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Curro Vázquez y Pablo Aguado ponen palabras a lo que casi nunca se cuenta

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La Fundación Cajasol vivió una tarde de aforo al límite: la Sala Antonio Machado agotó localidades para una edición singular de sus “Mano a Mano”, la 74ª, con un detalle que marcó el pulso del encuentro: por primera vez desde 2007, la conversación la protagonizaron dos matadores, Curro Vázquez y Pablo Aguado.

El periodista José Enrique Moreno condujo el acto “De torero a torero” con preguntas que buscaban el interior del oficio, no el adorno. Enseguida quedó claro lo que Aguado resumió con precisión: “Entre los toreros hablamos un idioma distinto”. Curro lo dijo a su manera, más de taller que de escenario: “Siempre me ha gustado hablar y estar con los toreros mayores, con los banderilleros, de ellos aprendíamos mucho”.

Curro llegó con el aire del que aún se prepara. No era un gesto simbólico: venía de reaparecer el 12 de octubre en el festival ligado a la memoria de Antoñete, su amigo íntimo. “Aquello fue una locura de un cuerdo, una insensatez, pero mereció la pena”, confesó, antes de rematar con humor de torero viejo: “Morante siguió hablando del festival y me di cuenta que debía de estar… y no me caí”.

Al hablar de preparación, Curro desnudó una época y una mentalidad: “Los de mi época nos poníamos a andar, a pensar, a jugar al frontón, a torear de salón…”. Moreno se quedó con esa palabra —pensar— y Aguado la llevó a un terreno más íntimo: “Es tan bonito torear como pensar el toreo”. En esa misma línea, el sevillano dejó otra sentencia de las que ordenan cualquier debate sobre el estilo: “Es que lo clásico no pasa de moda”.

 

El diálogo se adentró en la figura del apoderado y ahí Curro habló sin pose, con el oficio aprendido a golpes de despacho y carretera: “Tienes que pensar que al que va a torear le gusta lo mismo que a ti, tienes que ponerle el toro que le va, defenderle económicamente…”. Y añadió una idea que retrata su forma de mandar: “No se me ocurre decirle que se juegue la vida, pero sí la mejor manera de aprovechar un toro concreto”. También desveló el origen de esa etapa: “Nunca pensé en ser apoderado… fueron mis hijos los que me animaron a apoderarlo”.

Cuando salió el nombre de Morante, Aguado se situó con respeto, pero sin aceptar coronas prestadas: “Ha sido único, impresionante, ha reunido todas las cualidades que puede tener un torero”. Y, al mismo tiempo, marcó distancia con una frase reveladora: “No me gusta sentirme como relevo, nadie sustituye a nadie”. Curro cerró esa idea con una precisión de escuela: “No se puede sustituir ni copiar, pero sí aprender”.

Hubo también un tramo especialmente valioso sobre el miedo y la psicología del oficio, contado sin dramatizar: “Cuando estamos en un patio de caballos lo vemos aquello imposible”, admitió Aguado. Y completó la foto mental con una de esas verdades que el aficionado intuye pero agradece oír: “Delante del toro se disipa todo”. Curro, que conoce el juicio del tendido como pocos, se permitió reírse de sí mismo: “Raro era el año que no me estaban retirando…”.

La conversación cerró con el toro y su tiempo. Aguado reconoció el trabajo ganadero con una frase que sonó a gratitud: “Los ganaderos han conseguido algo increíble y es que embista un toro tan grande como el sale hoy en día”, aunque dejó su matiz crítico sobre tamaño y desproporción. Curro puso perspectiva histórica: “El toro ha cambiado mucho… el más grande, el de más pitones es el de ahora, pero ahora se ha conseguido un toro que humilla, que repite más”. Y así, sin frase hecha ni solemnidad, quedó retratada una tauromaquia entendida como expresión cultural: la que se explica mejor cuando hablan quienes se ponen delante.















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