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Los Chunguitos: «Siempre hemos sido más roqueros que Los Chichos»

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Los hermanos Taíno y Machote, alias de José y Juan Salazar, y su primo Jere (Manuel Salazar) estuvieron separados durante dos décadas y ahora vuelven con una gira por España, «Los Chunguitos. El Reencuentro. 50 + 1», la cual tendrá su próxima parada en la plaza de Las Ventas de Madrid el próximo 19 de febrero. Los tres músicos, historia viva de la música española en general y de la rumba flamenca en particular, acuden a la entrevista sin ocultar la euforia que sienten por una reunión que se produce tras un largo desencuentro entre los dos hermanos y su primo. El primero es expresarlo es Taíno: «Creo que este reencuentro es muy bonito y la verdad es que estamos muy felices y orgullosos por ello». Interviene Jere: «Era el momento de juntarnos los tres con verdaderas ganas, con amor y con mucha alegría y mucho ánimo para cantarle a nuestro público, a nuestra gente, que nos lleva siguiendo toda la vida. Creo sinceramente que es un momento precioso», y Machote los secunda: «Lo que hemos hecho ahora mismo ha sido lo mejor que hemos hecho en la vida, juntarnos los tres después de tantos años. Estamos muy contentos». Declararon que hay cosas de las que se arrepienten, ¿cuáles? Habla Taíno: «Mira, yo creo que el pasado hay que dejarlo ya porque es pasado. Ahora tenemos que mirar los tres al presente. Vivirlo, disfrutarlo y hacer feliz a la gente con nuestras canciones», y el Machote añade: «Exactamente. Amor, cariño, buen rollo… eso es lo primero». Y Jere lleva esa idea de borrón y cuenta nueva más allá del grupo: «Creo que no ya nosotros, sino que todo el mundo tiene que enterrar las rencillas bajo tierra y taparlas con los pies, con una pala o con lo que sea ¿me entiendes?, y que esas personas que se llevan mal se vuelvan a juntar y a perdonar, porque la vida es para perdonar y seguir adelante. Y lo único que tenemos que decir es que estamos muy contentos por ese concierto que vamos a hacer el 19 de febrero en Madrid, en el que estaremos con muchas personas, con muchos otros artistas, y en el que habrá muchas sorpresas».

Parte de la Movida

En los años de la Movida actuaron en Rock-Ola y en el programa de televisión «La edad de oro», conducido por Paloma Chamorro. ¿Qué tal se llevaron con los grupos de la modernidad? «Nos llevábamos muy bien con ellos –responde Jere–, con toda esa gente que eran punks y a los que les encantaba nuestra música. “Nos encanta vuestra música”, nos decían esos grupos. Y siempre nos hemos llevado y nos hemos sentido admirados por ellos». ¿Y cómo recuerdan aquellos 80 tan salvajes? «Bueno, aquellos años fueron regular –señala el Machote–, pero la música estaba muy bien. Creo que fue una época muy bonita y que había grandes artistas y se hacía muy buena música y muy buenas canciones». Al hilo de esa afirmación, les digo que si miramos a esos años da la sensación de que la música era mucho más rica en España que ahora. Convivían la canción melódica y romántica, la canción de autor, el flamenco, la rumba, el rock, el pop, el heavy… había mucho donde elegir, mientras que hoy día vivimos sometidos por la latinidad: rap, trap, reguetón... ¿se ha empobrecido la música? «La música de ahora no es como la de antes –dice Machote–, es diferente, claro, pero los tiempos cambian y sigue habiendo gustos para todo», y Jere añade: «Pero sí es verdad lo que dices, que la música que había antes no es la misma que ahora y que no se puede comparar».

«Juntarnos los tres después de tantos años ha sido lo mejor que hemos hecho en la vida

Les señalo que mucha gente no sabe diferenciar a Los Chunguitos de Los Chichos (grupo también histórico de la rumba flamenca y ya desaparecido), que, de hecho, los confunden, ¿cómo les ayudarían ellos a diferenciarlos, cuál sería el sello de cada uno de esos dos grupos? «Bueno, las canciones son distintas, claro –afirma Taíno–, y además nosotros siempre hemos sido más roqueros que Los Chichos. Pero, aparte de eso, somos muy buenos amigos, porque han vivido siempre al lado nuestro y es como si fuéramos hermanos», y Jere establece un símil interesante: «Los Chichos y Los Chunguitos es como si fueran el Real Madrid y el Barcelona, entonces es difícil desconectar uno de otro». Ambas formaciones se convirtieron en un referente para el mundo marginal y carcelario; sobre todo, por la inclusión de sus canciones en películas señaladas del cine quinqui, como «Perros callejeros II: busca y captura» (José Antonio de la Loma, 1979) y «Deprisa, deprisa» (Carlos Saura, 1981, que se alzó con el Oso de Oro de Berlín a la mejor película). ¿Qué suerte habrían corrido ellos sin ese público? «Ese público fue el que nos abrió las puertas a la fama –sentencia Jere–. Ellos fueron los primeros que nos siguieron y apoyaron, y siempre han estado ahí con nosotros». Machote: «Eran dos bandas sonoras maravillosas. “Soy un perro callejero” y “Me quedo contigo” fueron número uno y el meter esas canciones en esas películas nos dio mucho nombre y mucha fama». El haber endulzado la vida de gente que estaba en la cárcel es algo muy hermoso: al igual que Los Chichos, sus canciones les alegraron la existencia a personas que tenían biografías muy duras: «Los Chunguitos y Los Chichos siempre hemos cantado a la verdad –dice Taíno–, a lo que pasa en la vida, a los problemas, al amor, al desamor, y por eso esas canciones llegan tanto a las almas y al corazón de la gente».

