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Feijóo ante el test de Rorschach

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Que Alberto Núñez Feijóo llegará a Moncloa y que tendrá pesadillas sobre el apoyo de la ultraderecha populista ni se discute. La cuestión es cómo resolverá ese evento que, a Sánchez, en principio, le iba a quitar el sueño y que, haciendo de la necesidad virtud, terminó encamándole no solo con Podemos sino hasta con Bildu. Las cartas son las que son, lo importante es cómo resolver la partida.

El futuro de la política española, incluso de la democracia española, se asemeja cada vez más a una lámina del test de Rorschach, con su simetría bilateral, que nos devuelve los mismos problemas, reflejados en el espejo ideológico, con la esperanza de que alguien sea capaz de resolverlos con respeto democrático y sentido de Estado. A Sánchez, su pesadilla le fue tirando de la voluntad de poder hasta llevarle a extremos que difícilmente encajaban con la postura tradicional y racional de su partido.

Podemos era un partido outsider que asimiló el voto de los cabreados, de los amigos de romper la baraja, de los que piensan que todo da igual y que pueden votar echando la bilis sin consecuencias. Transversal ante los que se sienten perdedores. Poco a poco fue sacando la patita y la patita no era un núcleo irradiante ni tonterías de politólogo, sino una ideología más allá del comunismo puro, un experimento para transformar el sentido del estado español hasta convertirlo en una república popular a ritmo de reguetón o salseo. Sánchez derivó hacia donde quisieron, Sánchez traicionó a su partido y a los límites democráticos, Sánchez perdió hasta eliminándolos a ellos.

La lámina de Rorschach nos enseña que la situación simétrica está sobre el tablero. Las elecciones aragonesas, como antes las extremeñas, nos lo dejan claro. La izquierda está en retirada y es lógico porque han abusado tanto de la paciencia de sus votantes que están tomando de su celebrado jarabe democrático. La derecha suma, pero ¿cómo suma? Feijóo va a tener que lidiar con ese Vox exacerbado que Sánchez ha contribuido a crear y su mayor tarea ahora es dilucidar cómo va a hacerlo sin caer en la anomia moral de Sánchez, sin destrozar a su partido y sin mandar por el desagüe de la historia a la Constitución del 78, la más longeva de las que nos hemos logrado dar. Ese, y no otro, es el esfuerzo que le espera al Partido Popular. Que ganará las generales no lo discute nadie, lo importante es cómo gestionará esa victoria que estará condicionada.

Y es que Vox también sacará la patita en cuanto toque. De momento les ha ido bien sin arriesgar, con un par de chorradas y sin complicarse intentando gestionar nada. Es una estrategia claramente definida y tal vez convenga obligarles a dar la cara. Cuando se retraten veremos su verdadero rostro, que no es exactamente ni el de Trump ni el de Bardella, sino algo más casero e igual de tremendo, que no deja de latir en las ansias de los que, en último término y en la sombra, sostienen a tal partido. En realidad, no es que lo sostengan, es que lo conforman. Lo hacen de un modo camaleónico –¿acaso no se ve un camaleón en una lámina del citado test?– ya que van tomando de aquí y de allá, de Bannon y de Le Pen, sin importarles nada más que las posibilidades de crecimiento que provocan. Ellos son los que son. Siempre han estado ahí y, según han mutado, han ido echando a los primitivos fundadores, a los liberales que se les unieron y a cualquiera que quiera dotar al movimiento de algo más que la oportunidad de sorpasar o condicionar al Partido Popular. ¡Si hasta han propiciado un cisma en los obispos!

La pesadilla de Feijóo es segura y la forma de despertar de ella no está asegurada si no es por las convicciones. El narcisismo amorfo de Sánchez ha deteriorado a la democracia y ha hundido a una formación sistémica como es el PSOE. No es plan de repetir lo mismo. Es la hora de las convicciones y de los demócratas leales y no de los posibilistas. Lo digo porque a Feijóo le enviarán sirenas y tendrá que atravesar entre Escila y Caribdis y solo le quedará, como a Ulises, amarrarse él y toda su tripulación a la Constitución Española y a los principios de regeneración democrática y atravesar las aguas tempestuosas con dignidad y con convicciones. Al país le vendría bien que tuviera entre sus huestes una Circe que le explicara que más vale perder unos votos pasando al filo de Escila en vez de perder a todo el partido arriesgándose al torbellino de Caribdis. Ese mismo que se tragará a Sánchez para siempre. Ese que debe evitar también Europa amarrándose a los principios rectores de este continente que los nuevos hechiceros intentan desmontar.

En todo caso Feijóo no tiene otra cosa más importante que pensar que esta. Las tácticas pueden ser efectivas o no, la estrategia precisa de mente y pulso firme y un convencimiento a prueba de bombas en las bondades que nos procura la democracia liberal tal y como la entendemos. Es mucho mejor que pierda el sueño antes de llegar a Moncloa que tenga pesadillas según con quién y cómo tenga que compartirla. No caben las medias tintas. Un cierre de campaña no te da ni un voto y puede dejarte en casa unos cuantos.

Alguien tiene que contestar bien al único test, el de Rorschach, que es capaz de predecir las tendencias suicidas. Alguien tiene que ser capaz de preservar la democracia y de comprometerse a desandar los pasos peligrosos que se han dado en estos últimos años. Alguien tiene que ser lo suficientemente viejuno para recordar qué construimos y qué conviene preservar.















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