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La ansiedad ya afecta a uno de cada cinco menores en España

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Durante años, a muchos niños se les ha etiquetado rápidamente en función de lo que aparentaban: “es tímido”, “se pone nervioso”, “es muy sensible”, “son cosas de la edad” ... y a veces lo eran. Pero cada vez con más frecuencia, detrás de esos signos hay algo más profundo: un estado de alerta interior que el niño no sabe nombrar, pero que vive por dentro con una intensidad desproporcionada, señala un informe de Colegios RC.

Actualmente, la ansiedad es una de las grandes preocupaciones en salud mental de la infancia y la adolescencia. Los datos del Ministerio de Sanidad y estudios nacionales apuntan a que entre un 10 % y un 20 % de los menores en España presenta síntomas compatibles con ansiedad. Y, tras la pandemia, las consultas infanto-juveniles han crecido de forma notable, especialmente por preocupación excesiva, miedos persistentes, problemas de sueño y somatizaciones.

Lo que estamos viendo es un cambio de escenario. La infancia actual crece en un entorno exigente, acelerado y, a menudo, demasiado ruidoso. No se trata solo de que haya más “cosas” pasando, sino de que el niño vive expuesto a demasiados estímulos, demasiadas expectativas y poca pausa interior para procesarlo. Y ahí la ansiedad encuentra un terreno fértil: cuando el mundo corre más rápido que la maduración emocional de la persona.

La infancia y la adolescencia de hoy se desarrollan en un contexto que incrementa la vulnerabilidad a la ansiedad. La ansiedad infantil y adolescente no crece porque los niños sean “más débiles”, sino por una cultura de rendimiento y evaluación continua; autoexigencia temprana y miedo a no estar “a la altura” (en deportes, en estudios, en lectura, en amigos...); hiperconexión digital que mantiene la mente activada y dificulta el descanso; comparación constante en redes que fragiliza la autoestima; agendas saturadas con poco espacio para el juego, el aburrimiento y la vida interior; adultos a menudo cansados y con menos disponibilidad emocional por la presión del ritmo cotidiano; y un mensaje social que empuja a aparentar y “tener” más que a construirse desde el SER. En ese clima, muchos niños, todavía sin herramientas de regulación suficientes, viven en alerta y terminan expresándolo en el cuerpo, en la conducta o en la escuela.

Por eso, el acompañamiento adulto es tan decisivo: debemos ser faro, ofrecer estructura, límites, descanso, conversación, sentido. Ayudarles a volver a lo esencial. Y recordarles, con hechos, quiénes son, y que su valor está antes que sus resultados.

Cuando el calendario escolar aprieta, la ansiedad se dispara

Hay momentos especialmente sensibles: final de curso, exámenes, entregas, y en Bachillerato la preparación de la PAU. En esas semanas, el cuerpo y la mente se tensan. El problema es que la ansiedad no suele presentarse como “ansiedad”. Rara vez un niño llega diciendo “estoy ansioso”. Llega con señales como dolor de tripa recurrente antes de ir al colegio, bloqueos ante el estudio, dificultad para dormir antes de una prueba, llanto inesperado, irritabilidad o “apagón emocional”, miedo intenso a fallar aunque haya buen rendimiento...

La ansiedad, en sí misma, es una emoción normal: activa el organismo y nos prepara para un reto. El punto de inflexión llega cuando esa activación se vuelve desproporcionada, se mantiene en el tiempo y empieza a interferir en la vida del niño: su descanso, su aprendizaje, su autoestima, sus relaciones.

En adolescentes, la ansiedad muchas veces se disfraza de irritabilidad, discusiones o aparente pasotismo. A veces no es desinterés: es defensa. Es una forma de protegerse cuando se sienten desbordados.

En los más pequeños, la ansiedad suele hablar desde el cuerpo. Y aquí es donde muchas familias se confunden, porque buscan una explicación médica (lógica) cuando lo que hay debajo es emocional.

¿Cuándo pedir ayuda profesional?

Hay una idea sencilla que suele orientar bien: los nervios pueden ayudar; la ansiedad que paraliza, no.

Conviene consultar con un profesional cuando la reacción es desproporcionada respecto al reto, los síntomas se mantienen varias semanas, interfieren en la vida cotidiana (sueño, apetito, colegio, amistades), el niño evita situaciones necesarias para su desarrollo.

Sentir nervios antes de un examen puede ser sano, enfrentarse a cierta ansiedad, también. No poder dormir durante días, bloquearse de forma sistemática o vivir con miedo constante es otra cosa.

La detección precoz marca una diferencia enorme. Cuando se ve a tiempo, se puede intervenir con estrategias de regulación emocional, reforzar la autoestima y enseñar herramientas de afrontamiento que acompañarán al niño durante toda su vida.

Pero hay algo aún más importante: la ansiedad infantil muchas veces es un problema de seguridad interior. Para acompañar a nuestros hijos, ellos no necesitan adultos perfectos. Necesitan adultos presentes: que miren, que sostengan, que pongan palabras, que den estructura y calma. En infancia, escuchar y sostener no es un lujo: es una responsabilidad adulta. Necesita sentir que su mundo no depende de un resultado, una nota o un “estar a la altura”.

En este punto, la alianza familia–colegio es decisiva. La observación compartida en distintos contextos (aula, hogar y entorno social) permite comprender mejor lo que ocurre y actuar de forma coordinada. Desde el Departamento de Orientación de Highlands School Los Fresnos insisten en que la comunicación fluida entre padres y educadores es un factor protector: a veces el niño muestra señales en casa que no aparecen en el aula, y otras ocurre justo al revés. Solo compartiendo la información podemos acompañarle de forma más ajustada e integral.

Detectar a tiempo puede marcar la diferencia entre un malestar pasajero y un problema que condicione el futuro emocional del menor. La buena noticia es que hay margen: cuando familia y escuela miran juntas, se interviene antes y mejor. Por eso, si vemos señales repetidas —en el cuerpo, en el sueño, en la conducta o en el colegio—, no conviene normalizarlas ni dramatizarlas: conviene atenderlas. Porque la ansiedad no se resuelve con presión, sino con seguridad, acompañamiento y criterios claros.















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