En la guerra de símbolos no hay casualidades
Un campo minado desde lo simbólico puede llegar a sacudir, tal vez, las mentes más débiles y manipulables. Es algo que suele suceder cuando la avalancha oportunista despliega sus «turbinas» de guerra cultural, mientras del otro lado los vientos del norte son recibidos por conciencias «mansas».
Dicen que, en este mundo contaminado de tantas inexactitudes y mentiras, nada —absolutamente nada— es casual. Y resulta una afirmación tan verídica como provocadora. La batalla simbólica que hoy se despliega contra las naciones del sur se ejecuta sobre un tablero ajedrecístico desigual, arrogante y de propuestas abiertamente desideologizadas del nacionalismo.
No es algo nuevo. Lo alertó el ensayista e historiador Fernando Martínez Heredia cuando precisó que «gana cada vez más terreno a escala mundial la homogeneización de opiniones, valoraciones, creencias firmes, modas, representaciones y valores que son inducidos por el sistema imperialista mediante su colosal aparato cultural-ideológico.
«Una de sus líneas generales más importantes es lograr que disminuyan en la población de la mayoría del planeta —la que fue colonizada— la identidad, el patriotismo y sus relaciones con las resistencias y las revoluciones de liberación, avances formidables que se establecieron y fueron tan grandes durante el siglo XX. La neutralización y el desmontaje de los símbolos ligados a esos avances es, por tanto, una de sus tareas principales».
Sin dudas, se trata de una batalla imperialista que, en la mayoría de las ocasiones, no la realizan de forma explícita ni declarada, si no con un tono que camufla los juegos de intereses muy bien definidos. Detrás de aparentes «buenas voluntades» o videos «inofensivos», hay mensajes entre líneas suscritos desde cómodas butacas por tanques pensantes.
Sobre el tema leía hace pocas jornadas una frase certera y medular: «Ninguna guerra simbólica se queda en lo meramente simbólico. No hay colonización sin objetivo capitalista». La sutileza de esa guerra deja de ser una opción cuando las condiciones objetivas para los cambios parecen desatarse de forma definitiva. Justo ahí lo simbólico se radicaliza y se les presenta a las personas de la manera más cruda posible.
Quien lo ponga en evidencia que observe de forma detallada nuestro contexto, a partir del recrudecimiento de las amenazas de Estados Unidos a la Mayor de las Antillas. Mientras la administración Trump declara descaradamente a una pequeña Isla del Caribe como una amenaza inusual y extraordinaria para la primera potencia del mundo, en el plano de lo simbólico y cultural también redoblan sus apuestas.
Desde hace algunas semanas, a la luz de los acontecimientos recientes en Venezuela y del incremento de la arrogancia imperialista contra nuestro pueblo, intentaba escribir estas líneas. Pero no fue hasta hace poco que una imagen me precipitó a moldear el artículo.
Seguro ya algunos han visto la foto de cinco jóvenes cubanos portando gorras rojas con un mensaje repugnante: «Make Cuba Great Again» (Hacer a Cuba grande otra vez). ¿Les suena de algo?
Que esos muchachos utilicen la retórica clasista, monroísta y denigrante de la propaganda MAGA impulsada por Trump: Make America Great Again, con el objetivo de pedir cambios en Cuba, es la expresión más baja del antipatriotismo.
Usted puede estar o no de acuerdo con determinado pensamiento o corriente política. Es lícito. Pero asumirse como intermediario propagandístico de los que hoy afirman públicamente estar dispuestos a invadir esta Isla, de los que asfixian con aranceles hasta el último sorbo de combustible para el funcionamiento, por ejemplo, de un hospital, es, cuando menos, un acto de oportunismo cínico en cualquier circunstancia.
Es ponerse al lado de quien, con su arrogante superioridad, ata de manos y pies a un país, lo reduce a escaso comercio, a cero combustibles, para después mostrarse como un «alma caritativa» y «noble» que se preocupa por el pueblo. Eso intenta hacer con desfachatez la actual administración estadounidense y, mientras intensifica las acciones, desde dentro un grupo reducido busca apoyarlo en su trabajo sucio. ¿Casualidad? Por supuesto que no.
Apuestan al cansancio, al desespero inducido, a un estallido que conduzca a un contexto de enfrentamiento como el que quisieron modelar el 11 de julio de 2021. Al juego, lamentablemente, se suman voces ínfimas a lo interno que nada tienen de casual.
¿Por qué pedir una invasión extranjera para Cuba? Una afirmación, además, que puede ser sancionada con penas de cárcel en cualquier país del mundo, incluidos los dominios de los paladines farsantes de la «democracia»: Estados Unidos.
¿Por qué cinco jóvenes posan en un video con una gorra trumpista, justo ahora, que la sed de guerra y crimen ronda las mentes de la Casa Blanca? No se trata de algo sutil ni casual ni neutral ni apolítico. Se llama guerra de símbolos en un contexto de radicalización de las amenazas externas. Y eso, aunque parezca un «juego de adolescentes», lleva implícito una lectura clara, de repulsión y oportunismo.
