El monje de Montserrat y hasta ahora exarca (obispo) apostólico de los católicos de rito bizantino en Grecia, monseñor Manel Nin i Güell, afronta una nueva etapa al frente del histórico monasterio de Santa María de Grottaferrata (Italia), una abadía milenaria que se rige por el rito bizantino griego y que está directamente sujeta a la Santa Sede. En un encuentro con ABC, el religioso benedictino, que convirtió la frontera con la ortodoxia griega en un fértil punto de encuentro, repasa su trayectoria, los retos del monacato oriental, la acogida de los migrantes y el papel de la Iglesia en un mundo marcado por los conflictos y las desigualdades. Nin toma las riendas de Grottaferrata con el encargo del Papa León XIV de impulsar la renovación de este monasterio, referente eclesial, espiritual y cultural. —En el año 2016, Francisco le envió a Grecia y le hizo obispo; ahora, el Papa León XIV le quiere tener más cerca y le nombra abad del monasterio de Santa María di Grottaferrata, situado a las puertas de Roma. —Ha sido, sin duda, una sorpresa. Justo ahora se cumple una década desde que fui nombrado obispo en Grecia, diez años llenos de trabajo muy intenso y con dificultades. De algún modo, cuando el Papa te llama y te dice: «Has servido diez años en Grecia y ahora te pido que vayas a Grottaferrata», uno entiende que se trata de una nueva misión para intentar renovar un monasterio histórico, con mil años de vida, que siempre ha sido un punto de referencia cultural, espiritual y eclesial. Es un monasterio con una biblioteca extraordinaria, con una gran tradición editorial y con un trabajo de restauración de libros antiguos de los más importantes de Italia. A nivel eclesial, es un lugar en las puertas de Roma, por tanto, de alguna forma una presencia oriental junto al corazón de la Iglesia latina. Grottaferrata es, además, un lugar con una fuerte vocación ecuménica: fue fundado en el año 1004, cincuenta años antes del cisma de Oriente. Está, por tanto, antes de cualquier división, y puede ser un espacio privilegiado de diálogo con las iglesias cristianas de Oriente ortodoxas. — ¿Qué le ha encomendado el Papa León XIV? —El Papa me ha pedido que impulse la renovación del monasterio, porque la comunidad vive un momento de fragilidad: actualmente son solo cinco monjes. León XIII dijo hace más de un siglo que Grottaferrata era «una piedra preciosa engarzada en la tiara pontificia». Esa imagen la he hecho mía, y, de alguna manera, espero, con la ayuda de Nuestro Señor y de los hermanos, que Grottaferrata vuelva a ser esta piedra preciosa, referente de espiritualidad, de vida cristiana, de vida monástica, y también un lugar cultural. Quiere que vuelva a brillar con luz propia. — Montserrat y Grottaferrata son dos monasterios milenarios con tradiciones distintas ¿qué puntos de contacto tienen las dos abadías? —Entré en Montserrat hace cincuenta años. Desde 1984 hasta 2016 he vivido en Roma, primero en San Anselmo, la universidad y la casa general de los benedictinos. En 1996, pasé a vivir en el Colegio Griego, un seminario de Roma para seminaristas orientales católicos, y después, durante veinte años, del 1996 a 2016, fui rector del Colegio. Ir ahora a Grottaferrata es, de algún modo, volver a mis orígenes, dónde empecé hace 50 años. Respecto a las diferencias entre Montserrat y Grottaferrata, en lo esencial son monasterios, lugares de vida monástica, de acogida de peregrinos y visitantes, con mil años de historia y una gran experiencia espiritual acumulada. La diferencia está en la tradición: Montserrat es católica latina; Grottaferrata, católica bizantina. Allí la liturgia se celebra en griego y en italiano. —Para muchos fieles, las iglesias católicas orientales son poco conocidas. ¿Cuáles son sus principales diferencias respecto a la Iglesia latina? —Existen unas siete grandes tradiciones orientales, cada una con su lengua, su teología y su liturgia propias: bizantinos, siríacos, coptos, etíopes… Cada una tiene una rama católica en comunión con Roma y otra ortodoxa. Más allá de esa división, comparten la misma liturgia y los mismos sacramentos. El contenido teológico es el mismo; lo que cambia es la forma de celebrarlo, empezando por la lengua. —Usted ha defendido siempre la necesidad de preservar la identidad de las iglesias orientales dentro de la Iglesia católica. ¿Se ha respetado eso desde Roma? —Totalmente. Las iglesias orientales católicas están en plena comunión con la Iglesia de Roma. Ser oriental católico no significa latinizarse. Roma ha respetado nuestras tradiciones litúrgicas, teológicas y canónicas, incluido el clero casado. Nunca nos ha impuesto el celibato obligatorio. —¿Por qué cree que han caído las vocaciones en España? —En España no surgen vocaciones porque tengo la impresión de que las familias cristianas cada vez son menos. En los últimos 30 o 40 años España no solo se ha secularizado mucho sino que se ha descristianizado. Que hayan caído las vocaciones no es por el celibato. La raíz es la descristianización profunda de la sociedad. —¿Qué retos inmediatos se plantea como abad de Grottaferrata? —En primer lugar intentar conocer a los cinco monjes que encontraré en el monasterio. Ayudarles a ellos y a los que puedan llegar a reencontrar la tradición monástica propia a partir de una vida humana comunitaria y cristiana. Otro reto, como le avancé, es relanzar Grottaferrata a nivel cultural. Por último, como miembro de la Conferencia Episcopal Italiana, mi objetivo es recordar a los obispos italianos, que son más de 250, la importancia de la vida de los monjes.