László Krasznahorkai: "Antes pensaba que la revolución era la solución"
Antes de que se conociera que era el ganador del último Premio Nobel de Literatura, László Krasznahorkai tenía previsto acudir a Barcelona para protagonizar un diálogo en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB). Aquel acto se tuvo que suspender y no ha sido hasta hoy que el escritor húngaro pudo demostrar ser, pese a la gloria de la academia sueca, un hombre de palabra. Fue su primer acto público desde la concesión del Nobel.
Previamente a un deseado y masivo encuentro con los lectores, con el cartel de «no hay entradas» colgado desde hacía numerosas semanas, Krasznahorkai protagonizó una rueda de Prensa en la que estuvo flanqueado por Judit Carrera, directora del CCCB, y las editoras Sandra Ollo (Acantilado) y Mariona Bosch (Edicions del Cràter).
El hombre que fue definido por Susan Sontag como «maestro del Apocalipsis» se mostró amable y afable, aceptando todas las preguntas, como su opinión sobre el mundo convulso que habitamos. «¿Mundo convulso? Es una pregunta muy grande. Las cosas no van bien, pero nunca fueron bien ni cuando estábamos dentro de la cueva. Pero pasaba que, de repente, suceda algo, como que alguien llegaba con el fuego y eso nos salvó. Nos hizo evolucionar», aseguró. El autor de «Tango satánico» o «Melancolía de la resistencia» apuntó que «antes pensaba que la rebelión era la solución, ir en contra lo que humillaba, pero ahora soy mucho más flexible», algo que coincidía con el pensamiento del cineasta recientemente fallecido Bela Tarr, uno de los más queridos amigos del escritor. En este sentido no ocultó su preocupación por la situación de su país donde gobierna la ultraderecha y están previstas unas inminentes elecciones que podrían cambiarlo todo. «Es horrible, como me ocurre cuando veo mi patria. Ya ni pronuncio la palabra patria porque es como un objeto pegajoso y sucio. Es horrible porque ya no es como el sitio donde nací y fui feliz siendo niño».
László Krasznahorkai aprovechó la ocasión para reivindicar el papel de la cultura, de la creación en un mundo en el que parece que la tecnología, especialmente la inteligencia artifical, parece adueñarse de esta función. «Pienso que el arte ofrece algo que la tecnología por sí sola no puede dar: una calidad humana muy profunda. El arte nos lleva más allá de la tecnología. El proyecto de Elon Musk se quiere llevar a la gente fuera de la Tierra y que no vuelva. El arte, en cambio, si puede hacer al lector volar a un espacio libre, pero lo devuelve, lo maneja como una persona. Todas las personas viven en la Tierra, comen, duermen, pero necesitamos esa altitud que es difícil divisar desde aquí abajo. Los artistas más grandes son los que pueden crear ese imperio. No hablamos de un satélite chino lejano sino de un museo egipcio cercano. Se puede vivir con la literatura».
El Premio Nobel de Literatura reconoció que «no tengo un prototipo de lector. Todos se me parecen». Sí habló del esfuerzo que hacen sus seguidores para adentrarse en los textos que forman parte de sus libros, «pero piensen qué esfuerzo era leer a Beckett o verlo en el teatro. Ahora, en cambio, hemos llegado a lo cutre de Hollywood. Ahora hay unas baratijas que no podíamos imaginar hace cuarenta años. Son los peores enemigos de la alta literatura».
El autor, de quien en mayo se publicará en Acantilado «Herscht 07769», su último trabajo, tuvo palabras de recuerdo para Bela Tarr. «Las últimas semanas de vida pude cuidarlo, acariciar su frente, intentar ayudarlo. Nuestra relación era nuestro barco con un solo ncapitán que era él. Todos tenían que mirar en la misma dirección en ese barco. Era una persona complicada, nada fácil, pero era muy exigente con todos y con sí mismo. Se sacrificó por sus películas», rememoró el escritor húngaro. En esta línea completó su discurso al declarar que «siempre quería conocer mi imaginación cósmica. No había estudiado en la universidad, pero quiso saber lo que allí se enseñaba. No sé qué efecto final tuvo en mi vida, ahora tengo que hacer cuentas con mi amigo difunto».
