesia de Ereira, en el municipio de Montemor-o-Velho, que permanece todavía sin accesos terrestres. Este gesto, discreto pero significativo, refuerza la imagen de un liderazgo atento a la periferia y no encerrado en los despachos de Lisboa.
La gravedad del momento quedó subrayada cuando Seguro tuvo conocimiento de una nueva muerte en el municipio de Leiria, elevando a 16 el número de víctimas mortales causadas por las tormentas. El presidente electo manifestó su pesar y dirigió las condolencias a la familia de la víctima. Pero el discurso no se limitó a la dimensión climática y humanitaria. Hubo también política, y de la más delicada. En un gesto que sorprendió tanto a aliados como a adversarios, Seguro se refirió explícitamente a André Ventura, líder de Chega, la fuerza populista que marcó la campaña electoral, para afirmar: «Ventura dejó de ser un adversario en la noche electoral. A partir de hoy es un ciudadano más, con derechos y deberes, como todos los portugueses».
La frase, cuidadosamente construida, encierra una doble lectura. Por un lado, desactiva cualquier tentación de confrontación directa o de exclusión simbólica. Por otro, fija un límite claro: no hay enemigos políticos, pero tampoco privilegios ni excepciones. Es una manera de afirmar que el combate político termina en las urnas y que, desde ese momento, comienza la responsabilidad institucional como jefe de Estado.
El estilo del dirigente socialista recuerda a una tradición presidencial que privilegia la moderación y el arbitraje, más que la imposición. No hubo promesas maximalistas ni anuncios grandilocuentes. Hubo, en cambio, una apelación constante al deber, a la unidad y a la serenidad. «No fui elegido para dividir, sino para servir», dijo en otro momento del discurso, sintetizando una visión del poder más cercana al servicio público que a la revancha electoral y partidista.
Desde su residencia en Caldas da Rainha, donde trabajó durante todo el día, Seguro preparó también su transición inmediata hacia el centro del poder. Desde allí se desplazó directamente al Palacio de Belem para reunirse con el presidente de la República, Marcelo Rebelo de Sousa, en un encuentro que simboliza la continuidad institucional y el respeto por los tiempos del Estado. El líder socialista asumirá su cargo el 9 de marzo.
El discurso de victoria de Seguro no pasará a la historia por una frase épica ni por un giro ideológico radical. Pasará, si acaso, por haber sabido leer el país real: un país cansado de la crispación, herido por las catástrofes naturales y necesitado de liderazgo tranquilo. En tiempos de tempestad, el presidente electo eligió no alzar la voz, sino extender la mano. Y ese gesto, hoy, puede ser su mayor capital político.
