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Февраль
2026

El arzobispo de Burgos levanta la excomunión a dos exclarisas de Belorado tras retractarse del cisma

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Abc.es 
Durante meses, el caso de Belorado se ha contado en una continua clave de ruptura. Comunicados encendidos y no pocas veces insultantes, decisiones canónicas poco usuales ante el primer cisma del siglo XXI, largos procesos judiciales que incluso amenazan cárcel para sus protagonistas y una comunidad de exclarisas que, a la par que mengua, no para de cruzar puntos de no retorno, en una constante estrategia de tierra quemada. Pero las historias largas, como esta, también esconden giros silenciosos. Uno de ellos llega ahora en forma de carta pastoral. El arzobispo de Burgos, Mario Iceta, en calidad de comisario pontificio para los tres monasterios implicados en el cisma, ha decretado el levantamiento de la excomunión que pesaba sobre dos de las exclarisas, conocidas en su vida religiosa como sor Paz y sor Adriana, que en sus orígenes abrazaron el 'Manifiesto católico' que les separó de la Iglesia. El gesto, decretado en la simbólica festividad del Miércoles de Ceniza, llega apenas unas semanas antes del desahucio del monasterio de Belorado , previsto para el 12 de marzo, y reconfigura el mapa emocional y eclesial de un conflicto que durante meses parecía condenado a la pura confrontación. Porque si el cisma se anunció cuando la comunidad contaba con dieciséis clarisas, hoy, el núcleo de las excomulgadas alineadas contra Roma se reduce a siete. Nueve nombres menos que encierran historias distintas, como la de sor Amparo, que vio desde el primer día la irracionalidad de aquella acción, o las cinco más mayores, atrapadas durante año y medio a esa situación límite a las que les llevaron las excomulgadas. Y entre las que fueron excomulgadas, sor Myryam , la cocinera, que ha colgado los hábitos para regentar un hotel-restaurante; y ahora la vuelta a la comunión eclesial de las dos primeras en abandonar el cisma de Belorado. La decisión se ha comunicado a través de una carta dirigida a los monasterios de la Federación de Nuestra Señora de Aránzazu, fechada este 22 de febrero. En ella, Iceta recuerda los días máss duro de la crisis: «Como ya conocéis, el pasado 22 de junio de 2024 decreté, como arzobispo de Burgos, la Declaración de excomunión y la Declaración de dimisión (expulsión) de la vida consagrada de todas y cada una de las diez hermanas del Monasterio de Santa Clara de Belorado que habían incurrido personal y voluntariamente en cisma». Aquella decisión marcó el momento álgido y de mayor tensión y estuvo acompañada, por parte de las exclarisas, con la expulsión del monasterio del obispos excomulgado y su acólito, el cura coctelero, protagonistas mediáticos de aquellos primeros momentos de la crisis. Ahora, el tono del escrito, sin embargo, no es el de un decreto disciplinario, sino el de una carta pastoral que busca reinterpretar lo sucedido desde la lógica del retorno. Iceta insiste en que la excomunión no fue una condena definitiva, sino una herramienta orientada a provocar reflexión: «La declaración de excomunión es una acción jurídica considerada por la Iglesia como una medida medicinal , que mueva a la reflexión y a la conversión personal». En esa clave sitúa ahora el regreso de las dos exclarisas. Según explica, ambas han recorrido un proceso espiritual acompañado que culminó con la retractación del llamado «Manifiesto católico», difundido en mayo de 2024 como símbolo de la ruptura con Roma. «Además de haberse retractado de cuanto contenía el así llamado «Manifiesto católico», que se difundió públicamente el pasado 13 de mayo de 2024, han sido acompañadas en un proceso de conversión personal que han vivido con humildad y agradecimiento», señala. En un gesto dirigido a las siete excomulgadas que viven sus últimos días en Belorado, el propio arzobispo subraya que la Iglesia permanece abierta a quienes deciden regresar: «La Iglesia muestra siempre sus entrañas de misericordia y, como Madre, está dispuesta a acoger a sus hijos que, como el hijo pródigo, confían en la misericordia de Dios y emprenden el camino de vuelta a la casa del Padre». Una oferta que era habitual en cada una de las comunicaciones del comisario pontificio en los primeros meses, pero que las exclarisas siempre desoyeron. No es casual que el decreto que levanta la excomunión se firmara el pasado 18 de febrero, Miércoles de Ceniza. En una historia cargada de signos, la fecha introduce un elemento casi narrativo: el inicio de la Cuaresma –el tiempo de preparación para la Pascua, como metáfora del regreso. «Una vez concluido este proceso, os comunico con gozo que el pasado 18 de febrero, miércoles de ceniza, he decretado el levantamiento de la excomunión que pesaba sobre ellas», escribe Iceta. El prelado invita además a las comunidades de clarisas a vivir este paso con naturalidad y alegría: «Agradecemos al Señor el don de su infinita misericordia. Os invito a encomendarlas en vuestra oración, a acogerlas con afecto fraterno y a alegraros por estas hermanas que regresan a casa ». La elección de un lenguaje profundamente evangélico culmina con la cita del Evangelio de Lucas: «Recordemos las palabras del Señor donde nos recordaba que 'habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse' (Lc 15,7)». María Teresa Roca, conocida como sor Paz mientras estuvo en la vida religiosa, fue la primera excomulgada que abandonó el monasterio , en el verano de 2024, debido a sus desavenencias con la exabadesa Laura García de Viedma Serrano. Sor Paz fue una figura importante desde que se planteó el cisma. Era la vicaria de la comunidad, la segunda tras la abadesa, lo que le llevó a tener una gran presencia pública en aquellos momentos. Fue una de las denunciantes que acudió a la comisaría de Logroño, y posteriormente a los juzgados de Burgos, para interponer una demanda contra Mario Iceta por usurpación. Poco después, en noviembre de ese mismo año, según pudo comprobar ABC desde fuentes cercanas al monasterio, era Adriana Gil Altares –que no cambió su nombre al hacer los votos y era conocida en su etapa religiosa como sor Adriana– quien abandonaba el cenobio. La razón última que le llevó a esa decisión nunca llegó a conocerse, pero todas las fuentes apuntaban también a sus diferencias con la exabadesa, la auténtica artífice del cisma . Según pudo conocer ABC en su momento, de quienes trataban con ella antes de que se hiciera público el cisma, es una mujer con mucho carácter irascible, y que no era fácil de localizar en el convento. También el obispo excomulgado Pablo Rojas, lo confirmó a este diario y añadió que «solía faltar mucho a misa» en la etapa en que fue el asistente espiritual. «Hace cosas extrañas, está despierta hasta altas horas de la madrugada», añadía. Ahora, Teresa Roca y Adriana Gil, de vuelta a la comunión eclesial, siguen en sus respectivas casas, acompañadas por sus familiares. La excomunión conlleva también la expulsión de la vida religiosa y la pérdida de los votos que en su momento hicieron. Y, así como la excomunión se puede levantar, tal como ha ocurrido, la expulsión de la vida religiosa no es revocable . Si cualquiera de ellas quisiera volver a la vida monástica debería comenzar desde cero todo el proceso, e ingresar como postulante. No vuelven al convento, pero sí a la comunión. Y en una historia marcada por la ruptura, quizá ese matiz explique mejor que cualquier titular hacia dónde empieza a inclinarse ahora el relato de Belorado.














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