Desnudos y montados en un caballo, bailando cueca descalzos sobre un mapa de América Latina con botellas rotas de Coca-Cola como protesta por la Conquista y la desaparición de cientos de personas, o irrumpiendo en traje de baño en un acto de la naciente democracia donde los “homosexuales por el cambio” no eran bienvenidos, los escritores Francisco Casas y Pedro Lemebel dejaron una huella efímera y a la vez duradera como el colectivo Yeguas del Apocalipsis. Hoy Casas llega solo al Museo de Bellas Artes, donde fueron censurados y debieron accionar afuera como forma de protesta. Lemebel falleció en 2015 y hace un par de años lo siguió la compinche de ambos, Carmen Berenguer, quien decía ser la tercera yegua y colaboró con ellos en varios performances. “Nunca habíamos ido a una galería, veníamos de la calle, de la pobla”, los barrios periféricos, de donde venían, señaló Casas en la charla previa a la exposición. Sus acciones eran complejas, pero con una narrativa clara en la que cualquiera que mirara podía sentirse interpelado en ese tiempo difuso de fines de la dictadura en Chile y comienzos de una transición democrática. Según Casas, las acciones no eran tan planeadas y surgían al calor de las conversas en un bar, en medio de discusiones acaloradas. En un principio, eran “bromas” dirigidas a reconocidas figuras literarias. Luego fueron haciéndose más elaboradas y convirtiéndose en intervenciones urbanas para las que buscaron aliados en la comunidad de protección a los derechos humanos, artistas de la contracultura y feministas.Estrellas en el pavimentoDos piernas femeninas contorneadas, con tacones, medias y faldas de telas vaporosas, al centro de una estrella, paradas sobre adoquines. Una estrella a la que, minutos después, le prenderán fuego. Otras piernas rodean la escena. La foto en blanco y negro fue tomada por Ulises Nilo en el frontis del Museo de Bellas Artes de Santiago en 1990, primer año de la transición. Las Yeguas del Apocalipsis se caracterizaron por la irreverencia, el humor, la precariedad, la furia y la fuerza política de sus acciones. Su nombre evocaba a un gentío, aunque en la realidad eran dos, más dos o tres personas que las ayudaban y acompañaban. Estrellada II fue su reacción por haber sido censurados en la gran exhibición Museo abierto que se realizó al regreso de la democracia. El video Casa particular, en el que Casas y Lemebel habían trabajado con la videoasta Gloria Camiruaga en un prostíbulo travesti, fue retirado de la muestra porque una de las travestis mostraba su sexo, o más bien lo escondía en la ducha. En el mismo video, las Yeguas, junto a la regenta y trabajadoras del burdel, despiden el año, el último de dictadura y el último del negocio en que trabajaban, compartiendo una cena de pan y vino en un mesa larga; a sus espaldas, se ve un afiche de la pintura de Leonardo da Vinci. Si una última cena homosexual fue insoportable en el París de los Juegos Olímpicos de 2024, no es difícil imaginar el escozor que provocó en una sociedad pacata, en una transición hecha de pactos y silencios, mientras el dictador, Augusto Pinochet, seguía al mando del Ejército. En sus acciones, las Yeguas siguieron fustigando el statu quo de los primeros años de posdictadura.Museo Nacional de Bellas Artes, enero de 2026De vestido negro y sandalias doradas, Pancho Casas posa para el lente de Alexis Díaz. Faltan minutos para la inauguración. Pide ir al bar del frente para responder la entrevista. Fuma, pide champán, espera a sus amistades. No está de acuerdo con las preguntas. Le han preguntado cientos de veces cuándo se conocieron y cómo empezaron. Esto no empezó ni terminó. Por qué nadie pregunta qué estaban leyendo. No preparaban las acciones ni invitaban gente (aunque en la exhibición figuran algunas invitaciones). Que al ver la exposición, antes de sentir o emocionarse, tuvo la impresión de estar en su lecho de muerte. “Todavía no tengo casi ninguna emoción al respecto, sino más bien desconcierto”, explica. Poco antes, posando para las fotos, se regocijaba al ver en el museo su rostro maquillado y joven, y en el exterior, el lienzo de su exhibición al lado del de Roberto Matta. “Nunca pensé que iba a ver colgado en la fachada del museo ese lienzo de las Yeguas del Apocalipsis… ni en las peores pesadillas ni en los mejores buenos sueños”, dice.DesbocadasEl título de la muestra alude de inmediato a la boca, a lo que está fuera de control, a caballos, en este caso, yeguas. En otra de sus conocidas acciones, La refundación de la Universidad de Chile (1988), llegan desnudos y montando a caballo a la universidad en medio de una toma estudiantil. Francisco Casas vivió en México durante diez años; también ha vivido en Perú y en la costa chilena. Conoció a Lemebel a mediados de la década de 1980 en los circuitos literarios y culturales que prosperaban alrededor de la Sociedad de Escritores de Chile y los bares aledaños. Se niega a definir a las Yeguas como un grupo que estuvo activo entre 1987 y 1993, periodo en que realizaron varias acciones. “Lo que sí hubo fue un final, pero nunca hubo un comienzo. Es imposible que haya un comienzo. Es una desterritorialización, una construcción de rizoma”, señala. “No sabíamos qué era una acción de arte ni conocíamos la palabra performance. Para nosotros eran mucho más importantes los desaparecidos, los casos de tortura, las discriminaciones, los crímenes homofóbicos y lesbofóbicos que pretender inscribirse en una historia del arte. Nunca pensamos ser artistas. Sí, escritores”.Entre los autores que compartía con