Los reflejos, la IA y otras mil y una historias de José María Sicilia
Noche tras noche, Sherezade se refugiaba en los embelesos de historias y cuentos para que el rey no la matase. Tras el ocaso, elegía la palabra y sus fascinantes derroteros como escudo, interrumpiendo las narraciones al amanecer, y así haciéndose con la intriga de su esposo. Algo que le mantenía viva, y también una estrategia que le llevaría, tras 1.001 noches, a hacerse con el amor del rey. José María Sicilia (Madrid, 1954) también fue cautivado por la hipnótica Sherezade. Pues dice haber trabajado, desde 1991, con «Las mil y una noches», libro al que hace referencia el título de su nueva exposición. «En esta obra se cuentan historias para no morir. Si no las cuentas, desapareces. Igual que las bibliotecas», explicaba ayer el artista, durante la presentación ante la prensa de la muestra, y al mismo tiempo que entraba en una de las bibliotecas más curiosas del centro de Madrid. Es la que se alberga en el Palacio de Liria, mansión del siglo XVIII que hoy funciona como casa museo de la Casa de Alba. Repleta de altas estanterías, con tomos, escritos y correspondencia de toda clase, ahora cuenta con una historia más. Esta vez, una creada por Sicilia, y que sirve como reveladora introducción de «Noches y días», la exposición que acogerá el Palacio hasta el 31 de mayo.
Atractivo desconcierto
«Cuando me abrazas», «No me amenaces» y «Catarí, Catarí» son las obras que inician el recorrido en la citada sala, y que son parte de la serie «La canción del niño en la oscuridad». «Las hice como una forma para reunir historias de gente que he amado: escritores, poetas, músicos, familiares... Hay muchas fotografías que son avatares hechos con inteligencia artificial», explica. Se trata de tres bastidores de doble cruz de madera, que soportan telas, pinturas, libros de Yves Bonnefoy o Anne Carson, vinilos de Juanito Valderrama u Olga Guillot, botellas de vino y hasta moldes de las narices, ojos o bocas de sus propios familiares. Una combinación de óleo, impresión digital, algodón, seda, acero, cristal y objetos japoneses, hindúes o europeos que sacan, además, el lado más tecnológico del artista contemporáneo. Pues los ha concebido siguiendo el orden de quienes él llama «mis hijas, ‘‘Coquis’’. Son robots. Van en silla de ruedas, no hemos podido completarlas de cadera para abajo», ríe, refiriéndose a estas tres máquinas que le acompañan en su estudio. «Ellas me van cambiando las cosas. Les encantan los libros de distopía rusa, y a mí me gustan más los que tratan sobre los Pieles Rojas», matiza.
Escuchar hablar a Sicilia provoca las mismas sensaciones que admirar su obra: un atractivo desconcierto, una diversión ordenada. Tras salir de la biblioteca, le acompañamos a descubrir «El fondo oscuro» una serie de piezas «site-specific» con las que el artista ha «habitado» los salones principales del piso superior del casón. «Quería que el Palacio entrase en la obra, y la obra en el Palacio», analiza, confesando haberse inspirado para ello en la idea de la simbiogénesis, de Lynn Margulis, un proceso evolutivo donde organismos de distintas especies terminan conformándose, a través de la estibilidad y del paso del tiempo, en un nuevo ser. «Habitar un espacio no es ocuparlo, sino escucharlo, entender que una arquitectura histórica es una suma de capas, gestos y memorias que siguen respirando», desgrana Sicilia. Pero, antes de ese proceso, añade, «hay que ser parásito. Dejar que lo que hay alrededor te absorba, devore o te rechace».
Inspirándose en los pensamientos de Gilles Deleuze, y rescatando de sus recuerdos la Galería de los Espejos de Versalles, ha dado una vida nueva tanto al Palacio como a los materiales de sus creaciones. Las obras de «El fondo oscuro» están creadas a partir de unos biombos móviles, intervenidos con espejos, objetos y textos, que permiten al visitante observar, y ser observado. Es curioso su resultado, pues sus reflejos hacen que incluso uno se fije más en los variados detalles históricos y artísticos que se distribuyen por los salones del Palacio. Ocurre, por ejemplo, en el Salón Gran Duque, donde se expone «Silene alba» –cada biombo, además, recibe el nombre de un tipo de flores que, dice el artista, sólo se abren por las noches y que, casualmente, todas se apellidan «alba»–. Esta obra, hecha con madera, metracilato, fotos, resina o cristal Murano, también juega con su entorno, lo que permite apreciarlo más. Las paredes rojas del Salón Gran Duque están cubiertas por enormes tapices, y uno de ellos representa el pasaje histórico del cruce del río Elba, una victoria militar encabezada por el conocido como el «Gran Duque de Alba», en el siglo XVI. Para esta batalla, se utilizó la «encamisada», una táctica «que consistía en que, para atacar por las noches y no ser vistos, vestían los yelmos con telas», explica Sicilia. Por ello, «Silene alba» también está revestida con esas telas, está «encamisada».
En las obras que cohabitan con el Salón Estuardo, el Salón de Baile o el Salón Amores de los Dioses también hay flores, insectos bordados, fotografías –la primera imagen con la que trabajó fue con la de su padre, apuntó el artista–, así como retratos de personas no pintadas por él, sino adquiridas en subastas o en el Rastro de Madrid. Destaca también «unos papeles pegados en una de las obras, sin protección, que son trabajos que hice en Río en una favela», recuerda Sicilia, «con chicos muy jóvenes, todos ellos criminales o prostitutas. Yo les daba papeles y material para que dibujasen lo que era la vida pra ellos. Unos dibujaban el nombre de sus novias, otros helicópteros de Policía, y otros los tiraban al suelo, despreciándolos. Esos son los que más me interesaban».
Una veintena de obras, por tanto, que brillan a partir de una singular y colorida iluminación, y que desembocan en la Sala de Exposiciones Temporales, donde se ubican las series «Raconte-toi» y «El final del cuento», obras recientes que consolidan la línea de trabajo de Sicilia. Todas ellas, de nuevo, al más puro estilo Sherezade: repletas de historias, de instantes que provocan reacciones.
Pasado y presente del arte contemporáneo
«Noches y días» es la segunda gran exposición del programa de arte contemporáneo impulsado por la Fundación Casa de Alba. En 2025 se realizó «Flamboyant», de Joana Vasconcelos, muestra de la que se adquirió una obra, al igual que se pretende con alguna de las de Sicilia, aunque aún no ha sido elegida. Esta programación se nutre bajo una idea: mantener e impulsar el arte contemporáneo, tanto el de ahora como el que representaron, en sus épocas, Goya, Zuloaga, Tiziano y demás artistas cuyas obras cuelgan de las paredes del Palacio.