«Nos llevábamos muy bien con los grupos punks de la Movida, les encantaba nuestra música»

Los Chunguitos atesoran más de 30 discos de creación, una barbaridad. ¿Cómo les ha dado tiempo a vivir y a cantar tanto? Machote: «Porque somos cantantes y lo nuestro es la música. Si no cantamos, no vivimos. Y nos gusta muchísimo, además», y Taíno añade: «Y la rumba es un género eterno, no se puede acabar en la vida. Jamás. Es la alegría de España. Es como el flamenco, que tampoco se puede acabar en la vida». Ellos se sienten marca España: «Toda nuestra gente, nuestros seguidores –afirma, orgulloso, Jere–, dicen que somos patrimonio de España», y Taíno remata: «La verdad es que nos sentimos muy queridos en toda España. En el norte, en el sur, en el este y en el oeste. Allí donde vamos nos aman».

El eco de un puñal

por Javier Menéndez Flores

Quema tantísimo la sangre que así pasa: las palabras se presentan igual que hachas primitivas y el corazón se aprovisiona de tormentas y llora el cuerpo entero. Cantar es celebrar una alegría sin contornos pero es también vomitar litros de pena, esa que se queda atorada en la garganta como la espina de pescado o el hueso de pollo que se vengan de su muerte matándote. Y sonaba y aún suena en las cárceles de esta España nuestra un hilo musical hecho con retales de tragedia en estado puro, mientras sus habitantes, desprovistos de fuscas y bardeos, juegan a intuir las nubes o las estrellas al otro lado de unos muros que hacen oídos sordos a las súplicas. Ay qué dolor, ay qué dolor, ay qué dolor.

Badajoz y Vallecas estaban condenadas a entenderse y así fue como unos hermanos, primos lejanos de los sioux, se dedicaron a ejercer de niños salvajes cazando lagartijas para cortarles el rabo y ver cómo bailaba después de muerto. Y encendían hogueras en el paraíso inverso de los descampados y apedreaban con furia a los trenes, esos dragones de hierro y alarido que jamás descarrilaban. Y qué fácil era reírse casi por cualquier cosa y arrancarse del alma una canción con la misma frecuencia con la que se respira. Y en las tabernas de la Plaza Mayor de Madrid, bajo la mirada atentísima de Luis Candelas, el arte era morirse de frío o jartarse de calor, pero de aquellos días insustituibles viene este minuto de vuelta a los ruedos y esta resurrección del cóctel estupefaciente de la rumba flamenca y la canción melódica. Ay, mi amor, dame veneno que quiero morir, dame veneno.

Ni José Antonio de la Loma ni Carlos Saura, que en paz descansen, eran gilipollas, y por eso les metieron a sus películas el aroma a fracaso y a talego que estos perfumistas de los suburbios creaban con la habilidad de Jean-Baptiste Grenouille. Y Paloma Chamorro, aquella jipi de pelo cardado y boca de fresa, les regaló su escaparate de oro y en Rock-Ola, templo con desconchones de la modernidad, torearon de salón y tuvieron que abandonar el sitio por la puerta grande.

Taíno, Machote y Jere llevan un millón de burbujas dentro y cuando pisan los escenarios son como un tumulto de confeti, y así es imposible no levantarse de la silla con la sonrisa bien ancha y golpearse las manos hasta el daño. Y se desgañitan los tres hombres morenos y recios a la vez que sostienen «yo no te puedo dar riqueza, mira, / solo te puedo dar amor, / te quiero con todas mis fuerzas, / eso bien lo sabe Dios». Los chicos sí lloran, qué coño, porque no se debe represar lo que a gritos pide salir.

España tiene la torre del oro de su lengua y el orgullo de un titán, por más que sea un titán asaz indolente. Y la raqueta invencible de un murciano y la sabiduría emocionante de Barbacid y el tesoro para siempre de las canciones de Robe y una gastronomía sin rival y esa alfombra roja de Amancio Ortega que nos lleva directos a la Super Bowl, donde los hispanos se golpean el pecho y le dan un corte de mangas al delirio a ritmo de reguetón. Y España tiene, además, a Los Chunguitos, que por mucho que amenacen con marcharse siempre vuelven, pues son eternos. Y por la calle abajo pasa cada día la mujer que quiero y al mirar sus ojos, ay, de dolor me muero. Pero si me dan a elegir, vida mía, entre tú y la isla de Montecristo, me quedo, sin pensarlo un segundo, contigo.















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