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Февраль
2026

Silbanaco: ¿usurpador olvidado o legítimo emperador romano?

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A veces los objetos más pequeños guardan las historias más grandes. Un anillo hallado entre ruinas, un fragmento de cerámica con una inscripción borrada o una moneda enterrada durante siglos pueden devolver a la luz un nombre que los libros de historia jamás recogieron. Eso ocurrió con Silbanaco, un presunto emperador romano cuya existencia permanecería en el olvido de no ser por dos diminutas piezas de plata que la tierra francesa acabó entregando a los arqueólogos.

Todo comenzó en 1937, cuando el Museo Británico incorporó a su colección una enigmática moneda de plata procedente de Lorena, en el noreste de Francia. En su anverso aparecía el retrato de un hombre joven acompañado de una leyenda inequívoca, «IMP MAR SILBANNACVS AVG», que traducida del latín proclamaba a un tal Marco Silbanaco como emperador y augusto. El reverso mostraba al dios Mercurio portando una Victoria alada y un caduceo, junto a la inscripción «VICTORIA AVG». Hasta entonces, ningún registro histórico mencionaba a un emperador con ese nombre. Los numismáticos se encontraron ante un rompecabezas fascinante: ¿Quién fue Silbanaco y cuándo llegó a proclamarse emperador?

Las primeras hipótesis lo situaron durante el reinado de Filipo el Árabe, entre los años 244 y 249 d.C. El nombre Silbanacus (a veces transcrito Silbannacus) sugiere raíces celtas por su sufijo «-acus». Este dato, sumado al lugar del hallazgo en territorio galo, llevó a varios investigadores a proponer que Silbanaco habría sido un comandante militar acantonado en la Germania Superior que se alzó contra el poder imperial. Una crónica del historiador Eutropio alude a la represión de una guerra civil en la Galia durante el gobierno del emperador Decio, sucesor de Filipo, lo cual alimentó la sospecha de que aquella revuelta anónima pudiera haber tenido a Silbanaco como protagonista, siendo uno más de los varios aspirantes al trono surgidos en aquellos años tumultuosos. Sin embargo, únicamente existía una moneda que pudiera evidenciar tal posibilidad. Por ello, la comunidad académica mantuvo una cautela más que comprensible. Muchos expertos llegaron incluso a sospechar que se podía tratar de una falsificación moderna.

La aparición de una segunda moneda

La incógnita experimentó un vuelco decisivo en 1996, cuando salió a la luz una segunda moneda de Silbanaco. Este nuevo antoniniano, descubierto años antes en las cercanías de París, compartía el mismo anverso con la efigie del emperador desconocido, pero presentaba un reverso diferente con la figura del dios Marte y la leyenda abreviada MARTI PROPVGT, dedicada a Marte como defensor. El detalle resultó revelador, ya que esa abreviatura concreta solo aparece en las acuñaciones del brevísimo reinado del emperador Emiliano, en el año 253 d.C. Además, el estilo artístico de la pieza señalaba con claridad hacia la ceca de Roma.

La nueva evidencia desplazó la cronología de Silbanaco a uno de los periodos más caóticos de toda la historia imperial. Solo en el año 253 se sucedieron hasta cinco emperadores legítimos en cuestión de meses, entre ellos Treboniano Galo, Volusiano, Emiliano, Valeriano y Galieno. Silbanaco encajaría justo en los días de vacío que siguieron a la caída de Emiliano, quien tras rebelarse en el Danubio y marchar sobre Roma fue asesinado por sus propios soldados cuando intentaba hacer frente al avance de Valeriano. Según esta interpretación, Silbanaco habría sido un oficial de la guarnición romana que, aprovechando el interregno, asumió el mando de la capital con el respaldo de las tropas locales. Habría mandado acuñar monedas con su nombre proclamándose emperador, quizá en un intento desesperado de organizar la defensa de Roma. Su reinado, si es que puede llamarse así, probablemente se midió en días. En cuanto Valeriano y su hijo Galieno alcanzaron Roma, Silbanaco fue depuesto y eliminado con la misma rapidez con la que había emergido.

Los estudios numismáticos han confirmado que ambas monedas se produjeron con el mismo cuño en el anverso, lo cual indica una emisión extremadamente limitada –quizá solo días o semanas de autoridad–, pero suficiente para acreditar a este personaje en los registros monetarios del imperio. Tras el hallazgo de la segunda moneda, ya no cabe dudar de que Silbanaco existió y se proclamó augustus en algún momento de la crisis del siglo III. Fuera de esas dos piezas, nada se conoce sobre su vida, su rango previo ni las circunstancias exactas de su muerte. Los historiadores modernos continúan debatiendo si merece el título de emperador legítimo, por haber controlado brevemente la capital del imperio, o si debe catalogarse como un simple usurpador local.

Hoy, diecisiete siglos después de aquel reinado fugaz, las dos monedas de Silbanaco descansan en vitrinas separadas, lejos de las manos que las acuñaron y del hombre cuyo rostro grabaron en la plata. Nadie sabe dónde cayó su cuerpo ni quién dio la orden de borrarlo de los registros. Pero donde las crónicas callaron, dos pequeños discos de plata siguieron hablando en silencio, esperando el momento de devolver un nombre al mundo.















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