¿Tres años perdidos?
Una de las pocas cosas que nos quedaron claras después de las muy sorprendentes elecciones generales de 2023 era que se había esquivado la bala de un gobierno estatal de coalición entre PP y Vox. Cuatro años más de Sánchez por delante habrían, forzosamente, de unir el voto útil en torno al aspirante que se acababa de quedar a las puertas. Génova sabría manejar la condición de «ese-partido-al-que-hay-que-votar-para-echarlos». En 2027, el escenario parlamentario debería facilitar si no una mayoría absoluta, sí al menos un apoyo externo cómodo que permitiera ejercer el poder ejecutivo sin pagar hipotecas demasiado onerosas.
Menos mal que no me gano la vida como consultor político.
Transcurridos casi tres años, el panorama es otro muy distinto. Anestesiado por ese argumentario que le recuerda que se encuentra mucho mejor que sus partidos homólogos ante la ola de derecha populista que recorre Occidente, el PP ha dejado el río correr sin saber construir un discurso frente a esa realidad. Su defensa de los resultados en Aragón podía resultar válida para unas elecciones previstas. En unas sacadas de la chistera sobre una premisa no cumplida, no tienen medio pase.
Cuatro años después de la llegada de Alberto Núñez Feijóo a Génova 13 seguimos sin saber demasiado bien qué le parece Vox, qué piensa de sus recetas, por qué ese partido sería perjudicial para los intereses comunes frente a la oferta, queremos creer que alternativa, que él nos presenta.
Cuando la formación de Abascal comenzó a entrar en las instituciones a partir de 2018, el aparato de creación de opinión del Gobierno empezó a trazar un relato basado en la ausencia de diferencias entre ambas formaciones. En admirable sincronía, los altavoces insistían en que el PP compraba el discurso de Vox y era indistinguible de la ultraderecha. Mucha lágrima derramada por el antiguo partido de estado que, desde hacía décadas, esas mismas voces situaban como «los más reaccionarios de Europa», sin enseñar jamás el trabajo científico del que sacaban la conclusión. Si no había extrema derecha en España, repetían, era porque ya estaba toda bajo cobijo popular.
En aquel entonces, Pablo Casado cometió algún error de bulto. (Empezar a hablar de ellos como fuerza emergente cuando todavía estaban fuera de las instituciones, por ejemplo). Pero justo es reconocer que su réplica al discurso de Abascal en la moción de censura que éste presentó en 2020 marcó el tono, por desgracia nunca repetido, de lo que debería haber sido el discurso del PP frente a Vox.
Encarnar en la realidad esa caricatura antes descrita era una tarea harto complicada. Pero en Génova lo han conseguido. No sabemos si la intervención de Vito Quiles y Los Meconios en el cierre de campaña aragonés entra en la categoría de lo importante. Pero sí resulta muy ilustrativo. Sumemos otra anécdota reveladora: una diputada interviniendo mientras sostiene una baliza. No es ya el hecho de circunscribirse a la «política de la performance» más ramplona. Es hacerlo, además, imposibilitando cualquier atención al discurso. ¡Pocas cosas distraen más al ser humano que una luz que parpadea!
La vida pública española es hoy un cotolengo al que el PP no ha renunciado a contribuir. Basta con otear el panorama para concluir que la «política para adultos» que se nos prometió en su momento no está en sintonía con el signo de estos tiempos. Pero eso no faculta a condenar a la orfandad a aquellos que sólo quieren que este país deje de vivir en «Alguien voló sobre el nido del cuco».
Los populares celebraron hace apenas unos meses un congreso del que salió una idea-fuerza –no gobernar en coalición con Vox– y un retoque en el organigrama que situó algunos nombres en la primera línea que arropa al presidente de la formación. Ninguna de las dos cosas ha sobrevivido bien al paso de este (poco) tiempo. Uno diría, de hecho, que aquel hito del partido ha quedado, poco más de medio año después de su celebración, en agua de borrajas.
Estos días de tanteo negociador entre Mérida y Zaragoza no presagian ningún cambio. El PP sigue, literalmente, sin saber qué hacer. Queda año y medio. Se han perdido casi tres. Los resultados están a la vista.