Lemebel, Pancho Casas menciona a Baudrillard, Foucault, Félix Guattari, José Donoso y Diamela Eltit, quien fue gran amiga e inspiración para la dupla. Los marcó especialmente que usara su cuerpo como página en blanco. Los textos sobre el barroco les hicieron pensar cómo se vestirían. No les costaba conseguir los accesorios, pues Lemebel vendía objetos, ropa y postales, incluso en las veredas. Más adelante, con las lecturas, acciones y contacto con las feministas chilenas, Casas llegó a una concepción de lo que habían hecho: “Entiendo la performance como proponer el cuerpo como escritura. No es para ver, es para leer. Si tú ves, te quedas con la imagen de dos maricones que se pasearon a caballo, pero si estás leyendo, pensando qué están diciendo, cuáles son los códigos, los signos, los significantes, ya estás construyendo una obra de arte”. No se pensaba, se hacíaLas intervenciones de las Yeguas ya son míticas. Fotografías de sus obras son parte de la colección de los principales museos del mundo. Conocida es la anécdota que vuelve a contar Pancho Casas días antes de esta exhibición: que cuando visitaron el MOMA de Nueva York en la década de 1990 no tenían dinero para entrar. Hoy las fotos de Las dos Fridas, en que posan imitando la pintura de Kahlo pero con un guiño al sida, y La conquista de América forman parte del museo.La transgresión contracultural era lo que los movía y motivaba, además de las luchas políticas desde las disidencias. En 1997 fueron invitados a la VI Bienal de La Habana, donde conocieron a Gerardo Mosquera. Varios años después, con Lemebel ya fallecido, a Casas se le ocurrió proponer esta retrospectiva al museo. De inmediato, pensó en el curador cubano, quien aceptó el difícil desafío de armar una exhibición que diera cuenta de acciones efímeras, muchas de ellas sin registro alguno. No tenían cámaras; los rollos eran caros y el revelado imposible para ellos. “No teníamos ni para la combi”, dice Casas. Después conocieron a fotógrafos como Paz Errázuriz, Pedro Marinello y varios más que los retrataron. Mosquera se las ingenió dejando el espacio en blanco y el relato, o los recortes de periódico, a veces como único testimonio. “No se preocupaban por el registro ni la trascendencia, sino por el impacto en vivo”, señala el curador.“Tampoco entendíamos los riesgos que corríamos. No alcanzábamos a darnos cuenta que nos podían llevar presos, que nos podían sacar la reconcha de su madre. Por ejemplo, cuando fuimos a bailar sobre el mapa de América Latina lleno de vidrios, no vimos las consecuencias de cortarte los pies y no poder caminar no sé por cuánto tiempo. No se pensaba, se hacía”, dice Casas. Sus amistades empiezan a llamar y a llegar, faltan pocos minutos para la inauguración.Insiste en algo clave del trabajo que realizaron y las razones por las que sigue resonando: la relación con los otros, crear un tiempo-espacio distinto. “Toda la gente nos pregunta qué hacíamos, cómo nos vestíamos, cuándo empezamos. Pero nadie nos ha preguntado qué leíamos en esa época, de qué alimentabas el cerebro, qué hacía que cambiara tu forma de pensar para incluirte en un otro”. Habla de la poeta Carmen Berenguer, su gran amiga y cómplice con la que colaboraron en varias acciones y que también aparece en fotos y videos en la exhibición. La directora del museo Varinia Brodsky habla del espacio como “un territorio de disputa simbólica” donde algunos cuerpos y voces quedan fuera. Las voces y cuerpos de las Yeguas ahora ingresan, acompañadas de un gentío. “Es fundamental para Chile, para la historia de Chile, para la historia y el arte de Chile, y para el triunfo de las minorías. Entiéndanse, LGBT; entiéndanse, clases populares; entiéndanse, clases indígenas. Es realmente un triunfo, un triunfo democrático. Se han demorado casi cuarenta años, pero acá estamos”, dice Casas, reforzando la anomalía de clase, sexual y política que él y Lemebel representaron.El acto de apertura es una ovación total, el espacio está repleto. Pancho o Panchita, como le llaman indistintamente, se pone una túnica blanca con la imagen de Pedro travestida de virgen. Luego canta a capela, le gusta cantar. ¡Compañero Pedro Lemebel, presente!, grita y la multitud responde.Tu dolor dice: Minado.En la única instalación de la muestra, una sala recrea el ambiente de la acción de 1993 en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Sin saberlo ni haber oído mencionar la palabra performance antes, asistí a su última acción en Chile. Tu dolor dice: Minado.Escuela de Periodismo, Universidad de Chile, Belgrado 10Miércoles 8 de septiembre, 199320 horasRecuerdo haberme quedado horas y que estábamos en huelga. Sentados en el tétrico subterráneo con paredes falsas que hacía de comedor de la escuela de Periodismo, leyeron a torso desnudo los más de dos mil nombres de personas desaparecidas o ejecutadas que forman parte del Informe Rettig, redactado por una comisión especialmente nombrada al regreso de la democracia. El lugar donde estudiábamos había sido anteriormente cuartel general de DINA, la policía secreta.En la exhibición actual se reconstruye ese ambiente con las copas con agua que colocaron en el suelo, iluminadas por linternas; ellos mismos estaban iluminados por linternas, semejando una sesión de tortura. Sus voces vuelven a escucharse alternándose para recitar esos nombres, invadiendo el espacio y volviendo a hacerse presentes. Dan ganas de no salir del museo, de habitar un rato más ese no lugar rupturista y transgresor que creaban en sus acciones, poniendo el cuerpo, la voz y la vida.AQ / MCB